El mar es peligroso

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Por RUY FEBEN / Foto: GETTY IMAGES

A los 4 años. Conozco el mar. Mi padre me tiene de la mano, sobre una ola que rompe en Cancún. El agua me azota los pies, me lleva y me trae. Una y otra vez intento soltarlo y dejarme ir hasta el fondo, al mar enojado. Finalmente mi padre me lo prohíbe con un jalón enérgico, los ojos hinchados de hastío: “El mar es peligroso”, dice. Así aprendo a temerle.

A los 12 años. Soy adolescente sobre un barco en Acapulco. La tarde cae y vamos rápido bajo la luz naranja. Quiero disfrutarlo, pero el viento es recio y no cesa de golpearme el pecho. Frágiles desde que mi padre se fue de casa, mis pulmones no lo soportan; bajo en el muelle tosiendo, débil. Paso la noche sin dormir: estoy ahogándome. Vuelvo al DF en avión, con el pecho cerrado y la carne blanca; es la primera vez que vuelo.

A los 17 años. Todos mis amigos van a Acapulco. Pasan una semana ebrios, riendo; vuelven dorados. Escucho sus aventuras en el malecón y sobre la arena y en los barcos, y cómo uno de ellos se perdió y otro vomitó y otro casi no regresa vivo. Creo que quiero volver el tiempo para ir con ellos. Pero no tengo dinero: no voy. En el fondo, no quiero ir: el mar es peligroso.

A los 32 años. Una gaviota grita y me distrae de escribir esto. Vuela alto sobre una ola que rompe silenciosa, llena de sargazos. Grita y cuando la miro cae en picada sobre las hierbas. Sale del agua sacudiéndose, sin nada en el pico. Se aleja.

A los 19 años. Nado por primera vez en el mar. Estoy enamorado: la luz es exacta, las olas son bajas, su mano es cálida y correr junto a ella hasta perdernos en el mar profundo resulta orgánico; ni las olas de la orilla ni el aire que pega sedoso me hacen recordar nada. Quiero volver y volver y volver a aquel vaivén trémulo que no parece encerrar temores. Se me doran los pies.

A los 10 años. Entramos sin que nadie nos vea a un hotel aún vacío en Puerto Vallarta, hasta su alberca limpísima: es una aventura. Por entre los jardines que la rodean, caminan larguísimas filas de cangrejos rojos como brasas dirigiéndose hacia el mar, siempre hacia el mar. Los seguimos a la playa, los vemos clavarse en hoyitos en la arena húmeda, respirar haciendo burbujas: millones de cúpulas supuran el mar que va y viene, como rezándole, como cantándole en silencio. De noche llueve; hace calor y me mojo corriendo, con una sonrisa en la cara, atravesando la playa como si todo aquello fuera un enorme campo de juegos. Los hoyos de cangrejo se desbordan con las gotas grandes y picadas como mares.

A los 20 años. Enarenado, me clavo en una ola. Me dejo a la deriva del oleaje hasta no pisar. Panza al sol, dejo que la luz me ponga rosas los párpados cerrados: todo está en calma, apenas el ruido blanco de las olas cambiando de tono. Braseo para volver a la orilla, pero pronto me canso; un vórtice me atrapa: estoy ahogándome. Pienso que no lograré salir nunca de aquel concierto de jalones enérgicos que anida en el agua. Aparece una tabla de surf; su conductor me ofrece sacarme si le pago en la orilla. Cuando piso por fin la arena corro por dinero. Al verme todavía jadeando, al ver lo que sucede, un señor le grita al de la tabla, hinchado de coraje: “La vida no tiene precio”, le dice. Demasiado tarde: ya le he dado todo lo que traigo. No tengo dinero y me digo que de todos modos ya no quiero estar allí, pero en el fondo sí quiero: el mar es peligroso.

A los 23 años. Consigo un trabajo en el que viajo cada semana, casi siempre a ciudades junto al mar. Cada vez que llego a esos sitios me prometo otorgarme media hora para caminar por la arena, quizá para nadar, para echarme al sol y volverme dorado. Logro hacerlo sólo una vez.

A los 21 años. Empiezo a contar esta historia cada vez que puedo: digo que, estando en un pueblito en Italia, di por casualidad con una pizzería a cuyo dueño le caí bien. Que luego de un par de horas conversando me contó un secreto y me llevó a la entrada de un túnel que no parecía tener fondo. Que después de esperar mucho, del túnel salió una moto que, por apenas centavos, me llevó al otro lado, donde había una playa escondida en la que acampan hippies de todas partes del mundo. Cuento que me quedé allí varios días en una tienda de campaña rentada, muy cerca de un grupo de holandeses lamosos que se volvieron mis amigos. Cuento (y esta es mi parte favorita) que entre ellos había una mujer de manos cálidas con la que pasé varias noches, enamorado, corriendo hasta perdernos el mar profundo cada tanto. Pero miento: nunca estuve en aquel pueblito italiano. Ni siquiera comí pizza en Italia.

A los 25 años. Decido irme a vivir a Sayulita para surfear todos los días. Fantaseo con la idea de despertar temprano con el ruido blanco de las olas, pasar el día realizando labores sencillas, sirviendo cervezas por la tarde, tocando guitarra por las noches, las madrugadas escribiendo. Pero me asusta no tener un trabajo de verdad, ni un sueldo que me permita hacer un futuro, ni una carrera, ni una casa, ni una tabla de surf propia, ni un hígado que aguante las madrugadas: el mar es peligroso. Lo pienso muchas noches. Luego lo olvido.

A los 31 años. Carlota y yo abordamos un barquito en Tomatlán. Cruzamos la Bahía de Banderas hasta una playa privada. Nos echamos solos frente al mar, tomados de la mano, cálidos. Subimos a un templete donde nos hacen un masaje; a veces abro los ojos para ver el ruido blanco que llega desde el mar profundo. Estoy desnudo bajo una toalla mientras me aflojan la espalda. La masajista me dice al oído algo que no entiendo; medio en trance, salto de la mesa y corro al baño, tapándome mis pudores. Tardo unos minutos en entender que la instrucción era voltearme para seguir con el masaje, y que en vez de eso yo entendí alguna advertencia, alguna amenaza. Vuelvo al camastro, avergonzado, aturdido, con el traje de baño cubriéndome. Al final la masajista ríe, Carlota ríe, yo río, pero en el fondo no sé si podré superar el episodio en el que corrí desnudo por no entender que sólo debía voltearme. Me acribillo cada vez que recuerdo ese día, el oleaje de mi cuerpo haciendo mareas por error.

A los 22 años. Camino sobre la arena, con una mochila enorme al hombro. Voy de pantalones largos y zapatos cerrados. Llegué a Acapulco hace media hora para un fin de semana que no entenderé nunca. Todavía no sé que esa noche dormiré en el piso de un baño, incomodísimo, que apenas comeré. Por ahora sé que no quiero estar allí. Camino acalorado y sin bríos, busco a alguien que en realidad no me interesa. Es una aventura.

A los 24 años. Después del huracán, la playa de Cancún parece una barda impenetrable defendiéndose del oleaje bravo. Estoy ahí por mi trabajo: paso muchas horas escribiendo en una terraza desde la que se ve el mar enojado pegándole a la arena desierta como detrás de un vidrio. Por fin una mañana consigo escaparme media hora a nadar. Me voy sin bloqueador, aviento mis cosas, salto la arena levantada, me echo a nadar junto a los acantilados blandos. En pocos minutos me quemo rojo como brasa. Esa noche choco en la carretera costera un auto rentado. Vuelvo al hotel y me emborracho solo. El cuerpo me arde y ampollas me supuran como cúpulas que anidan lamentos.

A los 19 años. Mis hermanos y yo salimos antes del amanecer al malecón de Veracruz: queremos ver la primera luz del último día de viaje. El aire está espeso y el cielo nublado; amanece sin que sepamos cuándo. Más tarde hacemos una foto: ellos tres están parados en la playa rocosa, con las playeras puestas, temerosos. Es la única vez que han ido al mar, pero prefieren no nadar: intuyen que es de algún modo peligroso.

A los 20 años. Estoy cenando en un hotel junto al acantilado que da al mar oscuro. En vez de apagar el cigarro en el cenicero, lo arrojo a la noche ventosa. La hierba seca pegada a las rocas prende rápido y tenemos que salir del hotel cuando el fuego alcanza la ventana desde donde aventé la colilla. Es la última noche de 2002. Cruzamos de un año a otro entre bomberos. Nadie se entera nunca de que yo fui el culpable de aquel peligro.

A los 25 años. Aprendo a surfear sobre olas livianas, me doro al sol. Monto la tabla, caigo al agua, salgo sacudiéndome, sin nada en el pico. Me alejo.

A los 32 años. Escribo esto en Mahahual, frente a las olas que hacen ámbar de sargazos. Carlota se dora al sol, leyendo Farenheit 451, de Ray Bradbury: “It was a pleasure to burn”; pronto ella y yo saldremos a explorar sobre un barquito. El agua es clara, y debajo el mar profundo está habitado de un coral de colores brillantes que se extiende por muchos kilómetros; por encima las olas llevan plantas viscosas que se amarran a los pies. Pienso que hace ya muchos años que no veo a mi padre. Y el viento es recio y no cesa. No cesa.

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