John San Miguel

Por ANDRÉS TAPIA

Dio una tacada magistral. Su tiradora pegó en la banda larga, golpeó a la roja y repitió dos veces en aquella antes de alcanzar a la blanca que yacía serena en una esquina como la cabeza decapitada de un guerrero japonés. Aplaudí. Detrás su barba albo grisácea desplegó una sonrisa que parecía la única vela de un barco mar adentro.

Bebió un sorbo pequeño de su Corona, impregnó de cosmético azul la punta del taco, describió con la mirada la trayectoria de la siguiente carambola. Tiró. Sus ojos azules, un relámpago lejano, se cerraron. Y se quedó en silencio hasta que escuchó el segundo choque de la tiradora.

Abrió los ojos.

Una niña rubia perseguía a un gato albinegro en un prado cercado por tulipanes amarillos, anaranjados. John se dejó caer los anteojos para verla mejor.

—Te invito uno Corona.

Se desplomó sobre el banquillo, las manos cruzadas sobre la punta del taco, flácidos los hombros, inevitables sus ojos. Luego agitó la cabeza con vehemencia, desplegado el velamen del navío en su rostro, y negó afirmando tres veces su nombre.

Dijo que había llegado a Guadalajara en 1980, que pasó ahí cinco veranos, que un día compró un jeep que lo llevó a Guanajuato —contra su voluntad, por supuesto— y que una tarde, mientras jugaba billar, mientras cerraba los ojos, alguien dijo de un pueblo escondido, al pie de una montaña, al principio de un altiplano, que era tan silencioso como el vuelo de un cuervo.

—Where, amigo, where?

—Allá, gringo, allá.

John enfiló rumbo al sur, la capota del jeep en ausencia, el viento hiriéndole las sienes, una mochila de guerra en el asiento del copiloto.

Cerró los ojos.

Un pastel de frambuesa con cuarenta y cinco velas encendidas yacía frente a él. Al través de la ventana la sombra de un gato penetró velozmente seguida por una risa rubia. Allá, en el jardín, los tulipanes se estremecieron.

Dio un sorbo pequeño a su Corona, se mesó la barba limpia, se quitó su gorra de los Marineros de Seattle, encendió un Camel.

La vela y su barco se mecían peligrosamente en su rostro. John afianzó el taco con ambas manos, se amarró al timón.

Abrió los ojos.

—¿Camo te iamas?

Hundido en un pliegue de la tierra, cual si fuera un explorador desfalleciendo, San Miguel extendió sus brazos y estrechó a John. Era el crepúsculo de una tarde de verano y la gente daba vueltas, sonámbula, a la plaza. La vida pasaba.

Miró los laureles redondos, el excremento de las palomas estrellado en las baldosas, los periódicos muertos en los cestos de basura, el kiosco girando cual carrusel, la catedral rosada tan similar a un director de orquesta ebrio, el cielo oscuro sin promesas… John se enamoró.

—Jugar, amigo. Juguemos.

Levantó los anteojos que descansaban sobre su pecho, miró a través de ellos la realidad sin habérselos puesto, se los puso, adelantó el mentón, sacudió la cabeza, extendió una mano, la palma extendida, como si esperara una gota de lluvia.

Mi tiradora salió despedida a buscar su destino.

Di un trago largo a mi Corona, puse cosmético azul en la punta del taco, y me quedé mirando la imagen de un barco frágil, apenas una vela, navegando sobre el paño. En algún sitio una niña rubia perseguía a un gato.

John pasó la noche en un hotel. Al día siguiente compró el periódico, una casa y un gato. El resto del verano lo pasó cercando el jardín con tulipanes.

Quince carambolas después, sin una razón, en mi mente hice sonar “The Star Spangled Banner”.

Cerró los ojos.

—Amo México. Amo San Migüel.

¡Carajo, gringo! ¿No tienes algo más original que decir?

—Aprendí aquí biar. En Portland narie juega.

Abrió los ojos.

El sol descendía. Sus rayos rescataron la silueta de John que se hundía en la mesa. El verde eterno del paño se oscureció. Un trozo de marfil se proyectó al infinito.

—Aprendí espaniol.

Miró el asiento de cerveza en el tarro: apenas espuma. Miró por encima de los anteojos, dos pararrayos. Miró con sus ojos azules. Miró.

—Te pareces a Hemingway, John.

Cerró los ojos.

Cuentan en San Miguel que, cada tarde, un gringo loco planta un tulipán alrededor de su jardín. Dicen que juega billar. Se llama John.

—Salud, John.

Dice John que su esposa encendía la televisión todos los días a las seis de la tarde, cocinaba rosetas de maíz, se apoltronaba en una mecedora californiana. Se mecía.

—¿Murió?

—No toravía.

El chasquido de la madera.

El marfil que apenas se mueve.

Un velero sorteando el temporal.

Unos ojos que se cierran.

Un gato.

Una niña.

Quince carambolas después, me aventajaba por once. Y dos Coronas. Encendió otro Camel, impregnó de cosmético azul la punta de su taco, negó con la cabeza afirmando tres veces su nombre, se quedó en silencio.

Tiró.

Un gato perseguía el marfil.

Una niña correteaba un gato.

Los tulipanes miraban.

Pintó su casa de amarillo, blancos los antepechos y los alféizares, de roble oscuro las puertas y las ventanas, tulipanes anaranjados y amarillos en derredor. Y un gato albinegro.

Al llegar las noches, ascendía y descendía las calles de baldosas desiguales. Compraba artesanías.

Un sol de latón.

Una luna de barro negro,.

Un Quijote de madera.

Un alebrije de león.

Luego llegaba a la plaza, los pies aún fuertes, y se dejaba caer en una banca para mirar la catedral. Y el barco de una sola vela navegaba curioso hacia ella.

Luego iba al bar del Patio Mexas a jugar billar.

Luego abrió los ojos.

—Gané, amigo.

Deslizó el taco sobre la mesa, su sombra gigantesca, su velero vencedor. Le dije: “John…

El viento en San Miguel asciende violento la colina después de recorrer la planicie y se desvanece en ráfagas insolentes que impacientan los cabellos de John que mira impasible el silencio de un pueblo. Desde el mirador no se ve nada como no sea eso. Sólo más tarde, bajo el influjo de un sortilegio milenario, la gente sueña a un hombre que camina lento por las calles empedradas. Que cierra los ojos. Que abre los ojos.

Dorothy. Así se llama la esposa de John. Nunca se divorció de ella.

El recuerdo de Dorothy es el crujir de la madera, la televisión encendida, exangües los ojos verdes, muertas las manos.

Luego un gato, una niña, tulipanes.

Luego San Miguel.

Luego nada.

En el Patio Mexas hay muchos iguales a John: altos, fornidos, viejos, desgarbados. Amables. Beben Coronas, comen hamburguesas, new york rib eyes, tacos, juegan billar. Pero ninguno sonríe como él. Quiero decir, ninguno se aventura a navegar con una sola vela.

Cuando el sol devora al fin el tragaluz, ora al mediodía, ora en la tarde, ellos y ellas alzan las Coronas, interpretan una sinfonía de cristal y brindan for you, for me, for this lovely country.

Entonces se van.

El Patio Mexas es una mentira.

Entonces llega él.

John.

—Soy uno camo tú —dijo.

Y se quedó en silencio.

Afuera hacía frío. Tanto frío como cuando John decidió marcharse de Portland, viajar hacia el sur.

—Hace… ¿cuántos?

—Te invito uno whisky…

—¿Cuántos?

—Jack Daniel’s, one bottle…

—Sí, John.

¿Cuántos, gringo, cuántos?

Tenía una pequeña fortuna. Años, muchos, de conducir un trailer por todos los Estados Unidos. De llevar juguetes a una cadena de tiendas. De encender la radio y silbar a Billie Holiday, a Ella Fitzgerald, a B.B. King. Años, muchos…

¿Cuántos, John?

—Jugar, amigo, juguemos.

Eres bueno, John. Te pareces a Hemingway.

Tomó el taco, olvidó poner cosmético en la punta, hizo descender sus anteojos. Tiradora, blanca y negra estaban reunidas al centro de la mesa: eran una familia que iba a un día de campo.

Cerró los ojos.

Dijo entonces de Dorothy,

su mujer,

esperando en una prisión de Portland.

Dorothy,

esperando,

se mecía.

Hubo un choque imperceptible. Y la tiradora se desvió.

Entonces un gato maulló. Entonces una risa se detuvo. Entonces los tulipanes se tiñeron de malva. Entonces John cumplió cuarenta y cinco años. Con él estaban su hija Trisha, su yerno Howard, su nieta Megan, su gato Pots. Y Dorothy.

—Where is Megan, Dad?

—Outside. Running behind Pots.

—What about Dorothy, John?

—You know where, watching the news.

—She isn’t here, Dad.

Un relámpago anunció la lluvia. Portland olía a Portland, la casa de John a tarta de frambuesa y el jardín a pólvora.

Thrisha, Howard y John permanecieron de rodillas, los hombros encogidos, debajo la tormenta. A Dios gracias que llovía porque la sangre era tanta, tanta. Los tulipanes casi habían cambiado de color.

Cuando la policía llegó Dorothy estaba en la mecedora, sus ojos verdes impasibles iluminaban una mala película de Ronald Reagan. Muertas sus manos, manchadas de escarlata, sostenían un trasto con rosetas de maíz.

Abrió los ojos.

Pero ya no pudo ver cómo la tiradora repitió tres veces sobre la banda larga, alcanzó la corta, y describiendo una hipérbole inimaginable se precipitó hacia el centro para golpear primero a la roja y luego a la blanca.

La sonrisa de John naufragó.

Dicen que permanecí con el gringo, en la mesa de billar del Patio Mexas, hasta muy entrada la madrugada. Que trastabillando recorrimos las callejuelas de San Miguel y, sin darnos cuenta, amanecimos mirando el silencio de San Miguel. Un silencio que parecía el último hálito de vida de un explorador agonizante.

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