Acteón el día del exterminio de los perros

Por ANDRÉS TAPIA

Timeo Danaos et dona ferentes

Acteón desde hace algunos años viene haciéndose difícil con cada nueva edificación que le nace. Hoy en día su futuro no parece tan impresionante como cuando los gerontócratas afirmaron sus plantas en ella y decidieron que habría de superar la altura de la Acrópolis de Atenas; eso fue hace mucho tiempo. Entonces, según me contaron los inmigrantes griegos que padecieron la pena del ostrakon, las orillas de la ciudad eran tan inexactas como sus sueños y se extendían discretas mas presurosas, buscando colindar con el cronos mismo. Hasta donde puedo saber lo consiguieron. Se plantaron en la cima del Monte Ararat, a un costado del rastro de restos que dejó el arca perdida, y con ayuda de la soledad que les obnubilaba la razón y hasta los más íntimos pecados, levantaron la ciudad que empezó a vivir y a expandirse sin que diese Dios su bendición para ello.

Los antiguos historiadores, temerosos, y la razón está de su lado, jamás aventuraron un pronóstico autoritario acerca de los límites de Acteón. Algunos la imaginaron colindante al Norte con el polo por la razón de que las auroras boreales resultaban recurrentes; otros predijeron que de existir debía encontrarse al Sur y no al Norte de la fabulosa Nínive y la gran ramera que fue Babilonia; los menos aseguraron, y por eso muchos fueron condenados por el Tribunal Supremo a padecer la mutilación de los ojos, que se hallaba al Este de la Acrópolis ateniense y definitivamente no era tan alta como el orgullo griego; finalmente, los más lúcidos se suicidaron luego de corroborar mediante obtusos cálculos astronómicos que la estrella polar estaba en el Sur y no en el Norte, lo cual les llevó a concluir, mientras digerían la cicuta que los privó de saber cierta su teoría, que Acteón no estaba en ningún lado y sí limítrofe con los bordes del Universo. Lo cierto, y la certeza es algo de lo que Acteón siempre ha adolecido, es que nunca dejó de crecer.

El hombre observador que llega a la ciudad (en la actualidad casi no viene nadie sino es Acteón la que provoca los encuentros con su expansión eterna), aprecia de inmediato la singular disposición de las mitológicas formas de las acróteras y los acroterios, que van desde el plagio flagrante de las esfinges cartaginesa y egipcia, hasta la invención de un ser aberrante llamado Thanaton que en algo se parece a la Hydra pero mucho más grotesco y cuya descripción no me atrevo a referir. Tal ubicación responde, no a los caprichos de una arquitectura imaginativa y mucho menos a las vicisitudes de una época, pues de todos es sabido que Acteón no está regido por las leyes universales de la creación, el apogeo y la decadencia, sino a una superstición colectiva de orígenes inciertos y tamaños aun mucho mayores que en delaciones clandestinas pasó de los gerontócratas a los procónsules y luego éstos la relataron —no se sabe si con un propósito oculto pero por demás evidente— a los indignos escribanos que la incluyeron en los textos sagrados que a buen resguardo se hallan en el Templo de las Palabras. Llanamente tal superchería refiere que la ciudad puede crecer tanto como la vanidad en el corazón del conquistador jamás vencido, pero existe una frontera adivinable, mas innombrable, que oculta el secreto de la perdición de todo ser distinto a Dios. Trasponerla es posible, atreverse impensable. Por ello, sin excepción, todos los seres y formas esculpidos en el remate de los frontispicios enfrentan —miran parece más adecuado— la montaña que se yergue a no pocas leguas de distancia en dirección al Oeste, y tras la cual la expansión ácrona de Acteón tiene los modos inevitables de una mentira.

Los distintos visajes de cada figura observan un común denominador que jamás padecieron las tallas encontradas en Asiria, las pocas efigies originales aún intactas de Caldea, los monumentos más logrados de los griegos o los magníficos bajorrelieves egipcios que tanto impresionaron a Alejandro el Grande, esa azarosa conspiración de muecas talladas en piedra no tiene par ni puede llamarse de otra manera que no sea miedo. ¿A qué? No lo sé con exactitud, padezco como todos los habitantes de Acteón la enfermedad de la incertidumbre y quizá no soy tan viejo como para responder a esta interrogante, ni siquiera los gerontócratas han alcanzado la edad suficiente (eso dicen ellos), para descorrer el velo que ha ensombrecido la vida de la autonombrada Ciudad más Señorial del Universo por tantos y tantos siglos.

Yo no nací en Acteón, no vine aquí por voluntad propia ni he sido esclavo de nadie. Cuando aparecí en la ciudad, o la ciudad apareció ante mí, todas las esculturas ya miraban al Oeste y padecían los visajes que he descrito; para entonces los gerontócratas ya se contradecían afirmándose como fundadores y arquitectos de Acteón, pero negaban la paternidad de cualquier ordenanza, ley o decreto que hubiese dispuesto la singular talla de los primeros acroterios y sus consecuentes pares de acróteras que darían explicación cabal al resto de los erigidos. No hay casa, templo o recinto oficial que no disponga de estos remates, tampoco hay modo de negar que los gerontócratas descienden de los gerontes de Esparta o por lo menos acusan una envidia mayúscula de la Acrópolis de Atenas, hecho éste en demasía lógico por la ira que dibujan sus rostros cada vez que los magos predicen que cuando el mundo caiga la Acrópolis ateniense caerá al final; palabras que sin duda dejan entrever que Acteón no ha sido ni será jamás la cima del mundo.

La víspera han venido por uno de los magos y le han amputado las piernas. Sé que era mago porque en pleno suplicio proclamaba “Acteón nunca llegarás tan alto”; sé que le amputaron las piernas porque los gemidos de los perros que las disputaban duraron poco menos de medio jadeo del sol, y todos sabemos que una mano o las dos les toma no más de cinco cronos devorarlas, los brazos cerca de diez, la cabeza casi quince.

Los perros de Acteón no tienen dueño, andan libres por las calles. Se agrupan en manadas pequeñas y jamás parecen hambrientos. Con las cabezas a ras del suelo recorren todo lo que es aquí, allá y más allá aun; hurgan en la basura por mendrugos y rara vez se les ha visto pelear con fiereza el destino de los toros que, a semejanza de las prácticas babilónicas, son yugulados en las celebraciones paganas. No se conoce caso aislado en que hayan atacado al hombre, por el contrario le temen y el grueso de ellos rehúye su contacto, excepto si es menester aplicar la ley de Acteón. Cuando esto ocurre, por alguna razón desconocida, parecen saberlo y permanecen, fieles e impertérritos, toda la noche y hasta la madrugada sentados a las afueras del Tribunal Supremo y su prisión contigua en espera de los restos humanos aún tibios que habrán de apaciguar su milenario e indiferente apetito. Nada de esto es extraordinario y nada lo sería sino fuese porque los perros de Acteón son los únicos seres que se atreven a rondar las faldas, los pliegues y, aunque en contadas ocasiones, la cima y los bordes de la montaña del Oeste que (¿por qué no decirlo?) indician el fin de la ciudad y el principio de su miseria.

Amén, y por inverosímil que parezca, los perros, durante las noches de luna llena, trepan a los tejados y se sitúan en los costados de los acroterios y acróteras al tiempo que aúllan y el viento del Este lleva sus aullidos hacia el sitio mismo donde debe estar, o estuvo, la Acrópolis ateniense. Esto ha desencadenado una jauría de leyendas que al través de susurros se repiten incansables desde que Alejandría, Ur, Lagash, Nínive y Babilonia fueron devoradas por Acteón. Se dice que los perros ya habitaban el Monte Ararat cuando llegaron los gerontócratas, que son descendientes directos de los sobrevivientes del arca perdida, que la verdad velada de las esculturas tiene su génesis en ellos y no en ninguna otra leyenda, que viven esperando, razón por la cual trepan a los tejados, una señal que vendrá de más allá de la montaña del Oeste, que un día futuro nadie podrá llamarlos más los perros de Acteón.

He de decir ahora que quienes hasta hoy me acompañan y yo hemos visto muchas cosas desde este lugar. Vimos el desfile con que el estado de Acteón honró hipócritamente la gallardía de Alejandro el Grande cuando éste pasó con todas sus legiones y se dirigió a fundar la ciudad que lleva su nombre; vimos también la conspiración de los gerontócratas en la plaza pública que, entre gritos y voces suaves, acordaron apoderarse de los 700.000 volúmenes de la biblioteca de Alejandría y decapitar, luego de un golpe de estado cuidadosamente planeado, al hijo de Filipo II; vimos todas las torturas a las que fue sometido para que declarase los conocimientos con que Aristóteles lo educó: la extirpación de las uñas de las cuatro extremidades, la mutilación de los dedos de manos y pies, la amputación de su miembro viril y mucho más tarde el castigo del hierro candente; vimos su cabeza conspicua, de un brillo prodigiosamente aterrenal, incluso cuando ya estaba pálida por la falta de sangre, erguirse a pesar de que ya no pertenecía a su cuerpo y estaba posada sobre una charola de plata que por orden del consejo de estado fue mostrada sin respeto y sin recato a todos los habitantes de Acteón; vimos a Hermes, el tres veces grande, deambular lloroso por la ciudad en busca del espíritu de quien hubiera sido el más grande de todos sus discípulos; de igual manera le vimos dibujar en la tierra un par de triángulos encontrados, le escuchamos decir “lo que es arriba es igual a lo que es abajo… maldita seas Acteón” y, al fin, demencialmente atónitos, le miramos escapar de Acteón con todos los perros de la ciudad a la zaga protegiendo su huida; vimos impávidos la caída de la magnífica Asiria, la inenarrable destrucción de Caldea, los prolongados y sangrientos sitios a Sidón y Tiro con la consecuente e infame desaparición de la auténtica Fenicia de la faz de la Tierra; vimos al mundo entero caer, vimos a Acteón alzar la espada y edificar el orgullo y la soberbia, vimos tanto y tanto que ya nada podría asombrarnos… Mas incluso en estos días postreros nuestra debilitada imaginación no es capaz de concebir la derrota de la Acrópolis de Atenas…

Sí, todos nosotros somos asirios o caldeos o egipcios o fenicios o griegos. Éste de aquí sirvió directamente en la corte de Nabopolasar y a su muerte fue consejero de su hijo, Nabucodonosor II. Aquel, al que le falta un ojo, fue capitán de los ejércitos de Asarhaddón durante la invasión a Egipto y la ocupación de Menfis. Ese que parece estar muerto, de quien no conocemos su nombre, sabemos formó parte de la XXV dinastía egipcia. Allá está Askhelon, un prodigioso navegante fenicio que dio vuelta al África y llegó más allá del mare nostrum. Yo, griego, nacido en Sinope, presumo haber sido discípulo de Diógenes en Atenas… ésa es la razón, y no ninguna otra, por la que llevo afeitada la cabeza (de Diógenes aprendí a aborrecer la concupiscencia que tanto he visto en los gerontócratas, pero, por sobre todo, a comprender que el hombre jamás padecerá de soledades si un perro le anda los pasos dados… Acteón, si alguna vez lo supo, hoy lo olvidó).

Antes de exponer los razones que han sido la piedra angular para elaborar este manuscrito, he de manifestar las causas que interpreto dieron origen a aquellas… el alba se aproxima, no queda mucho tiempo… seré breve.

La de Acteón, como cualquier otra cultura, ha sido desbordada por los afanes de expansión y hegemonía que por tantos y tantos siglos han imperado en esta región del mundo. Hoy no sé si aún quedan tierras nobles que las hordas acteonistas no hayan profanado con su andar imperial y su cauda de muerte, destrucción y resurrección. He dicho antes que los historiadores han fallado a la hora de delimitar a Acteón, he dicho ya que los límites de esta ciudadestado quizá sean el precipicio del Universo pasando por alto la sensatez de inferir, acaso, que únicamente se trate del mundo. A pesar —el pesar de estos pocos, de aquellos muchos que perdieron los recuerdos, de la historia misma que en el futuro no podrá leerse sin ser cuestionada y maldecida por los hombres de espíritu alto, y por supuesto de las circunstancias, no sé si divinas, materialistas o flagrantemente azarosas— del caos que se deduce debe enfrentar todo aquel estado que somete a su voluntad a otros por majestuosa y omnipotente que sea su fuerza, Acteón jamás lo ha sufrido.

Cada nueva anexión, toda conquista fue ejecutada con asombrosa precisión y magistral logística; no existen testimonios, documentales o de voz viva, que indiquen focos de resistencias abiertas o clandestinas importantes tras la ocupación de tal y cual ciudad; no hubo protestas significativas de los vencidos al saberse ciudadanos de un gobierno naciente que, se pensó, en cierta forma les impondría un orden social diferente, nuevas costumbres, formas distintas de vivir y enfrentar la vida. Y nada de esto ocurrió porque los gerontócratas discernieron que la mejor forma —y la única al mismo tiempo— de mantener el pie sobre el cuello y una total y sumisa obediencia era no imponer las condiciones, dictar leyes, ordenar matanzas y someterlo todo a un inédito orden jurídico, social, religioso y cultural, sino asimilar todas estas circunstancias en beneficio propio. Es decir, permitir su práctica, la emancipación consecuente, ejercer incluso la promoción debida que todo estado debe realizar de las cuestiones sociales que atañen a sus gobernados; fomentar, de la misma forma, la libertad de culto, las artes, el pensamiento elevado y la práctica de celebraciones propias de cada región.

Conscientes de las previsibles e inevitables disputas y enfrentamientos de carácter étnico que esto traería consigo, los gerontócratas decidieron la creación de estados y provincias donde se conservasen todos los órdenes existentes hasta antes de la conquista, excepto el de la clase gobernante que ejercería su mandato a semejanza de sus antecesores sin coincidir —obvia decirlo— totalmente con ellos. Es por ello que Alejandría sigue siendo Alejandría, Asiria y Caldea también conservan sus nombres, Sidón y Tiro lo serán hasta el ocaso de la humanidad, y así los estados y provincias que son Persia, Siria, Mesopotamia, Nínive, Lagash, Gránico, Issus, Macedonia, Arbela, Pella, Ur, Aradus, Beritus, Akka, Cesárea, Jaffa, Gaza y el resto que ya mi memoria olvida y que sin perder su identidad anterior, lo cual es la más ignominiosa de las mentiras que se han perpetrado y que incluso yo y éstos hemos aceptado por verdad, se resumen globalmente en la República de Acteón (los gerontócratas juzgaron inconveniente llamarla de este modo y desecharon por completo la palabra imperio. Acteón simplemente es Acteón). Debo aclarar, empero, que todas y cada una de las anteriores fueron destruidas por los ejércitos acteonistas de maneras parcial, la menor de las veces, y total, tras lo cual fueron nuevamente edificadas  De esta forma los gerontócratas acabaron con los mitos y leyendas que apuntalaban a cada ciudad; así, la historia dispondría de un antes y un después; así, Acteón proclamaría en el futuro: “Yo destruí esta ciudad en tres días y en tres días la volví a edificar”.

Mas como en cualquier estado imperialista que se precie de serlo, el baño de sangre ha sido necesario y repetitivo aunque secreto o cuidadosamente disfrazado. Las ejecuciones y mutilaciones se perpetran bajo los cargos de latrocinio, adulterio, desobediencia, perjurio, herejía, incesto, homicidio, sodomía, necrofilia y cualesquier delito del orden común que se halle inscrito en las 33 tablas de la ley. Luego entonces el rebelde, los conspiradores, aquellos que se hallan en desacuerdo con los órdenes existentes, profetas, magos, revolucionarios e ideólogos que se han opuesto incluso en el más absoluto silencio al gobierno de los sátrapas, han sido muertos o mutilados por delitos que jamás cometieron.

Es imposible mirar el futuro si bien nos ha sido dado atisbarlo. Empero, con los ojos testigos de la destrucción del pasado glorioso que no se adivinará en los siglos que sucederán a estos días, este presente ingrato ofrece ya la certidumbre de la que Acteón ha carecido siempre. La madrugada de ayer, luego de ser despertados por susurros alarmantes, presenciamos la reunión de sombras y siluetas de los gerontócratas en la plaza pública; andaban de un lado a otro, con ese aire grave que siempre han exhibido y un cierto dejo en los semblantes que por juzgarlo nosotros a priori inédito, concluimos asociándolo y definiéndolo como aterrador y exacto a las expresiones de las esculturas de acróteras y acroterios. Sin percatarnos en un principio, absortos como estábamos intentando escuchar lo que decían los ancianos gobernantes, de a poco percibimos que los perros de Acteón, apostados cual si hubiera luna llena, ladraban como nunca antes y como nadie los había escuchado. Y es que jamás los perros de Acteón ladraron si bien ya he dicho en alguna parte de esta declaración que aullaban. Y no había luna llena, lo cual nos sorprendió aún más, y esos ladridos eran mucho más lastimeros de los que oí proferir al perro que solía acompañar a Diógenes cuando éste murió. Ese ladrear nos intimidó y agotó nuestra modorra; al mismo tiempo observamos que muchos de los habitantes de Acteón salieron de sus casas y en sus rostros también reconocimos los gestos de las esculturas y el asombro vivo de enfrentar sin experiencia un encuentro con lo irreal y desconocido. De inmediato, los gerontócratas ordenaron a la guardia civil que mantuviese a la población dentro de sus casas; los procónsules apaciguaron a la chusma con palabras vanas que aun cuando surtieron efecto nadie creyó, ni siquiera ellos mismos; los escribanos se recluyeron en el Templo de las Palabras, suponemos que a buscar, en alguno de los tres millones de volúmenes ahí existentes, razón alguna del comportamiento de los perros, y ahora mismo allí permanecen.

Largas fueron las discusiones de los gerontócratas, mas al rayar el alba supimos que algo asaz trascendental en la vida de Acteón se había decidido. Horas más tarde contemplamos la bizarra masacre, la más que esta ciudad ha visto: uno a uno y mientras aún ladreaban, los perros de Acteón fueron yugulados hasta que sólo pudo escucharse al viento del Este pasar rumbo a la montaña y el tremor resignado de nuestros corazones.

Alguno de nosotros albergó la idea de que seríamos liberados; nos costó no poco convencerlo de que no sería así. Tras una charla vaga, cada uno partió hacia sí mismo, al sitio de las memorias perdidas, rumbo a la búsqueda abandonada del ego interior que en circunstancias previas a la muerte todo hombre debe emprender en solitario. En ese viaje postrero, el cual emprendí antes de comenzar con la escritura de este manuscrito, llegué a la nebulosa Atenas que mi mente aún puede recordar. En el Alfa de los recuerdos y enfrentado a la Omega de la vida, escudriñando por la única ventana de esta celda tras la que fui testigo de tantas y tantas cosas, creo haber descubierto el secreto de las acróteras y los acroterios, del miedo en sus formas y la prohibición no escrita que limita la expansión de Acteón… Sí, tras la montaña del Oeste aún existe la ciudad más aterrenal que los hombres han creado sin concurso de los Dioses… diáfanos distingo el Partenón, el Erecteón y el Templo de Atenea Niké en la cima de todo y esto: en los bordes del cielo, acaso muy cerca del Olimpo, sitio imaginado de y por nuestra grandeza, ahí donde seremos todos cuando al fin no haya nada y el espacio se haya reducido al todo del Universo; moriré y andaré el Pórtico de Eumenes desde el Odeón de Herodes Ático hasta el Teatro de los Dionisios, arrobado por la perfección alcanzada por mi raza: tantos hombres y las ideas flotando en el aire, esculpidas en los frisos, inventadas en cada ser creado en piedra viva, de mentira o de sueño, en todo caso harto distantes del raciocinio elemental de los mortales; más allá están el Odeón de Pericles y el Santuario de los Dionisios… alguna vez soñé en morir ahí, entre musas vestidas con himationes, con los ojos claros y abiertos, sin morir, mirando el azul eterno y sus albos retruécanos, lleno de vida en la muerte, inquieto y feliz… quién si no un griego puede aspirar a fenecer tan cerca de la potestad de Zeus.

Dibujo una línea en la montaña del Oeste, una hipérbole magnífica que se tropieza tres veces con los barrotes del ojo indivisible de mi prisión… allá yace el sitio único que la voracidad de Acteón no pudo, no podrá… La Acrópolis de Atenas aún se yergue majestuosa y desafiante, soberbia del conocimiento de que vendrán otras civilizaciones a derribarla y detenerla en su ascensión perpetua… no lo lograrán… Inmóvil, futura, egregia, infantil, flagrante, impoluta… ¡Cuánto más diría de ti si no tuviese que morir ahora!

Ahora sé que las esculturas de cada edificación —vieja o naciente, ya no importa— se mantienen vigilantes del día y la hora en que la luz desborde la montaña e inunde a Acteón de la certeza nonata o quizá simplemente perdida; ahora sé que los perros presentían de todo esto en sus aullidos y confundían a la Acrópolis de Atenas con la luna misma; ahora sé con la certeza que da la muerte que los perros de Acteón la miraron acercarse, que los gerontócratas se acobardaron y por eso ordenaron el exterminio de aquellos; ahora sé que los magos tenían razón cuando clamaban “Acteón nunca llegarás tan alto”; ahora sé que el fin de la ciudad viva está pronto e inevitable.

Veo el brillo de la Acrópolis de Atenas, el destellar de haces de las estrellas sucediéndose imprevisibles y la montaña del Oeste recortando el firmamento y el pensamiento de los hombres. ¡Ay! ya llega el alba, sus primeros rayos me ciegan e inflaman mi corazón de la certidumbre de que tiempo y ocaso se reúnen en mi vida.

Echaré un último vistazo a éstos, miserables tanto como yo, legionarios de las ideas y el coraje de ser sobrevivientes y no más de civilizaciones monumentales que hoy pagarán tributo a la historia. ¡Maldita seas, Acteón, hasta el final de los tiempos! ¡Que no quede piedra de ti y de tu concupiscencia…!

Ya se escuchan los pasos austeros de los gerontócratas, el andar marcial de la guardia civil, el filo de las espadas trozando los restos de oscuridad aún viva… ¡vienen por nosotros, por nuestras cabezas! ¡Oh, Acteón!, muertos tus perros… ¿quién va a devorarnos?

 

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