Twitter: una breve ráfaga de información sin trascendencia

Por ANDRÉS TAPIA

El 29 de septiembre de 2016, Kellyanne Conway, consejera oficial de Donald Trump, se presentó en el programa periodístico The View que transmite la cadena estadounidense ABC. Al ser cuestionada por los continuos ataques que Trump había dirigido en el pasado a la modelo y actriz venezolana Alicia Machado, Conway sugirió que la ex Miss Universo “obviamente tiene un pasado conflictivo”.

Cuando los conductores le preguntaron por su sentir en relación a la forma en que Trump suele referirse a las mujeres, Conway argumentó que ella jamás hablaba del peso y la apariencia de la gente y, por el contrario, aventuró que muchos de los televidentes que en ese momento veían la entrevista seguramente estaban publicando tweets en torno a su inteligencia y apariencia. “Nunca supe qué tan fea y estúpida era yo hasta que, se imaginarán, surgió Twitter”.

Un adagio popular asegura: “El pez muere por la boca”. Ergo: “Los mentirosos también”.

Conway es autora de la expresión alternative facts (hechos alternativos) –acuñada en el programa de televisión Meet the Press– que pronunció para defender al ex vocero de la Casa Blanca, Sean Spicer, en relación a sus dichos en torno al número de asistentes a la ceremonia en que Trump se convirtió en el 45º presidente de los Estados Unidos.

Es cuando menos curioso que una de las asesoras que más ferozmente han defendido a Donald Trump –y con ello debe entenderse que ha suscrito, postulado y creado los hechos alternativos más inverosímiles–, haya dicho una verdad tan contundente como la que pronunció en aquel programa de la ABC: “Nunca supe qué tan fea y estúpida era yo hasta que, se imaginarán, surgió Twitter”.

Kellyanne Conway no es fea y nunca ha sido estúpida, pero pasó a ser ambas cosas a partir de la reinvención de Twitter, otrora una red social creada para establecer vínculos y compartir pensamientos a partir de la limitación tiránica de crear “aforismos” de no más de 140 caracteres, y hoy el callejón más oscuro, del barrio más oscuro, de la ciudad más oscura, en el que las discusiones suelen dirimirse a partir de puñaladas.

Tales peleas barriobajeras incluyen al presidente de los Estados Unidos, quien como nadie ha convertido a la invención de Jack Dorsey, Evan Williams, Biz Stone y Noah Glass –en teoría una plataforma de blogs minimalistas–, en un arma de destrucción masiva.

Basta un tweet de Trump, el más insulso y menos elaborado (¿habrá escrito alguna vez uno poético y profundo?), para sacudir los mercados financieros del Mundo en una noche de insomnio, hamburguesas y papas fritas. Y Diet Coke, por supuesto. El actual inquilino de la Casa Blanca no sabe qué es un McCallan porque no consume ningún tipo de bebida espirituosa. Y eso está bien. No queremos imaginar cómo sería si lo hiciera.

El problema, sin embargo, no es de Donald Trump ni de todos aquellos que creen que los hechos que afectan y tienen incidencia en el Mundo pueden resumirse en un discurso que los libertarios, el mercado, el marketing y el sentido común, han extendido a 240 caracteres (Lyov Tolstói debe estar agradecidísimo) con la posibilidad de elaborar una novela minimalista a partir de la producción y encadenamiento de tweets que la mercadotecnia de Twitter ha denominado thread, en abierta contradicción con sus dictatoriales y sintéticos inicios.

No.

El problema lo han creado aquellos ignorantes que incapaces de recordar la línea de un libro, el verso de un poema, las palabras rotas de una despedida entre dos amantes o la voz en off de Morgan Freeman en la película The Shawshank Redemption, decidieron que podían reformular las palabras de otros, hacerse evidentes a partir de la pobreza de su gramática y su léxico, o crear sus propios haikús sin haber leído jamás un libro de poesía.

Pese a todo lo anterior, funcionó durante algún tiempo. Twitter era la oportunidad de decir tanto en tan pocas palabras, que sin imaginárselo ni pretenderlo sus usuarios comenzaron a imitar la sabiduría y elegancia contenida en un libro diminuto compilado por Nick Mamatas: Insults Every Man Should Know.

“Eres tan denso que la luz se curva alrededor de ti”

“No sé que te hace tan estúpido, pero sea lo que fuere, funciona”.

“La noria está girando, pero el hámster está muerto”.

“Eres tan lento que te toma una hora y media mirar 60 minutos”.

“Eres tan estúpido que tropiezas con el cable de tu teléfono móvil”.

“Él puede parecer un idiota y hablar como un idiota, pero no dejes que te engañe: verdaderamente es un idiota”.

Y éste que me fascina y define a la gran mayoría de los usuarios de Twitter: “Eso no es escribir, es teclear”.

Ignoro cuántos alegres e incipientes usuarios de Twitter han leído el libro compilado por Nick Mamatas, pero estoy seguro que no son muchos. Sin embargo, los que lo hicieron, y los que no, transformaron a capricho y por capricho el arte de la retórica, el sarcasmo y la ironía en una pelea de borrachos que tiene lugar en la taberna más oscura y vulgar del planeta.

Puesto a contar el porqué en el origen llamaron Twitter a su red social, Jack Dorsey declaró alguna vez: “Llegamos a la palabra Twitter y fue simplemente perfecta. La definición en la que convergimos todos fue: ‘Una breve ráfaga de información intrascendente… casi como los trinos y gorjeos de las aves’. Y eso era el producto con exactitud”.

Una noche de insomnio en la que miraba la pantalla de su iPhone, Kellyanne Conway, la consejera más fiel y fanática de las que hablan al oído de Donald Trump, mientras se enjugaba las lágrimas, pensó que todos los insultos que le proferían a través de Twitter podrían convertirse en algo parecido a un boomerang.

Se quedó entonces dormida y un poco más tarde soñó con las palabras alternative facts, esas mismas que había dicho meses antes para maquillar una mentira.

A la mañana siguiente, en un programa de televisión de alcance internacional, cogió el boomerang que fabricó en sus sueños y lo lanzó: “Nunca supe qué tan fea y estúpida era yo hasta que, se imaginarán, surgió Twitter”.