La balada de Drogon y la Princesa Daenerys

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FREDERIC AMADU

No sé cuál es tu nombre, tu verdadero nombre. Pero sé de alguien que te llama Daenerys o para quien eres una princesa llamada Daenerys. Si no tienes inconveniente, te llamaré así. Seguro te preguntarás por el mío, pero no es importante, y no va a decirte nada. No hallarás un rostro aparejado a él o una historia compartida o escuchada. Tú no me conoces. Y yo no te conozco. Aunque bien es cierto que he aprendido a imaginarte a partir de mis rutinas y las rutinas de mi vecino, ese hombre que parecía ser un hombre común y que habita al otro lado de la calle.

Verás, mi ventana está situada frente a la suya y en las horas afines –y por afines me refiero a aquellas en las que coincidimos–, he tenido que mirarlo como se mira el reflejo de un espejo: si yo salgo a fumar al balcón y miro al cielo, él fuma en la ventana y observa a la gente pasar; si yo visto una mañana pantaloncillos deportivos y camiseta, él viste las mismas prendas por la tarde; si por las noches yo bebo un whisky on the rocks, él destapa una cerveza.

Hasta aquí, nada que valga la pena ser relatado y, sin embargo, me ha parecido importante decírtelo, porque pese a que parecía ser un hombre común que cada dos semanas llevaba sus camisas a planchar, que cada tercer día compraba una pieza de pan en la cafetería que está situada justo debajo de mi ventana, que bebía tragos los días jueves con un amigo –o dos, o tres–, que miraba televisión por las noches y en ocasiones por las mañanas, al final del día, de todos los días, se convertía en un animal extraño.

Verás, Daenerys, no es sencillo decir esto, y no espero que me creas, pero una noche contemplé al hombre del que te hablo ejecutar algo que en el mejor de los casos parecía un ritual y, en el peor, un acto de brujería. No había luna, si lo recuerdo, tampoco nubes. Quizá una brisa que parecía provenir de Occidente, la sombra de un murciélago extraviado en busca de mariposas, el olor a cloaca que de cuando en cuando es perceptible en la Ciudad de México y el rumor incierto, pero verídico, de algún asesinato.

Abrí la ventana, me hacía falta un último cigarrillo, y al amparo de la luz difusa de los faroles lo miré sostener algo que parecía un balón de fútbol cuya blancura parecía concentrar sobre sí todas las fuentes de luz, cercanas o infinitas, con los modos de un prisma cósmico que me pareció contenía el origen del Universo. Tal vez estaba ebrio, Daenerys, pero casi podría jurar que contemplé el momento del estallido original, el Big Bang, y la formación de los primeros soles, la pedacería espectral de la que surgieron todas las estrellas y esas gigantescas rocas incandescentes que millones de años más tarde se convertirían en planetas. Te repito que no estaba ebrio… pero tal vez estaba ebrio: un instante después caí en la cuenta de que aquello no era un balón de fútbol, sino un huevo de dragón.

Esa noche conocí tu nombre.

El hombre del que te hablo, mi vecino, ese con quien jamás he cruzado una palabra, permaneció inmóvil durante varios minutos mientras sus manos sostenían aquel prodigio y su mirada se hallaba fija en el horizonte, en dirección a Occidente, y susurraba tu nombre con las formas de un anacoreta que recita un mantra para no volverse loco: “Daenerys, Daenerys, Daenerys”.

Dejé de mirarlo fumar. Abandoné mi hábito de espiarlo cuando salía a correr. Ignoré las ocasiones en que se postraba frente a su computadora a escribir sólo Dios sabe qué ideas proscritas, y tan sólo me concentré en las noches en que repetía aquel ritual o se desvelaba mirando televisión. Previsiblemente fueron días que se hicieron semanas, que en algún momento se volvieron meses y, como es lógico, pasaron a ser años. Y en todo ese tiempo, Daenerys, aferrado a ese huevo de dragón, él susurraba todas las noches tu nombre.

Imaginarás, se volvió predecible, y absurdo, y común. Así que dejé de mirarlo. Al menos ex profeso y premeditadamente. Aquel hombre era un idiota y su huevo de dragón una superchería. Tu nombre en su voz, empero, ostentaba las maneras de la poesía y una noche de sueños desperté escuchando aquel mantra. Abrí la ventana, encendí un cigarrillo y en las manos de aquel hombre inaudito contemplé a tu dragón, Daenerys. Entonces le escuché decir: “Drogon, ve con ella, dile que aún estoy aquí, que estaré aquí siempre… que estaré aquí siempre”.

¿Has mirado volar a un dragón, Daenerys? No tienen gracia cuando levantan el vuelo: parecen aves heridas tratando de hallar una corriente de aire a la cual asirse para no caer. Pero, cuando al fin lo consiguen –y dejan de batir las alas para dejarse llevar por el viento–, parecen la idea más egregia de la existencia de Dios.

Han pasado meses desde que Drogon se marchó. Mi vecino despierta cada mañana, abre el balcón y permanece por horas, supongo, esperándolo. Le he visto llorar alguna vez, y quizá llora siempre. Pero ya no puedo saberlo. Hace tiempo cambié mis rutinas y ahora, por las noches, me dedico a mirar la serie de televisión Game of Thrones. Acaso ahí, alguna vez, descubra su nombre y le mire recibir, una tarde inmaculada de sol, a un dragón adolescente que porta un mensaje en sus fauces. Un mensaje triste o feliz, no lo sé…

Y acaso, también, te mire volver montada en Drogon y al fin conozca tu nombre, tu verdadero nombre, Princesa Daenerys.

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