Desmond Morris: el santón que predijo la pandemia

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: LOFF.IT

En la biblioteca de mi padre había un libro de bolsillo, desgarbado y en apariencia insignificante. Se titulaba El mono desnudo y había sido escrito por un tal Desmond Morris. Lector ávido, pero carente de sistema, papá acumulaba libros de las disciplinas más disímbolas. Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu; El gran libro de lo asombroso e inaudito; Cien años de soledad; Fahrenheit 451; Así hablaba Zaratustra

Para un niño de diez años la mayoría eran incomprensibles. Pero mi padre, de una manera asistemática pero efectiva, me preparó a mí y a mis hermanos no sólo para leer y comprender conceptos elevados y complejos, sino también para entender al mundo al que un día nos enfrentaríamos.

Quizá por ello papá compraba y coleccionaba una revista semanal, Duda, una publicación que con los modos de un cómic exponía teorías de la conspiración, supercherías e historias relacionadas con la parapsicología. Y también nos regalaba, cada semana, las historietas de Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Archie, Batman, Superman y la Liga de la Justicia.

No recuerdo el día, la hora, la atmósfera, mucho menos el año, pero mi padre me encontró hojeando aquel libro rústico que en su portada de color marrón exhibía la imagen de un hombre desnudo cuya sombra se proyectaba detrás de él. “Es un libro inmenso –me dijo– y lo sabrás el día que puedas comprenderlo”.

No recuerdo cuándo lo leí y comprendí, pero sea cuando haya sido, El mono desnudo alteró mi vida. Un ensayo-estudio acerca del animal humano, de la especie humana, de sus hábitos, costumbres y taras, perpetrado a través de la perspectiva de la zoología, si bien esta vez enfocado en el homo-sapiens como si ésta fuese una especie animal más, y no la que triunfó sobre los demás seres vivos del planeta y hoy determina su destino.

Pasaron los años, ingresé a trabajar en un periódico de la Ciudad de México y, un día, supe que Desmond Morris, el etólogo británico y uno de los últimos pintores surrealistas, aún estaba vivo. Conseguí su correo electrónico y le escribí solicitándole una entrevista telefónica. Morris, un hombre con mucho de anacoreta, respondió. Y dijo que sí.

“No somos ángeles caídos, somos simios ascendiendo”, me dijo el etólogo inglés para definir a la especie humana. Esa frase me sirvió de epígrafe para la entrevista que publiqué en el diario Reforma de la Ciudad de México en el año 2000. Y como esa, dijo otras tantas con los modos de la poesía y que en realidad sólo eran la opinión de un hombre que había dedicado la mitad de su vida a observar el comportamiento de hombres y mujeres como si estos sólo fueran otra especie animal.

Faltaba aún tiempo para que tuviese lugar el 11 de septiembre de 2001 y, con él, se alterasen por completo los hábitos del mundo en aras de la seguridad. Sin embargo, en el contexto de la inocencia que aún vivíamos, pregunté a Morris si llegado el momento la especie humana sobreviviría. “Sobrevivirá”, respondió tajante. Y añadió: “Tenemos un diseño ganador, pero sospecho que sufriremos enormes pérdidas provocadas por epidemias que surgirán a partir de brotes de enfermedades de origen animal”.

Un pangolín, un murciélago, alguna otra especie animal exótica que fue llevada a un mercado de la ciudad de Wuhan, en China, con el objetivo de venderla, ha generado una de las crisis más graves en la historia de la especie humana. Del Lejano Oriente a Europa, en América y en algunos países de África, la pandemia del virus COVID-19 ha infectado a más de 241,931 personas y se ha cobrado la vida de casi 10,000. No parece mucho si se piensa que en la Tierra habitan alrededor de 7,771 millones de individuos. Es sólo que, más allá de su potencial de mortandad, el virus ha demostrado una capacidad insólita de contagio.

Quizá porque estaban repletas de una enorme carga dramática, nunca olvidé las palabras de Morris, un hombre de ciencia que al ofrecer una perspectiva distinta de la especie humana, en la que el homo-sapiens no era distinto de cualquier otro homínido que haya habitado o habite la tierra, hizo arquear las cejas de sus pares y de la comunidad científica. Paradójica, tristemente, su pensamiento disruptor y asertivo lo convirtió en una figura de culto antes que en un revolucionario. Un santón cuyo discurso fascinaba a algunos cuantos, pero que inexplicablemente no contagiaba a las masas.

El mundo es un sitio muy grande, pero estos días se ha vuelto increíblemente pequeño. La Plaza de San Pedro, en el Vaticano, recibe la bendición del Papa Francisco sin que un solo feligrés se haya apersonado. Los estadios y arenas de todos los deportes del mundo se convierten en basureros que solamente los locos visitarían. Los casinos, el símbolo más egregio, grotesco y superficial del capitalismo, deciden cerrar sus puertas. Las calles de mi barrio, siempre ruidosas al punto del desquicio, poco a poco, van quedándose vacías y en silencio.

El escenario es tan apocalíptico y fantasioso, que me hace pensar en la película Contagion (Steven Soderbergh, 2011), cuyas trama y escenas que en otro tiempo podrían haber calificado como piezas de ciencia ficción, hoy están suplantando a la realidad. En el tiempo que me ha tomado escribir la parte final de este texto, el número de muertos por causa del virus COVID-19 ha pasado de 9,989 a 10,007. Si tardo diez minutos más, es posible que una o dos personas engrosen esa cifra.

Pese a lo real y alarmante de la pandemia, hay gente que aún no se lo toma en serio. Sucedió en Italia, en España, en Estados Unidos, y aunque no lo desee eventualmente ocurrirá en México.

Han pasado dos décadas desde que entrevisté a Desmond Morris. Áun está vivo, tiene 92 años y desde que su esposa Ramona Baulch muriese el año 2018, vive en Irlanda con su hijo Jason y su familia.

El mono desnudo, que Morris publicó el año de 1967, concluye de esta manera:

Al hacer hincapié en nuestros rasgos biológicos, he pretendido demostrar en este libro la naturaleza de estas restricciones. Si las conocemos claramente y nos sometemos a ellas, nuestras probabilidades de supervivencia serán mucho mayores. Esto no implica un ingenuo “retorno a la Naturaleza”. Significa, únicamente, que deberíamos adaptar nuestros inteligentes adelantos oportunistas a nuestras existencias básicas de comportamiento. Debemos mejorar en calidad, más que en simple cantidad. Si lo hacemos así, podremos seguir progresando tecnológicamente, de manera impresionante y dramática, sin negar nuestra herencia evolutiva. Si no lo hacemos, nuestros impulsos biológicos reprimidos se irán hinchando más y más hasta reventar los diques, y toda nuestra complicada existencia será barrida por la riada.