Seis postales de ficción y no ficción (en el tiempo de la pandemia)

Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: EDWIN HOOPER / Unsplash

En Central Park, no muy lejos del sitio en el que está situado el memorial de John Lennon, un individuo observa cómo un tren de juguete da vueltas sobre los rieles de una idea rota. A poco más de un kilómetro de ahí, la torre que simboliza su poder en su imaginación repentinamente comienza a desmoronarse, aunque en la realidad permanece erguida e insolente como siempre.

En ese claro del parque al que de manera miserable entibia el sol de noviembre, alguien lo mira enjugarse los ojos mientras el tren se detiene de manera abrupta en una estación fantasma del condado de Clarke, en el estado de Georgia.

 

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Un indigente recoge latas, las fragmenta de alguna misteriosa forma y con ellas fabrica esculturas metálicas de flores que, imagino, venderá en algún sitio al tiempo que pide a los transeúntes que pasan delante suyo monedas para comprar algo para comer.

Es la imagen viva de la desesperanza: el invierno se aproxima y le he visto yacer dormido, exangüe, en dos o tres ocasiones en la acera que delimita mi casa. Parece muerto, y no lo está, esa es una de las mentiras y certezas del alcohol: te adormece al punto de la muerte, pero, absurdamente, te permite vivir otro día.

No sólo yo lo he notado. Un amigo viene a casa y me dice que le ha visto en el umbral de un pequeño supermercado. De día el sol lo oculta, pero durante la noche la luna lo hace evidente.

Y justo una noche me pide dinero. No lo tengo. La pandemia ha relegado al papel moneda a ser un activo de la nostalgia. Para existir hoy en el mundo basta una tarjeta de plástico otorgada por un banco. Compro unos cigarrillos y repentinamente me siento culpable. A la compra agrego un sándwich envuelto en un paquete de plástico. Se lo entrego disculpándome por no llevar efectivo conmigo. El vagabundo lo toma, agradece y continúa fabricando sus rosas de metal.

 

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Quería ser presidente. Quizá lo pensó siendo niño. Acaso leyó un libro de texto oficial que refiere que hubo un tiempo en que un chico como él, en una región de un país absurdo e improbable, mientras pastoreaba ovejas se tendía a la sombra de un árbol y conseguía arrancarle sonidos armónicos a una flauta.

Pasaron años, los suficientes, y de algún modo se convirtió en político. Un político menor, ciertamente, porque el sitio que gobernaba no era un reino, ni un condado, ni una parcela. En realidad era nada. Pero era perseverante, aguerrido, y fue escalando puestos hasta que llegó a un punto de no retorno en el que, impulsado por otros, exhumó aquel viejo sueño de convertirse en presidente.

Eventualmente lo conseguiría. Y eventualmente significa 18 años. En todo ese tiempo consiguió hacerse de la simpatía de otros que, como él, buscaban y pretendían un cambio, una diferencia, un golpe de timón. Y el golpe de timón fue él. Es sólo que, paradójicamente, no buscaba un cambio y una diferencia, sino solamente hacerse notar porque a lo largo de su vida nadie lo notó. Por ende la suya era una venganza, no un concepto, la rabieta de un niño que no sabe tocar la flauta y de la que sólo extrae sonidos estridentes, que quiere ser escuchado por los demás y al que la gente ignora.

Cuando fue elegido presidente su primer decreto fue: “Hablaré todas las mañanas a mi pueblo”.

 

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Mi madre usa un bastón para andar. No debería, al menos en mi concepción, pero corrió tanto en su vida y a tanta velocidad que un día se lastimó un pie. Es un decir. En realidad un día, o es posible que haya sido una noche, quiso tomar un vaso con agua de su buró y al hacerlo descubrió que su mano temblaba, que no podía sostenerlo, que algo había cambiado.

Despertaba todas las mañanas a las 05:30 horas. Se duchaba, preparaba su comida, la de sus hijos, y entonces se marchaba al trabajo. Volvía a casa antes de que el sol se ocultase, alrededor de las 1700, y todavía tenía energía para cocinar la cena, mirar un poco de televisión junto a su esposo y jugar con su gato y su perro.

Años más tarde, ya retirada, en un arranque de juventud viajó a la República Checa, Letonia, Lituania, Estonia, Rusia y otros países lejanos culturalmente a su formación que sólo referían su deseo de conocer el Mundo, de tratar de entenderlo. Sin embargo, el temblor de su mano, como una idea proscrita, aparecía y desaparecía al igual que el conejo que habita en el sombrero de un mago.

Hoy que en el país que habita han muerto 100,000 personas, el virus SARS-CoV-2 no se aproxima a ella aunque hace unos días haya cumplido 69 años. El bicho de la pandemia sabe bien que un individuo llamado Parkinson llegó antes que él y no quiere importunarlo.

Con un bastón en la mano que no tiembla, mi madre aún intenta correr como antaño.

 

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Un amigo, uno de los mejores que han pasado por mi vida, perdió su empleo a principios de este año. La pandemia aún no era cierta, tan sólo un rumor, pero la economía del país en el que vivimos ambos, el mismo que gobierna el individuo que no sabe tocar la flauta, ya era precaria al punto de la tragedia.

Se declaró el confinamiento a nivel mundial. Mi amigo consiguió una compensación injusta por casi 20 años de trabajo que le permitió, no obstante, sortear la tormenta durante los primeros meses. Luego, por causa de otro amigo, comenzó a vender productos desinfectantes y, para bien o para mal, se mantuvo a flote. Luego la pandemia empezó a arrasar con él, y con todos. Y en ese momento, todos, perdimos de vista que el objetivo era pelear y vencer, tan sólo para seguir viviendo un día más.

Hace unas semanas mi amigo cometió un desliz, por decirlo de alguna manera: se compró un billete de avión para viajar a Las Vegas junto con sus sobrinos y su hermano. Un error táctico y estratégico en tiempos en los que el pudor es un producto suntuoso. Lo hizo así porque su esposa, a través de un familiar, le consiguió un empleo. Y en tales circunstancias él se supuso salvado y merecedor de la suerte que hace un tiempo lo abandonó… nos abandonó.

Más allá del placer, estoy seguro que mi amigo viaja a Las Vegas con la idea peregrina de reventar a la banca y volver a casa con los bolsillos llenos de plata y conseguir de ese modo un poco más de tranquilidad para su vida.

Me encantan los suicidas. Son los protagonistas de las mejores novelas de la historia. Mi amigo básicamente es un idiota, pero es uno de los individuos más estúpidos y valientes que he conocido jamás.

 

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El tren de juguete que un individuo manipula se detiene abruptamente y descarrila. El hombre que controla su marcha golpea los vagones con el dorso de su mano y vocifera una maldición. A un kilómetro de distancia la torre que sustenta su poder comienza a desmoronarse y no sólo sus seguidores, sino también los seguidores de un tipo que no sabe tocar la flauta –que cada vez que lo intenta produce un ruido insoportable–, comienzan a chillar como si fuesen cerdos que son conducidos al matadero.

Al día de hoy al Mundo le faltan 1,367,435 personas.

Al hombre que controla el tren de juguete y al que no sabe tocar a flauta eso no les importa nada.

Nada.