Por ANDRÉS TAPIA

Timeo Danaos et dona ferentes

Acteón desde hace algunos años viene haciéndose difícil con cada nueva edificación que le nace. Hoy en día su futuro no parece tan impresionante como cuando los gerontócratas afirmaron sus plantas en ella y decidieron que habría de superar la altura de la Acrópolis de Atenas; eso fue hace mucho tiempo. Entonces, según me contaron los inmigrantes griegos que padecieron la pena del ostrakon, las orillas de la ciudad eran tan inexactas como sus sueños y se extendían discretas mas presurosas, buscando colindar con el cronos mismo. Hasta donde puedo saber lo consiguieron. Se plantaron en la cima del Monte Ararat, a un costado del rastro de restos que dejó el arca perdida, y con ayuda de la soledad que les obnubilaba la razón y hasta los más íntimos pecados, levantaron la ciudad que empezó a vivir y a expandirse sin que diese Dios su bendición para ello.