Por ANDRÉS TAPIA

Has llegado. Puntual como siempre. Aunque quizá hoy un poco más temprano. Te perseguían de nuevo, ¿no es así? Ni siquiera intentes negarlo, se te nota en la piel: reseca y poco seductora para los estándares de tu vanidad. Lo sé, es el invierno, el frío, y seguramente alguna pesadilla que te hizo despertar a mitad de la noche, que ignoraste, hasta que en algún momento del día –repentina, subrepticiamente– te golpeó con la misma fuerza con que un cuervo moribundo se estrellaría en una ventana.

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