Por ANDRÉS TAPIA

En la película Deadline U.S.A. (Richard Brooks, 1952), Humphrey Bogart personifica a Ed Hutcheson, un periodista de la vieja guardia que edita el periódico The Day.

A las vicisitudes de su cruzada diaria en pos de la verdad, Hutcheson suma el conflicto de disuadir a Margaret Garrison, la viuda del fundador del diario, de no venderlo a un competidor cuyo único interés es cesar la operación del mismo.

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Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: BIRNA BRJÁNSDÓTTIR-FACEBOOK

El pasado mes de enero, Islandia casi cumplió con su cuota anual de homicidios (1.8). La madrugada del día 14, Birna Brjánsdóttir, una chica de 20 años que trabajaba como vendedora en la tienda departamental Hagkaup, fue vista por última vez mientras caminaba dando traspiés por Laugavegur, la avenida principal del centro de Reykjavík. Una cámara de CCTV registró esto.

Birna no llegó a casa ni fue a trabajar al día siguiente, eso fue suficiente para declararla como desaparecida. Alrededor de 775 personas se ofrecieron como voluntarios para buscarla. Peinaron cada centímetro de la capital de Islandia y sus alrededores. Al mismo tiempo, la noticia de su desaparición dominó los espacios en los medios de comunicación, en las redes sociales y en las charlas de café.

Por ANDRÉS TAPIA

Hola, soy Hannah. Hannah Baker. Así es. No ajustes el… cualesquier que sea el aparato en el que escuchas esto. Soy yo, en vivo y en estéreo. Debes saber que no haré una gira del regreso, tampoco bises y en esta ocasión no habrá complacencias. Ve por un bocadillo, ponte cómodo… porque estoy a punto de contarte la historia de mi vida. O, siendo más precisa, las razones de por qué terminó mi vida. Y si estás escuchando este casete es porque tú eres una de esas razones.

Por ANDRÉS TAPIA

Un amigo y colega periodista escribe un post en su página de Facebook. En él celebra la reedición en Holanda –35 años después de su aparición en el Reino Unido– de un disco olvidado e intrascendente: La Verité, del grupo Classix Nouveaux, un accidente feliz y malogrado del pop británico de aquel tiempo, aunque también un Frankenstein creado a partir del New Wave, el New Romantic, el Industrial, el Dark y el Post Punk.

En México no se conoció ese disco, al menos no de manera masiva, pero a través de la entonces naciente cultura del videoclip (arcaico), una canción penetró en mi cabeza y, por lo que veo, también en la de Marco Appel: “Never Again” (https://www.youtube.com/watch?v=ngXPnHaWuMI).

Bastaban 20 segundos para enamorarse. Eso y la imagen andrógino-diabólica-gótica-naïve de Sal Solo, el vocalista.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FELIPE LUNA

Tenía la mirada triste, siempre la tuvo triste. Y sus gafas no ayudaban: cristales gruesos con muchas dioptrías que precisaba para ver al Mundo tal como era. Paradójicamente empequeñecían sus ojos –per se diminutos– y lo convertían en un forastero, casi un alienígena, un ser procedente de otro planeta cuya misión en la Tierra era la de ayudar a los humanos a comprender las incomprensibles razones que existen detrás de la maldad.

Quizá por ello sonreía poco, o no tanto como lo prometía su extraordinario sentido del humor. Pero eso no estaba mal, acaso tampoco bien: bibliotecario de su propia mente, Sergio González Rodríguez archivaba continuamente en su memoria libros, películas, cómics, ideas inacabadas, pensamientos sublimes, ensayos fallidos del amor, series de televisión, promesas absurdas y mentiras infames, tan sólo para caer en la cuenta de que el caos que con tiento y paciencia había disipado y ordenado, se había trastocado en una nueva pregunta. Y, consecuentemente, en un caos mayor.

Por ANDRÉS TAPIA

En la Plaza Cortázar, en el barrio de Palermo, en Buenos Aires, existe una tarde de noviembre, un mago que luce como un pordiosero, un árbol con dos letras inscritas en él y una historia que deambula y husmea por entre los pies de la gente. La tarde es azul y feliz. El mago finge ser infeliz. El árbol es tan grande que cobija al mago, a las letras y a la historia cuando ésta se cansa de vagar por ahí.

Con un poco de fortuna es posible contemplar todo el conjunto reunido, es decir: la tarde azul y feliz de noviembre, el mago que viste como pordiosero, el árbol, sus letras y la historia que de tanto husmear los pies de la gente en ocasiones parece un perro callejero. Y si ocurre así, entonces es como mirar un cuadro de Manet… pero en otro siglo.

Por ANDRÉS TAPIA

Pensarán que estoy loco, pero los edificios ya estaban ahí. Desiguales se proyectaban del asfalto a la noche y se escondían de ella o se perdían en su oscuridad. No había nadie esa ocasión. Y en realidad nunca hubo nadie. No tenían que exhibirse para existir. Cerradas las cortinas había que imaginarlos, crearlos a partir del devenir de sus siluetas. Y uno podía equivocarse. Ciertamente.

Por ANDRÉS TAPIA

Tú despertaste con la sensación de su perfume entre tus ropas: aquella pesadilla harto repetida en que le hacías el amor dulcemente, cientos de veces, y ella besaba tus manos sumisa e infantil, con la devoción de una virgen recién desflorada, los cabellos alborotados, inciertos en su boca, la sangre y el agua de su himen descendiendo los muslos profanados, rosados, gentiles: piel de hembra y no de niña.

Alcanzaste los Gaulloises Bleus, el encendedor adjunto. Entre volutas de humo y el dolor de estar despierto, la fantástica realidad se plegó ante ti y no la descubriste a pesar de la certidumbre de los rayos de sol cuyo trazo al traspasar la persiana dibujaba la geometría invertida de una celda. Mecánico, hundiste una mano bajo el piyama y palpaste el símbolo de tu virilidad: tan fláccido como el tallo de una rosa muerta, casi frío, casi tibio, casi caliente, pringoso, absurdo en su mediana dimensión: incompleto –pensaste.

Por ANDRÉS TAPIA

El año de 1971 David Bowie tuvo un sueño. En él, Haywood Stenton Jones, su padre, quien había fallecido en 1969 y que trabajó la mayor parte de su vida como director de relaciones públicas de Barnardo’s Children Homes –una asociación civil británica dedicada a atender niños y adolescentes en situación de abandono o vulnerabilidad–, le dijo que le restaban cinco años de vida y que no debería volver a viajar en avión.

Bowie desestimó el consejo onírico de su padre. Y no.

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Habían pasado todos los trenes de la historia y en el futuro pasarían muchos más, pero el tren que se detuvo el 28 de diciembre de 2016 en Palermo, no era sólo un tren más prefijado en el pasado ni tampoco sería uno al que olvidaría el futuro.

Provenía de otro siglo: locomotora de vapor, carbón como combustible. Quien conoce de trenes y nostalgias imaginará el ruido atronador y mítico de sus bielas, ruedas y engranes, sin dejar de lado la estela de humo negro que se esparció por toda la estación y provocó que el hombre que aguardaba en una banca situada justo a la mitad del andén, y la niña que descendió de la tercera puerta del quinto vagón del tren, tosieran a un mismo tiempo y casi imperceptiblemente.

Por ANDRÉS TAPIA

El 5 de noviembre del año 2006, la BBC transmitió en el Reino Unido el que fue el capítulo número 6 de Planet Earth, una serie documental narrada por Sir David Attenborough y cuya realización tomó cinco años. Se tituló “Ice Worlds” y su temática versaba en torno a la vida animal en el Ártico y la Antártida.

Una de sus secuencias –acaso una de las más extraordinarias que se hayan filmado jamás debido a las implicaciones técnicas que supuso su grabación y al dramatismo intrínseco de la misma– exhibe a un oso polar macho que, obligado por el deshielo, abandona la placa continental y nada una distancia aproximada a 100 kilómetros con tal de encontrar comida.

Por ANDRÉS TAPIA

Los muertos están vivos.

Esa es la leyenda, el súper (en términos cinematográficos) que aparece al inicio de la película Spectre (Sam Mendes, 2015) protagonizada por el actor británico Daniel Craig.

La secuencia inicial, de poco más 12 minutos de duración, fue filmada en el Centro Histórico de la Ciudad de México y exhibe un desfile multicolor –que hasta el momento en que se filmó la cinta era inexistente– basado en las tradiciones mexicanas en torno al Día de los Muertos.

La narrativa visual, su coreografía, el diseño de arte y el vestuario, la incorporación de una persecución y una pelea en un helicóptero que despega y sobrevuela la Plaza de la Constitución, son espectaculares. El plano secuencia –hollywoodense, sin duda, pero no por ello intrascendental– se implanta en la memoria como si fuese la visión cercana de un cometa. En el inconsciente –o consciente– colectivo de México, supone un hierro al rojo vivo que marca la piel de un condenado a muerte.

Por ANDRÉS TAPIA

I have this fear of clowns, so I think that if I surround myself with them, it will ward off all evil.

Johnny Depp

 

Al final de la única novela que ha publicado, William Pescador, el crítico literario mexicano Christopher Domínguez Michael, describe a una hermosa nariz roja de payaso como “la madre de las máscaras”.

Esa nariz roja, esa máscara, en la historia representa una herencia y a la vez una compleja moraleja del Mundo, toda vez que ha sido acompañada de una serie de piezas de un juego de ajedrez (inconexas entre sí a partir de sus formas) que recibe de su abuelo un chico de 11 años cuyo universo –un espacio de cuatro paredes y en ocasiones unas cuantas calles a la redonda llamado Omorca– acaba de colapsar. Pero ese universo, a pesar de todo y precisamente por ello –y por esa máscara– es un sitio feliz.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: LEONARDO MUÑOZ (EPA)

Conocí a Enrique Patiño los últimos días de febrero de 2001 en la ciudad de Hamburgo, Alemania. Tanto él como yo y otros ocho periodistas latinoamericanos (Maricel, Malena, María Elena, José Luis, Marcelo, Ana, Ligia y Eduardo), habíamos sido seleccionados por el Internationale Journalisten-Programme para pasar una temporada en Berlín colaborando en un medio de comunicación afincado en esa ciudad.

La IJP nos proporcionó una suma que amparaba los billetes de avión, así como el costo de una estancia promedio para renta y alimentos. Tuve la suerte de entrar en contacto, a través de Martin Spiewak, el director del programa, con Araceli Vicente Álvarez, una profesora que daba clases de español en Berlín. Intercambiamos algunos correos electrónicos y ella accedió a hospedarme en su casa: un apartamento ubicado en el número 46 de la Görlitzer Strasse, en el barrio de Kreuzberg.

Por ANDRÉS TAPIA

Llueve afuera. Es 28 de septiembre y pasan de las 15:00 horas, la hora tardía y acostumbrada del almuerzo en la Ciudad de México. La mesa contigua a la que yo me encuentro es un escenario inusual y feliz. Un hombre de entre 30 y 40 años, que porta un traje gris y una corbata roja de buena calidad, come con sus cuatro hijos: dos hembras y dos varones. Todos los chicos son rubios.

El más pequeño de ellos no debe de tener más de tres años. Su padre está a la izquierda y enfría a soplidos la sopa que, cucharada a cucharada, deposita en la boca del niño. Bajo la mesa hay tres mochilas infantiles, coloridas, y cada una de ellas porta el nombre de su propietario. Los chicos mayores, el varón y las dos hembras, no hacen aspavientos mientras una camarera deposita delante suyo tres cajas de cartón con la silueta de los ojos de un búho impresa en sus costados y un menú infantil compuesto de hamburguesas y papas fritas. Delante del hombre, un plato de paella se enfría.

Por ANDRÉS TAPIA / Ilustración: PROCEDENTE DE PrairieBeauty.com

Una tarde de mediados de la década de 1970, mientras aguardaba en la sala de espera de un hospital, un hombre –quizá un anciano– tomó asiento frente a mí. No puedo recordar quién estaba conmigo: si mi madre, si mi padre, si yo estaba enfermo, o quién. Me recuerdo, en cambio, solo frente a aquel hombre mayor que llevaba puesto un sombrero, que tenía las manos rudas de un campesino, y que cargaba consigo una bolsa de malla que en el México de aquel tiempo se utilizaba para hacer las compras en los mercados populares.

Por ANDRÉS TAPIA

Pablo Escobar yace junto a mí, en el tejado de un edificio en Medellín. Postrados bocabajo, creo recordar que ambos tratamos de esquivar los disparos que una tropa de élite nos prodiga a discreción. Pero no percibo el sonido de las balas, tampoco el olor a pólvora, y mucho menos la sensación de temor.

El edificio tiene cuatro, cinco pisos, no demasiados pero sí suficientes para causar la muerte de alguien que cayese de ahí. Veo los pies descalzos de Escobar, sus vaqueros desteñidos y su polo color azul marino. No veo su rostro.

Por ANDRÉS TAPIA

Se jugaba el Tie Break. El tablero marcaba 6-2 a favor de Juan Martín del Potro quien, además, tenía su servicio. El argentino sirvió una pelota violenta a la zona izquierda, pero Novak Djokovic consiguió devolverla. El juego continuó por esa banda, dos pelotazos, hasta que del Potro cambió la cadencia y atacó el flanco izquierdo del serbio, quien trompicándose llegó a la pelota y la devolvió magistralmente. Del Potro entonces la cruzó al lado contrario. Lenta, dramáticamente la bola golpeó la red y pasó. Djokovic se convirtió en piedra.

Del Potro no hizo aspavientos. En su rostro no había euforia sino incredulidad. Se quitó la bandana con desgano, caminó hacia a la red y se encontró con un Djokovic que, en lugar de estrecharle la mano, lo abrazó.

Por ANDRÉS TAPIA

En el episodio nueve de la temporada número uno de la serie de televisión Better Call Saul, Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks), un ex policía que trabaja como dependiente en un estacionamiento, y Daniel “Pryce” Wormald (Mark Proksch), vendedor especializado de una compañía farmacéutica que roba lotes de pastillas y los vende a un narcotraficante, sostienen el siguiente diálogo.

Mike: La lección es: Si vas a ser un criminal, haz la tarea.

Pryce: Espera, no soy un tipo malo.

Mike: No dije que fueras malo. Dije que eres un criminal.

Pryce: ¿Cuál es la diferencia?

Por ANDRÉS TAPIA

Gustavo me contó la historia en un café unos años antes de que llegase el fin de siglo. Acaso era 1997, 1998… no lo recuerdo con precisión. Bajo el influjo de dos rondas de un brebaje –hoy mítico y casi imposible de conseguir– llamado Ice Cream Soda de Fresa, intentábamos descifrar nuestro presente a partir de los eventos del pasado. Sé bien que puesto así luce tan naïve que acaso nadie prestará atención a este relato, pero cuando eres joven el azúcar y la inocencia pueden embriagar y soltarte la lengua mucho más que tres litros de cerveza.

Él estudiaba la escuela secundaria y en el primero o segundo curso conoció a una niña llamada Aída. Gustavo tenía 12, 13 años, una edad febril y fértil para las fantasías, pero improbable para el amor. Empeñado, como cualquier soñador que se precie de serlo, de ir a contracorriente, mi amigo –hijo de un madre soltera que también era madre soltera de su medio hermano– se enamoró.