Por ANDRÉS TAPIA

El 15 de agosto de 1942, sólo unos días antes de que iniciara la Batalla de Stalingrado, mientras en Vichy, Francia, 5,000 judíos eran arrestados y tropas alemanas capturaban el histórico pueblo ruso de Georgiyevsk en las faldas del Caucaso, Marcelin y Francine Dumoulin, una pareja de granjeros suizos, salieron del pueblo de Chandolin, situado en el cantón suizo de Valais, con la intención de llevar a su ganado a pastar en las montañas de la región.

Zapatero y profesora por oficios, padres de siete hijos, Marcelin y Francine tomaron rumbo esa mañana hacia el glaciar de Tsanfleuron. A la distancia, el hermano de uno de ellos les atisbó con unos binoculares. Sería la última persona en verles con vida.

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Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: QUINN ROONEY (GETTY IMAGES)

A Ethel, que más que yo ha esperado tanto tiempo por este día

El invierno en el hemisferio sur tiene lugar en el verano del hemisferio norte; es el mes de julio del año 2017. Con temperaturas que descienden más allá de los -50º Celsius, un trozo de hielo de cuatro veces el tamaño de la Ciudad de México se desgaja de la Antártida.

Al dejar de formar parte de la placa continental, muta su nombre al de iceberg, no de isla, pues en rigor no se trata de una zona de masa estable, sino de una porción de hielo susceptible de derretirse y de flotar a la deriva durante un tiempo indeterminado.

Los científicos levantan la mirada al cielo –como si interpelaran a Dios– y se preguntan si este fenómeno tiene que ver con el calentamiento global y los seres humanos somos responsables de ello.

Por ANDRÉS TAPIA

Postrado sobre una piedra, las manos en descanso sobre ésta, la figura de un hombre mantiene su rostro (un rostro plano, inexpresivo, informe y vago) extraviado en algún punto que trasciende los árboles y los edificios que lo rodean. Lo que mira, sin embargo, está más allá de las nubes que cercan estos días el cielo de lo que alguna vez fue llamado la gran Tenochtitlan. Se halla en el infinito, en el universo, en el multiverso o en todo –nunca mejor dicho– eso junto.

No es un hombre en un sentido estricto, sino tan sólo la representación de uno. Una estructura colosal que desde hace 17 años permanece en un sitio conocido como Plaza Necaxa, justo en la intersección de las calles Río Sena y Río Pánuco, en el barrio de la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México.

Por ANDRÉS TAPIA

Zorayma conduce una Chevrolet Trax. Es una mujer hermosa. Tiene el cabello rizado, la piel morena y dos tatuajes visibles: uno en la nuca, que no puedo descifrar, y otro más en la parte interior del antebrazo izquierdo: un corazón sofisticado y artístico del que cuelgan un par de cintas haciéndolo parecer una bolsa. En la muñeca derecha porta al menos media docena de pulseras de colores distintos, y en su rostro de pómulos altos, unas gafas que lo hacen más egregio y misterioso.

Zorayma mira su teléfono móvil, empotrado en una de las rejillas del aire acondicionado, y mientras oprime uno, dos, tres comandos, lo hace descansar sobre sus piernas mientras a un mismo tiempo atiende el camino. Baja la cabeza, la sube, mira hacia adelante, hacia abajo, oprime otro comando… cuando al fin se convence devuelve el teléfono a la rejilla y perfila sus ojos en el horizonte del sur de la Ciudad de México. El visor de mi iPhone señala que es 15 de junio de 2017 y que las 14:00 horas han quedado siete minutos atrás.

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando tenía siete años, Roger Stone participó en un ejercicio electoral en el colegio. Era el otoño de 1959 y John F. Kennedy y Richard Nixon contendían por la presidencia de los Estados Unidos. Los padres de Stone eran republicanos, pero sentían simpatía por Kennedy en tanto era católico como ellos. El imberbe Roger, político precoz, decidió que Kennedy debería ganar a costa de todo. Para ello informó a sus condiscípulos, uno a uno, que una de las políticas de Nixon era instaurar clases los sábados.

Eventualmente John F. Kennedy ganaría en el ejercicio del colegio de Stone. Y en la elección real se convertiría en el 35º presidente de los Estados Unidos.

Por ANDRÉS TAPIA

Hace unos años los ecologistas nos vendieron una imagen cierta, pero chantajista: un oso polar se mantiene en pie sobre un breve trozo de hielo que apenas lo contiene y flota a la deriva. Es la primavera en el Círculo Polar Ártico y eventualmente ese pedazo de hielo va a derretirse. La narrativa tramposa nos hace suponer que el más grande de los osos que habitan la Tierra terminará ahogado. Nada más falso.

Los osos polares son grandes nadadores, tanto que podrían rivalizar con Michael Phelps. Son capaces de nadar por horas, alcanzando una velocidad de 10 kilómetros por hora, y existen casos documentados en los que se les ha visto recorrer hasta 100 kilómetros sin descanso.

Es sólo que, por más poderoso que sea, ningún mamífero terrestre es capaz de nadar eternamente.

Por ANDRÉS TAPIA

Un verso de una canción de Joaquín Sabina reza lapidario: “Más vale que no tengamos que elegir entre el olvido y la memoria”. El cantautor andaluz planteó tal disyuntiva en 1994, año en que la telefonía móvil era sólo el privilegio de unos cuantos y la Internet un mito urbano con los modos de una profecía.

La advertencia de Sabina, formulada al amparo del romanticismo, nada tenía que ver con el mundo en el que hoy vivimos. Y, sin embargo, hoy describe el modus operandi de los seres humanos, quienes puestos a elegir decidimos que era preferible el olvido en tanto podíamos hacernos de una memoria alterna que no ocupase espacio en nuestros cerebros.

Por ANDRÉS TAPIA

En la película Deadline U.S.A. (Richard Brooks, 1952), Humphrey Bogart personifica a Ed Hutcheson, un periodista de la vieja guardia que edita el periódico The Day.

A las vicisitudes de su cruzada diaria en pos de la verdad, Hutcheson suma el conflicto de disuadir a Margaret Garrison, la viuda del fundador del diario, de no venderlo a un competidor cuyo único interés es cesar la operación del mismo.

Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: BIRNA BRJÁNSDÓTTIR-FACEBOOK

El pasado mes de enero, Islandia casi cumplió con su cuota anual de homicidios (1.8). La madrugada del día 14, Birna Brjánsdóttir, una chica de 20 años que trabajaba como vendedora en la tienda departamental Hagkaup, fue vista por última vez mientras caminaba dando traspiés por Laugavegur, la avenida principal del centro de Reykjavík. Una cámara de CCTV registró esto.

Birna no llegó a casa ni fue a trabajar al día siguiente, eso fue suficiente para declararla como desaparecida. Alrededor de 775 personas se ofrecieron como voluntarios para buscarla. Peinaron cada centímetro de la capital de Islandia y sus alrededores. Al mismo tiempo, la noticia de su desaparición dominó los espacios en los medios de comunicación, en las redes sociales y en las charlas de café.

Por ANDRÉS TAPIA

Hola, soy Hannah. Hannah Baker. Así es. No ajustes el… cualesquier que sea el aparato en el que escuchas esto. Soy yo, en vivo y en estéreo. Debes saber que no haré una gira del regreso, tampoco bises y en esta ocasión no habrá complacencias. Ve por un bocadillo, ponte cómodo… porque estoy a punto de contarte la historia de mi vida. O, siendo más precisa, las razones de por qué terminó mi vida. Y si estás escuchando este casete es porque tú eres una de esas razones.

Por ANDRÉS TAPIA

Un amigo y colega periodista escribe un post en su página de Facebook. En él celebra la reedición en Holanda –35 años después de su aparición en el Reino Unido– de un disco olvidado e intrascendente: La Verité, del grupo Classix Nouveaux, un accidente feliz y malogrado del pop británico de aquel tiempo, aunque también un Frankenstein creado a partir del New Wave, el New Romantic, el Industrial, el Dark y el Post Punk.

En México no se conoció ese disco, al menos no de manera masiva, pero a través de la entonces naciente cultura del videoclip (arcaico), una canción penetró en mi cabeza y, por lo que veo, también en la de Marco Appel: “Never Again” (https://www.youtube.com/watch?v=ngXPnHaWuMI).

Bastaban 20 segundos para enamorarse. Eso y la imagen andrógino-diabólica-gótica-naïve de Sal Solo, el vocalista.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FELIPE LUNA

Tenía la mirada triste, siempre la tuvo triste. Y sus gafas no ayudaban: cristales gruesos con muchas dioptrías que precisaba para ver al Mundo tal como era. Paradójicamente empequeñecían sus ojos –per se diminutos– y lo convertían en un forastero, casi un alienígena, un ser procedente de otro planeta cuya misión en la Tierra era la de ayudar a los humanos a comprender las incomprensibles razones que existen detrás de la maldad.

Quizá por ello sonreía poco, o no tanto como lo prometía su extraordinario sentido del humor. Pero eso no estaba mal, acaso tampoco bien: bibliotecario de su propia mente, Sergio González Rodríguez archivaba continuamente en su memoria libros, películas, cómics, ideas inacabadas, pensamientos sublimes, ensayos fallidos del amor, series de televisión, promesas absurdas y mentiras infames, tan sólo para caer en la cuenta de que el caos que con tiento y paciencia había disipado y ordenado, se había trastocado en una nueva pregunta. Y, consecuentemente, en un caos mayor.

Por ANDRÉS TAPIA

En la Plaza Cortázar, en el barrio de Palermo, en Buenos Aires, existe una tarde de noviembre, un mago que luce como un pordiosero, un árbol con dos letras inscritas en él y una historia que deambula y husmea por entre los pies de la gente. La tarde es azul y feliz. El mago finge ser infeliz. El árbol es tan grande que cobija al mago, a las letras y a la historia cuando ésta se cansa de vagar por ahí.

Con un poco de fortuna es posible contemplar todo el conjunto reunido, es decir: la tarde azul y feliz de noviembre, el mago que viste como pordiosero, el árbol, sus letras y la historia que de tanto husmear los pies de la gente en ocasiones parece un perro callejero. Y si ocurre así, entonces es como mirar un cuadro de Manet… pero en otro siglo.

Por ANDRÉS TAPIA

Pensarán que estoy loco, pero los edificios ya estaban ahí. Desiguales se proyectaban del asfalto a la noche y se escondían de ella o se perdían en su oscuridad. No había nadie esa ocasión. Y en realidad nunca hubo nadie. No tenían que exhibirse para existir. Cerradas las cortinas había que imaginarlos, crearlos a partir del devenir de sus siluetas. Y uno podía equivocarse. Ciertamente.

Por ANDRÉS TAPIA

Tú despertaste con la sensación de su perfume entre tus ropas: aquella pesadilla harto repetida en que le hacías el amor dulcemente, cientos de veces, y ella besaba tus manos sumisa e infantil, con la devoción de una virgen recién desflorada, los cabellos alborotados, inciertos en su boca, la sangre y el agua de su himen descendiendo los muslos profanados, rosados, gentiles: piel de hembra y no de niña.

Alcanzaste los Gaulloises Bleus, el encendedor adjunto. Entre volutas de humo y el dolor de estar despierto, la fantástica realidad se plegó ante ti y no la descubriste a pesar de la certidumbre de los rayos de sol cuyo trazo al traspasar la persiana dibujaba la geometría invertida de una celda. Mecánico, hundiste una mano bajo el piyama y palpaste el símbolo de tu virilidad: tan fláccido como el tallo de una rosa muerta, casi frío, casi tibio, casi caliente, pringoso, absurdo en su mediana dimensión: incompleto –pensaste.

Por ANDRÉS TAPIA

El año de 1971 David Bowie tuvo un sueño. En él, Haywood Stenton Jones, su padre, quien había fallecido en 1969 y que trabajó la mayor parte de su vida como director de relaciones públicas de Barnardo’s Children Homes –una asociación civil británica dedicada a atender niños y adolescentes en situación de abandono o vulnerabilidad–, le dijo que le restaban cinco años de vida y que no debería volver a viajar en avión.

Bowie desestimó el consejo onírico de su padre. Y no.

Por ANDRÉS TAPIA

Habían pasado todos los trenes de la historia y en el futuro pasarían muchos más, pero el tren que se detuvo el 28 de diciembre de 2016 en Palermo, no era sólo un tren más prefijado en el pasado ni tampoco sería uno al que olvidaría el futuro.

Provenía de otro siglo: locomotora de vapor, carbón como combustible. Quien conoce de trenes y nostalgias imaginará el ruido atronador y mítico de sus bielas, ruedas y engranes, sin dejar de lado la estela de humo negro que se esparció por toda la estación y provocó que el hombre que aguardaba en una banca situada justo a la mitad del andén, y la niña que descendió de la tercera puerta del quinto vagón del tren, tosieran a un mismo tiempo y casi imperceptiblemente.

Por ANDRÉS TAPIA

El 5 de noviembre del año 2006, la BBC transmitió en el Reino Unido el que fue el capítulo número 6 de Planet Earth, una serie documental narrada por Sir David Attenborough y cuya realización tomó cinco años. Se tituló “Ice Worlds” y su temática versaba en torno a la vida animal en el Ártico y la Antártida.

Una de sus secuencias –acaso una de las más extraordinarias que se hayan filmado jamás debido a las implicaciones técnicas que supuso su grabación y al dramatismo intrínseco de la misma– exhibe a un oso polar macho que, obligado por el deshielo, abandona la placa continental y nada una distancia aproximada a 100 kilómetros con tal de encontrar comida.

Por ANDRÉS TAPIA

Los muertos están vivos.

Esa es la leyenda, el súper (en términos cinematográficos) que aparece al inicio de la película Spectre (Sam Mendes, 2015) protagonizada por el actor británico Daniel Craig.

La secuencia inicial, de poco más 12 minutos de duración, fue filmada en el Centro Histórico de la Ciudad de México y exhibe un desfile multicolor –que hasta el momento en que se filmó la cinta era inexistente– basado en las tradiciones mexicanas en torno al Día de los Muertos.

La narrativa visual, su coreografía, el diseño de arte y el vestuario, la incorporación de una persecución y una pelea en un helicóptero que despega y sobrevuela la Plaza de la Constitución, son espectaculares. El plano secuencia –hollywoodense, sin duda, pero no por ello intrascendental– se implanta en la memoria como si fuese la visión cercana de un cometa. En el inconsciente –o consciente– colectivo de México, supone un hierro al rojo vivo que marca la piel de un condenado a muerte.

Por ANDRÉS TAPIA

I have this fear of clowns, so I think that if I surround myself with them, it will ward off all evil.

Johnny Depp

 

Al final de la única novela que ha publicado, William Pescador, el crítico literario mexicano Christopher Domínguez Michael, describe a una hermosa nariz roja de payaso como “la madre de las máscaras”.

Esa nariz roja, esa máscara, en la historia representa una herencia y a la vez una compleja moraleja del Mundo, toda vez que ha sido acompañada de una serie de piezas de un juego de ajedrez (inconexas entre sí a partir de sus formas) que recibe de su abuelo un chico de 11 años cuyo universo –un espacio de cuatro paredes y en ocasiones unas cuantas calles a la redonda llamado Omorca– acaba de colapsar. Pero ese universo, a pesar de todo y precisamente por ello –y por esa máscara– es un sitio feliz.