Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FELIPE LUNA

Tenía la mirada triste, siempre la tuvo triste. Y sus gafas no ayudaban: cristales gruesos con muchas dioptrías que precisaba para ver al Mundo tal como era. Paradójicamente empequeñecían sus ojos –per se diminutos– y lo convertían en un forastero, casi un alienígena, un ser procedente de otro planeta cuya misión en la Tierra era la de ayudar a los humanos a comprender las incomprensibles razones que existen detrás de la maldad.

Quizá por ello sonreía poco, o no tanto como lo prometía su extraordinario sentido del humor. Pero eso no estaba mal, acaso tampoco bien: bibliotecario de su propia mente, Sergio González Rodríguez archivaba continuamente en su memoria libros, películas, cómics, ideas inacabadas, pensamientos sublimes, ensayos fallidos del amor, series de televisión, promesas absurdas y mentiras infames, tan sólo para caer en la cuenta de que el caos que con tiento y paciencia había disipado y ordenado, se había trastocado en una nueva pregunta. Y, consecuentemente, en un caos mayor.

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Por ANDRÉS TAPIA

En la Plaza Cortázar, en el barrio de Palermo, en Buenos Aires, existe una tarde de noviembre, un mago que luce como un pordiosero, un árbol con dos letras inscritas en él y una historia que deambula y husmea por entre los pies de la gente. La tarde es azul y feliz. El mago finge ser infeliz. El árbol es tan grande que cobija al mago, a las letras y a la historia cuando ésta se cansa de vagar por ahí.

Con un poco de fortuna es posible contemplar todo el conjunto reunido, es decir: la tarde azul y feliz de noviembre, el mago que viste como pordiosero, el árbol, sus letras y la historia que de tanto husmear los pies de la gente en ocasiones parece un perro callejero. Y si ocurre así, entonces es como mirar un cuadro de Manet… pero en otro siglo.

Por ANDRÉS TAPIA

Pensarán que estoy loco, pero los edificios ya estaban ahí. Desiguales se proyectaban del asfalto a la noche y se escondían de ella o se perdían en su oscuridad. No había nadie esa ocasión. Y en realidad nunca hubo nadie. No tenían que exhibirse para existir. Cerradas las cortinas había que imaginarlos, crearlos a partir del devenir de sus siluetas. Y uno podía equivocarse. Ciertamente.

Por ANDRÉS TAPIA

Tú despertaste con la sensación de su perfume entre tus ropas: aquella pesadilla harto repetida en que le hacías el amor dulcemente, cientos de veces, y ella besaba tus manos sumisa e infantil, con la devoción de una virgen recién desflorada, los cabellos alborotados, inciertos en su boca, la sangre y el agua de su himen descendiendo los muslos profanados, rosados, gentiles: piel de hembra y no de niña.

Alcanzaste los Gaulloises Bleus, el encendedor adjunto. Entre volutas de humo y el dolor de estar despierto, la fantástica realidad se plegó ante ti y no la descubriste a pesar de la certidumbre de los rayos de sol cuyo trazo al traspasar la persiana dibujaba la geometría invertida de una celda. Mecánico, hundiste una mano bajo el piyama y palpaste el símbolo de tu virilidad: tan fláccido como el tallo de una rosa muerta, casi frío, casi tibio, casi caliente, pringoso, absurdo en su mediana dimensión: incompleto –pensaste.

Por ANDRÉS TAPIA

–Sí, la historia se repite, engañas a la gente con tu propaganda.

–Oh, Sawatzki, no lo entiendes. En 1933 la gente no fue engañada con propaganda: eligieron a un líder que describía abiertamente sus planes con toda claridad. El pueblo alemán me eligió.

El diálogo pertenece a la película Er ist wieder da (Ha vuelto, David Wnendt, 2015) y tiene lugar entre los dos personajes principales del filme: Fabian Sawatzki, un creativo de televisión frustrado con aspiraciones de director de cine, y Adolf Hitler.

Por ANDRÉS TAPIA

Habían pasado todos los trenes de la historia y en el futuro pasarían muchos más, pero el tren que se detuvo el 28 de diciembre de 2016 en Palermo, no era sólo un tren más prefijado en el pasado ni tampoco sería uno al que olvidaría el futuro.

Provenía de otro siglo: locomotora de vapor, carbón como combustible. Quien conoce de trenes y nostalgias imaginará el ruido atronador y mítico de sus bielas, ruedas y engranes, sin dejar de lado la estela de humo negro que se esparció por toda la estación y provocó que el hombre que aguardaba en una banca situada justo a la mitad del andén, y la niña que descendió de la tercera puerta del quinto vagón del tren, tosieran a un mismo tiempo y casi imperceptiblemente.

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando mi padre murió empaqué en dos viejas maletas una gran parte de sus pertenencias. No eran muchas, ciertamente, de modo que tuve que hacer una suerte de curaduría para saber qué llevarme conmigo y qué dejar atrás.

No le había visto en muchos años, y lo que vi cuando lo vi fue un cadáver al que había que identificar para sacarlo de la morgue. “¿Es éste tu padre”, preguntó un forense. Dudé sin dudar, miré sin mirar: tenía la boca abierta, los ojos hundidos, los párpados abiertos. Mi imaginación exacerbada, mi inteligencia y los cientos de novelas de detectives que había leído hicieron el resto: el infarto fue instantáneo. Papá cayó de la cama con el corazón perforado. Quiso halar oxígeno, pero ya no lo consiguió. Fue tan brutal y repentino que sus ojos no pudieron cerrarse.

“Sí, es él”, respondí.

Por ANDRÉS TAPIA

Fernanda sólo se llama Fernanda porque me sonrió mientras yo pasé a su lado y su sonrisa –un alfiler feliz en mi memoria– hizo resonar ese nombre en mi mente. José, en cambio, su marido, el hombre que conduce el Auburn 852 descapotable (1936) y lleva puesta una gorra de beisbolista, se llama así porque no tengo una razón certera y precisa para llamarlo de otro modo.

Es una tarde del casi invierno de 2016, pero aún no hace frío suficiente para declararlo invierno. Es la Ciudad de México –hoy oficialmente la Ciudad de México– y no el topónimo grotesco, abreviado e insustancial que solía denominarse D.F. (Distrito Federal). Si lo entiendo bien, Fernanda y José formaban parte de una caravana de autos clásicos que circuló con los modos de un desfile la tarde del domingo 20 de diciembre de 2015 por el Paseo de la Reforma. Pero ahora se han disgregado y seguramente vuelven a casa.

Por ANDRÉS TAPIA // Ilustración: 2dforever

Cuando John Winston Shackleford contempló los 17 peldaños de la escalerilla con tal de medir de alguna manera lo que faltaba para el fin, no evitó pensar en Yuri Gagarin y Rabelais…

Uno…

…frente a él estaban los colores primarios y muchos más; sin embargo, su mente se había extraviado en el azul de cielo y mar que parecían uno solo pero en realidad no. ¿Aún será azul la Tierra? Baissez le rideau, la farce est jouée. La paráfrasis de las palabras del cosmonauta la pronunció mordiendo en silencio cada letra; la frase atribuida al escritor francés apenas resonó en su mente.

…dos…

Ambas le gustaban, ninguna le bastaba.

Por ANDRÉS TAPIA

Barry Allen es Flash y vive en el pasado, en el presente y en el futuro. En el pasado es un niño que observa cómo un criminal que procede del futuro y pretende matarlo a él, asesina una noche a su madre. En el presente es un adulto joven que sufre un accidente en el que se mezclan la física y la química, y que a la postre lo convierte en un ser improbable capaz de correr a velocidades imposibles. En el futuro es un hombre maduro que ha comprendido que hay cosas que no pueden cambiarse… por muy dolorosas que sean.

Por ANDRÉS TAPIA

Dio una tacada magistral. Su tiradora pegó en la banda larga, golpeó a la roja y repitió dos veces en aquella antes de alcanzar a la blanca que yacía serena en una esquina como la cabeza decapitada de un guerrero japonés. Aplaudí. Detrás su barba albo grisácea desplegó una sonrisa que parecía la única vela de un barco mar adentro.

Bebió un sorbo pequeño de su Corona, impregnó de cosmético azul la punta del taco, describió con la mirada la trayectoria de la siguiente carambola. Tiró. Sus ojos azules, un relámpago lejano, se cerraron. Y se quedó en silencio hasta que escuchó el segundo choque de la tiradora.

Por ANDRÉS TAPIA

Todo termina con mi risa.

Sé que dirás que es una risa desorbitada e imperfecta, de dientes amarillentos y comisuras ensangrentadas, sarcástica y mentirosa como el pasado, demente e insólita como el presente. Pero detrás de mis labios aun más imperfectos –en mi realidad siempre cerrados y en tu imaginación abiertos– la sorna, la afrenta y la infamia desfilan salivando gloriosas como… como… –¿qué animal se ríe antes de acometer a sus presas, Bats?– …ah, sí, ¡como hienas hambrientas!

Por ANDRÉS TAPIA

A Jacobo Salleh, el único amigo con el que sería feliz en una juguetería

Hace algunos años me robé un libro de la Biblioteca Benjamín Franklin de la Ciudad de México, un libro que nunca devolví. Se trata de una edición de 1980 de El arpa de hierba, de Truman Capote, publicada por la editorial Arcos Vergara y que aún hoy –con las pastas casi desprendidas, las hojas amarillentas como la hepatitis más cruel y todavía el sello, el chip metálico y la ficha bibliográfica– me acompaña.

Por ANDRÉS TAPIA

A mi amigo Óscar Garduño

Ella despidió a su amor, él partió en un barco en el muelle de San Blas…

–Hay un hombre ahí, en aquel rincón, llorando como un niño.

–¿Un hombre?

–O un niño.

–¿Un hombre o un niño?

–No estoy seguro, pero pidió otro tequila… debe ser un hombre.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: ANNA KAIM / POLISH PLAYBOY

No puedo guiar a mis lectores a ninguna parte porque no conozco el camino.

La frase no es mía, pero no la entrecomillaré porque pretendo hacerla mía. Y lo siento mucho, Etgar, hermano mío, pero voy a robártela.

Es un día común. Pero extraño. Común porque estoy fuera de la oficina, fumando un cigarrillo, en el mismo sitio en el que suelo fumar cigarrillos: una jardinera del edificio contiguo al que alberga la editorial en la que trabajo. Un guardia de seguridad pasea por ahí pero me ignora mientras piensa: “El mismo tipo de siempre que fuma cigarrillos sentado en el borde de la jardinera”.

Por ANDRÉS TAPIA

La tarde de ayer, mientras me levantaba de la mesa en la que había comido con un grupo de amigos y cogía mi teléfono móvil, un hombre anciano, que comía a dos mesas de distancia de donde nos hallábamos, me cerró el paso y preguntó si podía hacerme una pregunta; dije que sí. En el brevísimo instante que transcurrió entre su solicitud y su pregunta, imaginé todo, menos lo que diría a continuación: “¿Cómo se llama el género literario que enuncia una cosa diferente a la que se piensa?”.

Por ANDRÉS TAPIA

“La mañana del tercer día era fresca y serena. Una vez más, el solitario vigía de la noche fue reemplazado en el trinquete por una multitud de vigías diurnos que puntearon cada mástil, cada verga.

––¿La ven? ––gritó Ahab.

Pero la ballena aún era invisible.

––No tienen más que seguir su estela. Es infalible. Y eso es todo. ¡Eh, timonel, en rumbo! ¡Siempre el mismo! (…)”.

Moby Dick o La Ballena Blanca (La caza. Tercer día)