Por ANDRÉS TAPIA

La última entrega del videojuego Assassin’s Creed, desarrollado por la compañía canadiense Ubisoft Quebec, se titula Assassin’s Creed Oddysey. A diferencia de las ediciones anteriores de la saga, que se compone de 21 capítulos, esta historia ofrece a los jugadores la posibilidad de elegir entre dos hermanos que comparten un vínculo de sangre y una herencia histórica en tanto son nietos de Leónidas I, el guerrero espartano que contuvo a las hordas del rey persa Xerxes en el mítico Paso de las Termópilas.

El menor es un varón; la mayor una mujer. Ambos son hijos de Mirryna, la hija de Leónidas, pero fueron engendrados por padres distintos: mientras Alexios desciende de Nikolaus, el hombre que se convertirá en el Lobo de Esparta, Kassandra lo hace de Pitágoras. Sí, ese mismo en el que están pensando.

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Por ANDRÉS TAPIA

El Cadillac Coupe DeVille ‘65 se detiene en una esquina del barrio La Condesa de la Ciudad de México. Eso, per se, es extraño. Pero cuando el hombre que lo conduce desciende y entrega las llaves al valet de la cafetería, las miradas mórbidas y lascivas que a un mismo tiempo pulieron y rayaron la pintura del automóvil, cambian de objetivo y alternativamente se posan en el sombrero Fedora que corona un rostro afeitado y helénico, en la gabardina que, una tarde calurosa y ya casi de primavera, extraña y ominosamente cuelga de su antebrazo derecho, y en el anacrónico maletín de piel que sostiene su mano izquierda.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FREDERIC AMADU

No sé cuál es tu nombre, tu verdadero nombre. Pero sé de alguien que te llama Daenerys o para quien eres una princesa llamada Daenerys. Si no tienes inconveniente, te llamaré así. Seguro te preguntarás por el mío, pero no es importante, y no va a decirte nada. No hallarás un rostro aparejado a él o una historia compartida o escuchada. Tú no me conoces. Y yo no te conozco. Aunque bien es cierto que he aprendido a imaginarte a partir de mis rutinas y las rutinas de mi vecino, ese hombre que parecía ser un hombre común y que habita al otro lado de la calle.

Por ANDRÉS TAPIA

En la habitación de su hijo mayor –Héctor, como él–, había dispuesto su biblioteca en un par de libreros enormes hechos de pino blanco. Jamás me di a la tarea de contarlos pero, calculé, ahí existía, diezmada como en una fábula, al menos un tercio de una legión romana: alrededor de 1,500 volúmenes.

Una mañana de mediados de la década de 1990 amanecí ahí. La anterior había sido una noche de borrachera juvenil e Iván, su hijo, el tercero en la línea sucesoria y mi gran amigo de la Universidad, me ofreció posada en su casa.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: GETTY IMAGES

La tarde de otoño que me mudé al desvencijado pero tibio edificio de la 37th y la 9th y vi por primera vez a la señora Wilkins, lo único que pude pensar es que detrás de su sonrisa, radiante y al mismo tiempo macabra, ella sólo era lo que parecía: una anciana de setenta y tantos a la que Nueva York olvidó. Barría el pórtico del edificio con esmero y alegría; llevaba puestas unas sandalias otrora rosadas y ya ennegrecidas, un vestido casi largo de flores multicolores apenas disimulado por un abrigo negro lleno de lamparones, y una pañoleta púrpura que cubría su cabeza; hasta donde puedo recordar siempre la vi vestida de esa manera. Adivinó, al mirar la maleta que sostenía, quién era yo y qué deseaba. Y sonrió.

Por ANDRÉS TAPIA

Ocurrió en los días postreros de la primavera de 2009.

Con los modos de una guerrilla, feliz e improbablemente, el verano había tomado Londres por asalto y yo había perdido mi vuelo a México. Entonces British Airways sufría una aguda crisis financiera y sus siete vuelos directos a la Ciudad de México se habían reducido a tan sólo tres por semana: martes, jueves y sábado. Era el 2 de junio, martes, y en consecuencia mi regreso a casa se había postergado 48 horas. No lo lamenté.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: LU ALEKS

Recuerdo que tenía alrededor de 20 años, que debía tomar un autobús para ir a no sé dónde y que ese día vestía de azul. Caminaba con prisa hacia una cita que no puedo recordar cuando, repentinamente, a unos 10 metros de distancia, miré a una niña de 14 o 15 años asida a la mano de su madre. Su cabello –si recuerdo bien–, de color castaño claro, descendía un poco más allá de sus hombros y sus ojos, aun más claros que su cabello, me parecieron dos piedras de ámbar talladas con el afán de la esclavitud. Mientras me aproximaba a ella, a ellas, y ella, ellas, se aproximaban a mí, me escuché decir que su rostro parecía hecho por la pluma de Borges: finito, geométrico, fantástico, así…

Por ANDRÉS TAPIA

Otoño 2018, barrio de la Colonia Cuauhtémoc, Ciudad de México. Un camión del servicio de limpia cuya altura regular ronda los cuatro metros pero debido a la cantidad de basura que transporta ha crecido en tamaño, acelera y troza un cable de fibra óptica suspendido sobre una calle principal. De ese cable depende el suministro de Internet de al menos diez hogares.

La compañía propietaria de la línea tarda una semana en atender las quejas de los afectados y repararla. Durante ese tiempo, los usuarios del servicio carecen de acceso a Internet y por ende de canales de televisión y plataformas de música por streaming. No se pierden de mucho si se considera que disponen de una biblioteca mediana y una colección, digamos, humilde de CD’s y películas en formato Blu Ray. Pero si no las tienen habrán de vivir una semana por demás aburrida.

Por ANDRÉS TAPIA

“Quitaos la ropa, chavales, aunque el clima sea malo. Y si por desgracia alguno de ustedes tiene que caer, hay peores cosas en la vida que una caída sobre los brezos. La vida en sí misma no es otra cosa más que un juego de fútbol”. 

Sir Walter Scott

César Delgado corrió como un demonio por la banda derecha. Penetró al área grande justo por la esquina y, con un movimiento impredecible, quebró la cintura de dos defensas que, inertes, cayeron fulminados en el césped. Luego alargó la pelota con la punta del pie, casi con la delicadeza de un billarista a tres bandas –tuvo que hacerlo así para dejar sin oportunidad al portero de los Jaguares de Chiapas– y la metió al arco. No sé cómo ni por qué, pero en ese momento volví a un pasaje de mi infancia, un pasaje que, aunque ruinoso, de alguna extraña manera se mantenía en pie.

Por ANDRÉS TAPIA

Su nombre, dos palabras, no arroja nada en el motor de búsqueda de Google. Es necesario agregar dos o tres más para que el algoritmo se repliegue sobre sí mismo y encuentre seis referencias directas y dos indirectas. Y no habrá más. Y no tendría porqué. Ocurrió hace 30 años y fue una suerte de pequeño milagro que sólo unos cuantos pudimos escuchar.

Llegó a mí en forma de una cinta de audio llamada casete, un formato de grabación de sonido creado en la década de 1960 y cuya extinción tuvo lugar en los primeros años del siglo actual. Fue el regalo de un amiga, Rosario Valeriano, quien el año de 1988 trabajaba en el departamento de prensa de la discográfica EMI Capitol México.

Por ANDRÉS TAPIA

A Andrea Ornelas, por todos estos años

El último tweet que Anthony Bourdain escribió —no literalmente el último que aparece en su cuenta pues éste fue un retweet—, estaba relacionado con una versión que el compositor Michael Ruffino hizo de la melodía “Rising Sun Blues” para el programa Parts Unknown de CNN. A la letra dice: “Esta canción del score del programa de esta noche en Hong Kong de Parts Unknown de CNN va a quedarse conmigo”. No lo hizo por mucho tiempo.

Era el 3 de junio de 2018. Bourdain y el equipo de filmación que lo acompañaba viajarían posteriormente a Francia. El viernes 8 de junio, el cadáver del más rebelde de los chefs que ha conocido la gastronomía mundial, aparecería colgado en una habitación del hotel Le Chambard, en la nueva comuna de Kaysersberg-Vignoble, en la región de Alsacia.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: EFE

A mis hermanos, el de sangre y el de vida: Pablo y Roberto

Durante la segunda mitad de septiembre y los primeros días de octubre del año 1991, un chico que recién había cumplido seis años aprendió de primera mano cómo funcionaba el fuego de artillería. El Ejército Popular de Yugoslavia (JNA, por sus siglas en serbo-croata), apoyado por una facción de serbios-croatas llamada SAO Krajina, se enfrentó a la Guardia Nacional Croata (ZNG por sus siglas en croata), la cual recibió apoyo de la policía local, en el contexto de lo que se denominaría la Guerra Croata de Independencia.

El chico vivía en la ciudad de Zadar, una pequeña villa situada en el Mar Adriático, que en ese momento era un objetivo importante del JNA que buscaba levantar el cerco que habían establecido las informales fuerzas militares de Croacia (formadas mayormente por la policía y un grupo de voluntarios) sobre los cuarteles federales de la República Popular Socialista de Yugoslavia, los cuales albergaban una gran cantidad de equipo militar pesado que los croatas necesitaban con desesperación para pelear por su independencia.

Por ANDRÉS TAPIA // Photo-Art: JEYLINA

Mi primer encuentro con la muerte fue algo accidental y extraño. Ocurrió cuando era niño, una mañana hace cerca de 40 años, y si bien representó un evento impactante en mi vida, no lo fue por las razones que podrían parecer obvias.

Un grupo de amigos y yo corríamos alrededor del Parque María del Carmen, el cual se localiza en un barrio al norte de la Ciudad de México, acaso increpados por la promesa de la adolescencia que en aquel tiempo todavía se encontraba lejana. A cada vuelta que dábamos, la puerta abierta de un automóvil lujoso nos impedía el paso por la acera, pero en un principio nadie pudo notar nada. Fue a la tercera o la cuarta ocasión en que alguno de nosotros descubrió que en el asiento de conductor un hombre yacía muerto.

Por ANDRÉS TAPIA

Le dijeron que sería casi al final de la primavera, cuando faltasen unas tres o cuatro semanas para las elecciones, con la intención de que la inercia de los acontecimientos provocase que fuese imposible detenerlas y posponerlas. Fresca la sangre en las portadas de los periódicos, provocaría un maremágnum en el inconsciente colectivo del país, y si bien se convertiría en un Cristo, por ello mismo su reino ya no podría ser de este mundo.

Le dijeron que sería en el Norte, que ahí no lo querían, o al menos no tanto, que ahí el ecosistema social le resultaba particularmente adverso y, al mismo tiempo, la ominosa presencia de los cárteles del narcotráfico y sus pugnas por el control del mercado, les granjearían la coartada perfecta, máxime que era de sobra conocido que el candidato se rehusaba a aceptar los cuerpos de seguridad de la República.

Por ANDRÉS TAPIA

Iban y sus pasos no prometían andar de vuelta el reciente pero rudimentario cemento patinado de lluvia. Y eran todos los de ahí más siete que aguardaban febriles. Es decir, 120 en total. Al silencio lo adelantó Juan Corcobado, el sombrero chorreante y la mirada resuelta: “Que no sabemos qué y tenemos que saberlo ahora”.

Detrás suyo, largos los rostros, seis hombres se revolvieron en las sillas que ocupaban cuando una mano contuvo a un tiempo viento y enojo.

—¿Por qué nos has hecho venir, Corcobado?

—Tenemos la elección jodida.

Por ANDRÉS TAPIA

Timeo Danaos et dona ferentes

Acteón desde hace algunos años viene haciéndose difícil con cada nueva edificación que le nace. Hoy en día su futuro no parece tan impresionante como cuando los gerontócratas afirmaron sus plantas en ella y decidieron que habría de superar la altura de la Acrópolis de Atenas; eso fue hace mucho tiempo. Entonces, según me contaron los inmigrantes griegos que padecieron la pena del ostrakon, las orillas de la ciudad eran tan inexactas como sus sueños y se extendían discretas mas presurosas, buscando colindar con el cronos mismo. Hasta donde puedo saber lo consiguieron. Se plantaron en la cima del Monte Ararat, a un costado del rastro de restos que dejó el arca perdida, y con ayuda de la soledad que les obnubilaba la razón y hasta los más íntimos pecados, levantaron la ciudad que empezó a vivir y a expandirse sin que diese Dios su bendición para ello.

Por ANDRÉS TAPIA

A mi amigo Tenoch López: el pasado es prólogo

Gravitaba en una silla como un planeta que no había nacido jamás. La última vez que la vi, me pareció que recién había tomado un masaje en un spa de Islandia… así la imaginé. Cubierta del cuello a los pies con un albornoz infame, Alicia tenía los ojos cerrados, pero en realidad estaba despierta. Tan sólo tenía miedo de atisbar el futuro, su futuro, que ya no era mucho.

Semanas antes, en ocasión de Navidad, en una tienda de mascotas le compré un ave anaranjada. Le gustaban los canarios y los jilgueros, y en mi memoria, siendo niño, puedo recordarla todas las mañanas —mientras yo engullía en su cocina tostadas de pan con mermelada de fresa— silbándole a aquellos pájaros que, en un extraño código que nunca descifré pero que se parecía a la música, prodigiosamente le respondían.

Por ANDRÉS TAPIA

Edgar niño: ésta es tu oportunidad. No vas a tener otra si vos deseás llegar a tiempo, justo a tiempo. El hombre de las orejeras ya se ha girado, el carro guía se aleja, los demás se van. ¡Corré, corré y tené cuidado! Lentamente. Dejá que dé la vuelta y se detenga. Ahora, sube los pies, ahora que está quieto. Eso es, muy bien. No, no mirés, nadie está mirando ¿quién podría mirar?, ¿quién va a imaginarte a vos, Edgar niño, aquí, hoy? Trepá la plataforma, muy alta para tu cuerpo, muy pequeña para tu deseo, una plataforma apenas y en ella todo el tiempo reunido: ojos azules casi húmedos, cabello rubio asimétrico y alborotado, brazos delgados y tensos, labios de hielo, la jauría de todos los recuerdos encerrados en tu mochila, once años, el adiós que no dirás, con tus manos de niño, Edgar, que no dirás…

Entrada la noche, cuando el barullo disminuya hasta ser casi inaudible y escuche a papá decirle a mamá: “Será mejor que vayamos a la cama”, comenzaré a orar. Para entonces, los grillos, la lechuza antigua del jardín y los murciélagos rondarán mis ojos y querrán encerrarme en sus ojos y destino y quizá hasta convertirme en Luna. Pero hace noches que soy Luna, tan pálido, no tanto como vos.

Por ANDRÉS TAPIA

Descubrí primero el vestido. Y sólo mucho más tarde a Marie Antoinette.

He sido uno de esos hombres que cruzan una plaza, una noche lluviosa, tras haber abandonado violentamente un hotel. De los que encienden un cigarrillo y se levantan las solapas. Que pueden llorar sin que nadie lo note. Y si por ahí, en ese parque, descubren una banca, la escupen con sevicia y continúan su camino.

Hasta hoy.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: DANIEL SCHWEN

Triste la mirada de Jennie sobre la ventana; me habría dicho minutos antes: “Se fue, no está más, es inalcanzable para ti”. Pero no subí los catorce escalones que median entre la calle y su apartamento ni llamé a su puerta dos veces ni le estreché la mano ni me arrepentí ni le dije nada. Y es que ya sabía que Sydney la había visitado la noche anterior, la dulce pelirroja Sidney, con sus pecas amables en el rostro y sus tetas extraordinarias, tan linda, y seguro le había contado de su paseo en bote con Jeremiah por la bahía, de lo felices que eran mientras la brisa desnudaba sus cuerpos desnudos y ya requemados por el sol, de las cuatro veces que hicieron el amor y los once orgasmos que tuvieron, pero, sobre todo, de la visión de Jacko apostado en el Golden Gate, extraviados los ojos en la perspectiva de San Francisco…

—¡Jacko! ¡Hijo de puta!