Por ANDRÉS TAPIA

Lo pienso una y otra vez. Regreso en el tiempo, en mi vida, tanto como puedo, y trato de hallar el momento primigenio en que mi imaginación quedó marcada de una forma oscura y fantástica… para bien y para mal.

Siendo muy niño (¿a qué edad se es muy niño?), mi padre, mi madrina, me obsequiaron distintas ediciones del compendio Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, un libro que constituye una puerta de entrada a una de las más egregias manifestaciones de la literatura, así esa puerta sea la del infierno. Escritor y poeta maldito, tan sólo por endilgarle los adjetivos y lugares más comunes, Poe se convirtió en mi Virgilio y me condujo por los círculos de un averno mucho más real que el concebido por Dante. Ahí, en los recovecos de una mente atribulada por circunstancias que no se correspondían con las expectativas de su vida, descubrí emociones que no por insanas resultaban ajenas e insustanciales a la naturaleza humana.

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Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: JIM GLAB

Hay dos leyendas acerca de Andy.

Una es la imagen de un vaquero triste y furioso que, luego de hacer el amor con una mujer improbable, se marcha a galope en un caballo negro cuyos cascos levantan el polvo agreste y la tierra miserable de Santa Fe, Nuevo México. Escucho una voz decir: “Adiós Milva, soy Andy… nunca te olvidaré”.

Pero eso está en mi mente, esa es mi idea de la vida. Lo tuyo, Andrés después de Andrés, es otra cosa.

También eres un vaquero triste. Y furioso. En realidad eres el más furioso que he visto, que se ha visto, en el Oeste. Y el más triste.

Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: JOEL HAWKINS

Cuando era niño vi una serie de dibujos animados en la que se contaba la historia de Pipo, un perro que perseguía autos. Podían ser grandes o pequeños, de colores sobrios o estridentes, nuevos y flamantes, antiguos y decadentes, de motor o de pedales… Nada de eso, al final, importaba: él los perseguía a todos.

Un día, por un descuido de su dueño, Pipo se extravió en un aeropuerto. Y descubrió los aviones. Eran más grandes que los autos que solía perseguir y mucho más veloces. Sin embargo, lo que hacía únicas a aquellas máquinas era que, en determinado momento, alzaban el vuelo y desaparecían en el horizonte. Pipo encontró aquello fascinante.

Permaneció durante horas, tan quieto como si aguardase por la llegada de su amo, observando el despegue y el aterrizaje de los aviones. Tan reflexivamente como le puede ser dado a un perro, decidió que no había gracia alguna en perseguir a las bestias que tocaban tierra y se detenían; lo que verdaderamente implicaba un reto era hacerlo con aquellas cuyo destino era el cielo.

Por ANDRÉS TAPIA

La última vez que te recuerdo no fue la última vez que te vi. Han pasado casi dos décadas y aún puedo describirte como una sombra vestida de blanco que apenas mirarme se arrojó hacia mí como si yo fuera la única tabla que flota en el mar después de un naufragio. No era la única, ciertamente, pero así me hiciste sentir.

Aquello ocurrió en el piso que Ana Claudia tenía en la calle de Ejército Nacional, en el barrio de Polanco de la Ciudad de México, durante una reunión exclusiva para mujeres a la que, por alguna razón que no recuerdo, extrañamente fui invitado. Norma, Patricia, Eugenia, Ana, tú… quizá alguien más, quizá alguien menos, y yo ahí, en medio, profanando sin profanar un arrebato feminista.

Pierdo los detalles, o me extravío en ellos. Tu espalda estaba rota, por causa de un accidente automovilístico, y habías pasado meses peleando por mantenerte erguida, disimulando el dolor, fingiéndote más fuerte de lo que eras, de lo que eres, con los cinco sentidos bien puestos y tu hermosa piel pálida enrojecida.

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando era niño era menester que los padres firmasen la boleta de calificaciones de sus hijos cada mes: esa era la forma en que en México los colegios de educación primaria enteraban a los progenitores o tutores de los alumnos de su desempeño escolar. No puedo hablar por el resto del Mundo, pero supongo y estoy casi seguro que dicha práctica es común y, quizá, universal.

Durante su infancia, mi padre vivió una transición que acaso no fue tersa –como no lo suele ser nada de lo que ocurre en México– en cuanto a la enseñanza de la escritura. Nació justo a la mitad de la década de 1940 e ingresó al colegio en los primeros años de la de 1950. Entonces la mayoría de las personas alfabetizadas había sido educada para escribir con letras cursivas, también llamadas de carta o manuscritas.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: GODLESS (NETFLIX)

Milva sólo era amiga de alguien que era conocido de uno más y tal vez hijo de ese o incluso de aquella. Vivía a las afueras de Perdición en una cabaña pequeña que pese a ello tenía un granero y a la que los coyotes sitiaban de cuando en cuando, especialmente en el invierno, cuando los caballos relinchaban ateridos por el frío y se hacían evidentes no sólo a su olfato sino también a sus oídos.

Era viuda de alguien, alguien que en Perdición decían combatió bajo las órdenes del general Ulysses S. Grant  en la batalla de Appomattox Court House. En ese sitio habría muerto de manera absurda e improbable porque aquel combate no sólo concluyó con la rendición de Robert E. Lee ante Grant, sino también con la Guerra Civil de los Estados Unidos.

Por ANDRÉS TAPIA

La última entrega del videojuego Assassin’s Creed, desarrollado por la compañía canadiense Ubisoft Quebec, se titula Assassin’s Creed Oddysey. A diferencia de las ediciones anteriores de la saga, que se compone de 21 capítulos, esta historia ofrece a los jugadores la posibilidad de elegir entre dos hermanos que comparten un vínculo de sangre y una herencia histórica en tanto son nietos de Leónidas I, el guerrero espartano que contuvo a las hordas del rey persa Xerxes en el mítico Paso de las Termópilas.

El menor es un varón; la mayor una mujer. Ambos son hijos de Mirryna, la hija de Leónidas, pero fueron engendrados por padres distintos: mientras Alexios desciende de Nikolaus, el hombre que se convertirá en el Lobo de Esparta, Kassandra lo hace de Pitágoras. Sí, ese mismo en el que están pensando.

Por ANDRÉS TAPIA

El Cadillac Coupe DeVille ‘65 se detiene en una esquina del barrio La Condesa de la Ciudad de México. Eso, per se, es extraño. Pero cuando el hombre que lo conduce desciende y entrega las llaves al valet de la cafetería, las miradas mórbidas y lascivas que a un mismo tiempo pulieron y rayaron la pintura del automóvil, cambian de objetivo y alternativamente se posan en el sombrero Fedora que corona un rostro afeitado y helénico, en la gabardina que, una tarde calurosa y ya casi de primavera, extraña y ominosamente cuelga de su antebrazo derecho, y en el anacrónico maletín de piel que sostiene su mano izquierda.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FREDERIC AMADU

No sé cuál es tu nombre, tu verdadero nombre. Pero sé de alguien que te llama Daenerys o para quien eres una princesa llamada Daenerys. Si no tienes inconveniente, te llamaré así. Seguro te preguntarás por el mío, pero no es importante, y no va a decirte nada. No hallarás un rostro aparejado a él o una historia compartida o escuchada. Tú no me conoces. Y yo no te conozco. Aunque bien es cierto que he aprendido a imaginarte a partir de mis rutinas y las rutinas de mi vecino, ese hombre que parecía ser un hombre común y que habita al otro lado de la calle.

Por ANDRÉS TAPIA

En la habitación de su hijo mayor –Héctor, como él–, había dispuesto su biblioteca en un par de libreros enormes hechos de pino blanco. Jamás me di a la tarea de contarlos pero, calculé, ahí existía, diezmada como en una fábula, al menos un tercio de una legión romana: alrededor de 1,500 volúmenes.

Una mañana de mediados de la década de 1990 amanecí ahí. La anterior había sido una noche de borrachera juvenil e Iván, su hijo, el tercero en la línea sucesoria y mi gran amigo de la Universidad, me ofreció posada en su casa.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: GETTY IMAGES

La tarde de otoño que me mudé al desvencijado pero tibio edificio de la 37th y la 9th y vi por primera vez a la señora Wilkins, lo único que pude pensar es que detrás de su sonrisa, radiante y al mismo tiempo macabra, ella sólo era lo que parecía: una anciana de setenta y tantos a la que Nueva York olvidó. Barría el pórtico del edificio con esmero y alegría; llevaba puestas unas sandalias otrora rosadas y ya ennegrecidas, un vestido casi largo de flores multicolores apenas disimulado por un abrigo negro lleno de lamparones, y una pañoleta púrpura que cubría su cabeza; hasta donde puedo recordar siempre la vi vestida de esa manera. Adivinó, al mirar la maleta que sostenía, quién era yo y qué deseaba. Y sonrió.

Por ANDRÉS TAPIA

Ocurrió en los días postreros de la primavera de 2009.

Con los modos de una guerrilla, feliz e improbablemente, el verano había tomado Londres por asalto y yo había perdido mi vuelo a México. Entonces British Airways sufría una aguda crisis financiera y sus siete vuelos directos a la Ciudad de México se habían reducido a tan sólo tres por semana: martes, jueves y sábado. Era el 2 de junio, martes, y en consecuencia mi regreso a casa se había postergado 48 horas. No lo lamenté.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: LU ALEKS

Recuerdo que tenía alrededor de 20 años, que debía tomar un autobús para ir a no sé dónde y que ese día vestía de azul. Caminaba con prisa hacia una cita que no puedo recordar cuando, repentinamente, a unos 10 metros de distancia, miré a una niña de 14 o 15 años asida a la mano de su madre. Su cabello –si recuerdo bien–, de color castaño claro, descendía un poco más allá de sus hombros y sus ojos, aun más claros que su cabello, me parecieron dos piedras de ámbar talladas con el afán de la esclavitud. Mientras me aproximaba a ella, a ellas, y ella, ellas, se aproximaban a mí, me escuché decir que su rostro parecía hecho por la pluma de Borges: finito, geométrico, fantástico, así…

Por ANDRÉS TAPIA

Otoño 2018, barrio de la Colonia Cuauhtémoc, Ciudad de México. Un camión del servicio de limpia cuya altura regular ronda los cuatro metros pero debido a la cantidad de basura que transporta ha crecido en tamaño, acelera y troza un cable de fibra óptica suspendido sobre una calle principal. De ese cable depende el suministro de Internet de al menos diez hogares.

La compañía propietaria de la línea tarda una semana en atender las quejas de los afectados y repararla. Durante ese tiempo, los usuarios del servicio carecen de acceso a Internet y por ende de canales de televisión y plataformas de música por streaming. No se pierden de mucho si se considera que disponen de una biblioteca mediana y una colección, digamos, humilde de CD’s y películas en formato Blu Ray. Pero si no las tienen habrán de vivir una semana por demás aburrida.

Por ANDRÉS TAPIA

“Quitaos la ropa, chavales, aunque el clima sea malo. Y si por desgracia alguno de ustedes tiene que caer, hay peores cosas en la vida que una caída sobre los brezos. La vida en sí misma no es otra cosa más que un juego de fútbol”. 

Sir Walter Scott

César Delgado corrió como un demonio por la banda derecha. Penetró al área grande justo por la esquina y, con un movimiento impredecible, quebró la cintura de dos defensas que, inertes, cayeron fulminados en el césped. Luego alargó la pelota con la punta del pie, casi con la delicadeza de un billarista a tres bandas –tuvo que hacerlo así para dejar sin oportunidad al portero de los Jaguares de Chiapas– y la metió al arco. No sé cómo ni por qué, pero en ese momento volví a un pasaje de mi infancia, un pasaje que, aunque ruinoso, de alguna extraña manera se mantenía en pie.

Por ANDRÉS TAPIA

Su nombre, dos palabras, no arroja nada en el motor de búsqueda de Google. Es necesario agregar dos o tres más para que el algoritmo se repliegue sobre sí mismo y encuentre seis referencias directas y dos indirectas. Y no habrá más. Y no tendría porqué. Ocurrió hace 30 años y fue una suerte de pequeño milagro que sólo unos cuantos pudimos escuchar.

Llegó a mí en forma de una cinta de audio llamada casete, un formato de grabación de sonido creado en la década de 1960 y cuya extinción tuvo lugar en los primeros años del siglo actual. Fue el regalo de un amiga, Rosario Valeriano, quien el año de 1988 trabajaba en el departamento de prensa de la discográfica EMI Capitol México.

Por ANDRÉS TAPIA

A Andrea Ornelas, por todos estos años

El último tweet que Anthony Bourdain escribió —no literalmente el último que aparece en su cuenta pues éste fue un retweet—, estaba relacionado con una versión que el compositor Michael Ruffino hizo de la melodía “Rising Sun Blues” para el programa Parts Unknown de CNN. A la letra dice: “Esta canción del score del programa de esta noche en Hong Kong de Parts Unknown de CNN va a quedarse conmigo”. No lo hizo por mucho tiempo.

Era el 3 de junio de 2018. Bourdain y el equipo de filmación que lo acompañaba viajarían posteriormente a Francia. El viernes 8 de junio, el cadáver del más rebelde de los chefs que ha conocido la gastronomía mundial, aparecería colgado en una habitación del hotel Le Chambard, en la nueva comuna de Kaysersberg-Vignoble, en la región de Alsacia.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: EFE

A mis hermanos, el de sangre y el de vida: Pablo y Roberto

Durante la segunda mitad de septiembre y los primeros días de octubre del año 1991, un chico que recién había cumplido seis años aprendió de primera mano cómo funcionaba el fuego de artillería. El Ejército Popular de Yugoslavia (JNA, por sus siglas en serbo-croata), apoyado por una facción de serbios-croatas llamada SAO Krajina, se enfrentó a la Guardia Nacional Croata (ZNG por sus siglas en croata), la cual recibió apoyo de la policía local, en el contexto de lo que se denominaría la Guerra Croata de Independencia.

El chico vivía en la ciudad de Zadar, una pequeña villa situada en el Mar Adriático, que en ese momento era un objetivo importante del JNA que buscaba levantar el cerco que habían establecido las informales fuerzas militares de Croacia (formadas mayormente por la policía y un grupo de voluntarios) sobre los cuarteles federales de la República Popular Socialista de Yugoslavia, los cuales albergaban una gran cantidad de equipo militar pesado que los croatas necesitaban con desesperación para pelear por su independencia.

Por ANDRÉS TAPIA // Photo-Art: JEYLINA

Mi primer encuentro con la muerte fue algo accidental y extraño. Ocurrió cuando era niño, una mañana hace cerca de 40 años, y si bien representó un evento impactante en mi vida, no lo fue por las razones que podrían parecer obvias.

Un grupo de amigos y yo corríamos alrededor del Parque María del Carmen, el cual se localiza en un barrio al norte de la Ciudad de México, acaso increpados por la promesa de la adolescencia que en aquel tiempo todavía se encontraba lejana. A cada vuelta que dábamos, la puerta abierta de un automóvil lujoso nos impedía el paso por la acera, pero en un principio nadie pudo notar nada. Fue a la tercera o la cuarta ocasión en que alguno de nosotros descubrió que en el asiento de conductor un hombre yacía muerto.

Por ANDRÉS TAPIA

Le dijeron que sería casi al final de la primavera, cuando faltasen unas tres o cuatro semanas para las elecciones, con la intención de que la inercia de los acontecimientos provocase que fuese imposible detenerlas y posponerlas. Fresca la sangre en las portadas de los periódicos, provocaría un maremágnum en el inconsciente colectivo del país, y si bien se convertiría en un Cristo, por ello mismo su reino ya no podría ser de este mundo.

Le dijeron que sería en el Norte, que ahí no lo querían, o al menos no tanto, que ahí el ecosistema social le resultaba particularmente adverso y, al mismo tiempo, la ominosa presencia de los cárteles del narcotráfico y sus pugnas por el control del mercado, les granjearían la coartada perfecta, máxime que era de sobra conocido que el candidato se rehusaba a aceptar los cuerpos de seguridad de la República.