La enfermera que fingió vacunar a un hombre en la Ciudad de México para hacerlo inmune al virus SARS-CoV-2, debería ser localizada e interrogada para saber si lo que hizo -que no hizo- fue por convicción propia o una consigna de terceros

Por ANDRÉS TAPIA

Por ANDRÉS TAPIA

Pretender denostar o minimizar el talento de Diego Armando Maradona, ya sea en círculos académicos cerrados, barrios populares, sobremesas casi imposibles en estos tiempos o en las volátiles redes sociales, es un despropósito y equivale a atentar contra el dios de una de las tres principales religiones del Mundo. O, mejor dicho, cuatro, porque nos guste o no el fútbol es la cuarta. Y lo que ocurrió ayer refiere una fascinación sólo comparable a los excesos intrínsecos de una religión.

México fue el escenario en el que Maradona protagonizó su gesta más grande: la consecución del segundo Mundial de Fútbol para Argentina, el más importante, el verdadero y auténtico, porque el primero, el conseguido en la propia casa, ese no cuenta. Acaso porque cuando ocurrió, 1978, la Argentina tenía otras cosas por las que preocuparse: una dictadura militar había sometido al país y sobrevivir era más importante que un campeonato de fútbol.

Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: EDWIN HOOPER / Unsplash

En Central Park, no muy lejos del sitio en el que está situado el memorial de John Lennon, un individuo observa cómo un tren de juguete da vueltas sobre los rieles de una idea rota. A poco más de un kilómetro de ahí, la torre que simboliza su poder en su imaginación repentinamente comienza a desmoronarse, aunque en la realidad permanece erguida e insolente como siempre.

En ese claro del parque al que de manera miserable entibia el sol de noviembre, alguien lo mira enjugarse los ojos mientras el tren se detiene de manera abrupta en una estación fantasma del condado de Clarke, en el estado de Georgia.

Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: ALEXANDER POPOV / UNSPLASH

Chris Wetherell, el desarrollador tecnológico que lideró el equipo que inventó la función retweet en la plataforma de Twitter, hace poco más de un año declaró en una entrevista con el portal de noticias Buzzfeed News que la primera vez que contempló a un Twitter Mob (mafioso o capo de Twitter) hacer uso de la herramienta que ayudó a crear, pensó: “Quizá le dimos un arma cargada a un niño de cuatro años”.

A simple vista podría parecer una afirmación exagerada, pero Wetherell está convencido que el botón de retweet ha contribuido a amplificar el odio y las noticias falsas, a polarizar a la opinión pública y a crear una suerte de mentalidad criminal.

Por ANDRÉS TAPIA

No es propiamente inusual, pero está muy lejos de ser común que una novela sea adaptada como una serie de televisión, y mucho más si se trata de una historia que se publicó hace muchos años. La era de Internet exigió que todo fuese instantáneo, móvil, inmediato y fresco, de modo que la llegada de las plataformas de video vía streaming requirió de historias actuales creadas ex profeso para ese formato, antes que recurrir a la vieja y tradicional fórmula.

Por ANDRÉS TAPIA

La Asociación Nacional de Recintos Independientes (NIVA, por sus siglas en inglés) se asoció con YouTube para realizar un festival virtual en el que un grupo de notables intérpretes del rock, el pop y el country de Estados Unidos, llevó a cabo una serie de actuaciones en algunos de los más icónicos escenarios de ese país. No se trató, empero, de las grandes palestras, sino de aquellas que fueron el impulso inicial de algunas bandas que se convertirían en leyendas, o bien el piso sobre el cual algunas leyendas dejaron ahí su huella.

Uno de los sitios elegidos fue el Whisky A Go-Go, un club nocturno a medio camino de lo grandioso, lo pretencioso, lo trash y lo aspiracional, que está situado en el número 8901 de Sunset Boulevard, justo en la esquina de North Clark Street, en el corredor conocido como Sunset Strip, en la demarcación de West Hollywood que pertenece al condado de Los Ángeles, California.

Por ANDRÉS TAPIA

En la década de 1970 el periódico mexicano Excélsior publicaba los días domingo, al igual que muchos otros diarios del mundo, un suplemento de tiras cómicas que en su mayoría estaba formado por viñetas creadas por dibujantes y escritores estadounidenses.

De formato tabloide y con tan sólo ocho páginas, el papel que las contenía –medio pliego en el argot de las imprentas– no venía de origen seccionado sino que era necesario cortarlo para poder leerlo de manera común. De no hacerlo así su lectura implicaba los malabares que haría cualquier persona que desdobla un mapa plegable.

Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: SRINI RAJAN – CC BY-SA 2.0

“La suciedad acumulada de todo su sexo y crímenes subirá como espuma hasta sus cinturas y todas las putas y los políticos mirarán hacia arriba y gritarán: ‘¡Sálvanos!’ Yo miraré hacia abajo y susurraré: ‘No’”.

Quien dice lo anterior es el gran ausente, y no, de la serie de televisión Watchmen que hace unos días consiguió una gran cantidad de Emmys que engrosarán las vitrinas de HBO. Se hace llamar Rorschach y es el superhéroe que en el universo de los cómics, alterno por naturaleza a la realidad, es algo así como la versión alcohólica y nada glamurosa de Batman.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: DIMITRI HOUTTEMAN – Unsplash

Si la historia no es mentira, los rusos vencieron a Hitler y a los nazis en Stalingrado, llegaron antes que los estadounidenses a Berlín, se quedaron con la mitad de Europa después de la Segunda Guerra Mundial, pusieron en órbita el primer satélite y también enviaron al espacio al primer hombre y a la primera mujer.

Perdieron la carrera por llegar a la Luna, ciertamente, aunque ese nunca fue el propósito original de la Guerra Fría: de lo que se trataba era de colocar un artefacto en el espacio que estuviese equipado con una bomba atómica y que, llegado el momento, pudiese ser activada desde la Tierra y disparada con la finalidad de aniquilar a los Estados Unidos o a la –en ese entonces– Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: CLÉMENT FALIZE – Unsplash

Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Esta línea pertenece al cuento “La máscara de la Muerte Roja”, escrito por Edgar Allan Poe, y el cual fue publicado el año de 1842 en el Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine, una revista literaria de la que Poe fue editor y que circulaba en la ciudad de Filadelfia, en el estado de Pensilvania.

La literatura está eclipsada en una época en la que el acto de leer se ha desplazado a Twitter, si bien esto no quiere decir que haya perdido su linaje y dejado seducir por las hordas de barbajanes que frecuentan esa taberna nauseabunda y maloliente, con la idea peregrina y fantasiosa –ingenuos atorrantes– de robarle cuando menos un beso.

Por ANDRÉS TAPIA

Hace unos días, en la calle Río Duero que forma parte de la Colonia Cuauhtémoc, un barrio de clase media alta situado a unos cinco kilómetros del centro de la Ciudad de México, tuvo lugar un intento de asesinato. Un hombre que conducía un automóvil Passat color negro recibió una descarga de ocho disparos por acaso dos hombres que circulaban en una motocicleta.

El hombre huía de su perseguidor o perseguidores, o no sabía que lo estaban siguiendo. En tanto la Colonia Cuauhtémoc es un barrio apacible durante las noches, me inclino más por la segunda teoría.

Para ingresar a Río Duero el conductor del Passat tuvo que haber girado a la izquierda procedente de la calle de Río Lerma. Si hubiese sido objeto de una persecución declarada, se habría escuchado el chirriar de las llantas del auto. No fue así. En los días de la pandemia el silencio se ha vuelto sempiterno y omnipresente, y la noche del 29 abril, a eso de las 23:00 horas, se quebró por el ruido de ocho disparos de una pistola semiautomática calibre .38.

Por VÍCTOR OLIVARES

Cuando Jorge Luis Borges escribió El Aleph, quizá nunca imaginó que aquel espacio místico en el que se condensaban todos los tiempos del universo, y al cual accedía descendiendo al escalón diecinueve del sótano de la casa de la difunta Beatriz Viterbo, lo habría podido encontrar muchos años después, con sólo alzar la mirada, al caminar por algunas calles solitarias en dirección al supermercado, la farmacia o mientras paseaba al perro, en los balcones de las ciudades.

El confinamiento que vivimos nos ha hecho conscientes de un Aleph que habíamos obviado y al que, a diferencia del cuento de Borges, ya no es necesario descender para acceder a él, sino que está al alcance de nuestra mirada en plena vía pública: los balcones de cientos de edificios que se repiten en todas las ciudades del mundo y en los que se proyecta la imagen de un tiempo que será una época: la del coronavirus.

Por ANDRÉS TAPIA

Quien alguna vez jugó Age of Empires, el videojuego creado por Microsoft, la compañía fundada por Bill Gates, seguro tiene claro que un Scout (la traducción literal al castellano es explorador), es un jinete, o soldado de a pie, que es enviado a un sitio determinado con la misión de observar, explorar o, simplemente, prestar atención al entorno que se va revelando mientras se avanza.

Quien no lo hizo, relacionará la palabra Scout con la agrupación infantil creada por el General británico Robert Stephenson Smith Baden-Powell of Gilwell, un hombre que con muy buenas intenciones concibió la idea de un movimiento destinado a combatir la delincuencia en Inglaterra en los primeros años del Siglo XX, a partir de un proceso educativo sustentado en valores comunes que fomentaban el desarrollo físico, espiritual y mental de niños y adolescentes.

Por ANDRÉS TAPIA

El Bosque de Chapultepec, un santuario maravilloso y extraño que por alguna razón que se antoja inexplicable enseñorea la Ciudad de México, es el parque urbano más antiguo de América en tanto su existencia se remonta al año 2500 antes de la era cristiana. El hallazgo de restos óseos y objetos elaborados a partir de cerámica, son evidencia incontrovertible de que algunas tribus se asentaron en ese sitio entre el año referido y los dos primeros siglos que transcurrieron después del nacimiento de Jesucristo.

En lengua náhuatl la palabra Chapultepec, compuesta por las voces “Chapulli” (saltamontes, grillo) y “tepe” (tl) (cerro o colina), significa, alternativamente, “cerro de saltamontes” o “lugar de grillos”. Una paradoja tanto o más extraña que la existencia misma del bosque en una de las urbes más pobladas del mundo, pues en la actualidad, y desde hace muchas décadas, la presencia de tales insectos es anecdótica cuando no prácticamente nula.