Por ANDRÉS TAPIA

Es ocho de diciembre otra vez. No es lunes sino martes. No es invierno todavía, pero ya hace frío. Ahora mismo, en esta parte del Mundo, el reloj marca las 23:13 horas. Si lo recuerdo bien, hace una hora y veintitrés minutos, 35 años atrás, te asesinaron.

Tú eras un adulto cuya crisis emocional parecía haber terminado un lustro antes. Yo un niño de 12 años, casi 13, que estaba mirando el juego nocturno en el que los Patriotas de Nueva Inglaterra y los Delfines de Miami habrían de ir a tiempo extra para desempatar un partido en el que ambos equipos igualaban a 13 puntos. Me iba la vida en nada: ir al colegio, patear un balón, pensar que la vida era simple. La tuya, en cambio, tan maravillosa y perfecta, estaba a punto de terminar.