Por ANDRÉS TAPIA

“Deme una línea, Andrés, así será más fácil para mí”. Él se hallaba en su residencia en la ciudad de Xalapa, en el estado mexicano de Veracruz, yo en la redacción del periódico Reforma de la Ciudad de México. Las palabras, entonces, pronunciadas a través de la bocina de un teléfono, aún poseían una facultad que pronto se extinguiría: se desplazaban a través de cables que recorrían distancias largas, o cortas, mas en cualquier caso mantenían una conexión física con la Tierra.

Creo recordar que en ese tiempo leí un cómic del superhéroe de fantasía Spiderman, de modo que, de súbito, le respondí: “Las arañas ignoran su destino”. Escuché el modo silente en que una sonrisa se perfiló en su rostro, y luego las palabras precisas y exactas que no sólo embaucaban y definían, sino también acertaban: “Es un endecasílabo”. Después de eso no recuerdo más.

La mayor parte de mi relación con Sergio Pitol ocurrió de ese modo: a través de un teléfono alámbrico que él solía atender en su casa de Xalapa, no importando si el motivo de mi llamada fuese tan sólo una impertinencia.