Por ANDRÉS TAPIA

A mi hermano Pablo. A mi primo Tavo. A mis amigos Roberto, José Ramón, Rogelio e Iván…

Alguna vez, Björk definió al fútbol de la siguiente forma: “El fútbol es un festival de la fertilidad: once espermas tratando de alcanzar el óvulo… Siento pena por el portero”. Citar las palabras de la cantante islandesa no es un acto oportunista en coincidencia con la primera ocasión en que la selección de Islandia participará en una Copa del Mundo: de alguna retorcida, estrafalaria y genial manera –tal y cual es ella– definen el oficio, el arte y la posición de un arquero.

Björk, sin embargo, no fue la primera en advertir la soledad a la que está sometido el único jugador que puede hacer uso de sus manos en el campo de juego. En Speak, memory, un libro de memorias publicado en 1951, Vladimir Nabókov definió a la figura del portero de la siguiente manera: “El portero es un águila solitaria, un hombre misterioso, el último defensor. Más que un guardián de la portería, es el guardián de los sueños”. Nabókov aludía a su tiempo como guardameta en el equipo Trinity College de la Universidad de Cambridge a inicios de la década de 1920.

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Por ANDRÉS TAPIA

Zoe Marie Barnes nació el 10 de junio de 1986 en la ciudad de Chicago, Illinois, y murió el 5 de noviembre de 2013 en la estación del metro Cathedral Heights de Washington D.C.; en el momento de su muerte tenía 27 años.

Tiempo antes había conseguido un trabajo como reportera en el diario Washington Herald, pero sus asignaciones siempre estaban consignadas después de la página 15 y en las partes más recónditas del impreso. Quizá porque su signo zodiacal era Géminis, Barnes era ambiciosa, inteligente, bella y medianamente naïve. Tal vez –y sólo tal vez–, por ello hizo todo lo posible por ascender en el periódico hasta que, debido a la futilidad que mostraba su editor por su trabajo, decidió renunciar y unirse al portal de noticias en línea Slugline.

Por ANDRÉS TAPIA

Existe un proverbio de origen desconocido –aunque algunas fuentes lo presumen anglosajón– que asegura que “el diablo está en los detalles”. Dicha frase, empero, es una variante de “God is in the detail” que, alternativamente, se atribuye al arquitecto alemán Ludwig Mies van der Rohen, al historiador de arte –también alemán– Aby Warburg y al escritor francés Gustave Flaubert, si bien la estructura gramatical de este último ostenta una mínima pero sutil diferencia: “Le bon Dieu est dans le détail (el buen Dios está en el detalle)”.

El pasado domingo 27 de agosto, viajé de regreso de Las Vegas, Nevada, a la Ciudad de México. Asistí a la convención que anualmente celebra en esa ciudad la automotriz General Motors, y decidí quedarme por mi cuenta el fin de semana.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: TWITTER: JAPANEMB_MEXICO

En los corredores de la muerte de Estados Unidos, cuando un sentenciado abandona su celda por última vez para dirigirse a la cámara de ejecución, el guardia que le franquea el paso anuncia su salida y trayecto con la siguiente frase: Dead man walking!, que literalmente significa “hombre muerto camina o caminando”.

Conocí dicha expresión y de su uso a partir de la película del mismo nombre protagonizada por Sean Penn y Susan Sarandon (Dead Man Walking, Tim Robbins; 1995), la cual es una adaptación del relato homónimo de no ficción, escrito por Helen Prejean, una monja que pertenece a la hermandad de Saint Joseph of Medaille, una de cuyas congregaciones está situada en New Orleans.

Por ANDRÉS TAPIA

Tú cruzarás la calle un día perdido de tu niñez. Si lo recuerdas bien, persigues un balón que amenaza con fugarse del barrio y al hacerlo te convertirás inadvertidamente en un criminal: tu padre te prohibió no descender jamás de la acera si no es en su presencia. Correrás el riesgo, como se corren los riesgos cuando se tienen siete años: en plenitud de la inconsciencia, con una gorra de béisbol en la cabeza y la inocencia todavía intacta. La muerte, te han dicho, es algo que alguna vez ocurrirá, pero tú serás eterno.

Son los días postreros del verano, una tarde llena de sol. Al otro lado de la calle vive Carmen, la que será tu primer amor, la niña a la que habrás de olvidar cuando termine tu infancia y a la que hoy, en este futuro al que eres incapaz de proyectarte, recordarás como si fuese un trozo del naufragio en el que ahora, mañana, dentro de 42 años, se ha convertido tu ciudad.

Rueda el balón mientras Armando, Aarón, Martín y Miguel Ángel, los amigos más antiguos que recordarás, te gritan “pásalo, pásalo”, pero en la recién nacida soberbia de tu individualidad, esa virtud endémica de los habitantes de una metrópoli, hallarás el recuerdo de tu futuro mientras se implanta en tu alma, a un mismo y absurdo tiempo, un miedo irracional a la soledad.

Por ANDRÉS TAPIA

Durante la Segunda Guerra Mundial, el sonido de sirenas solía anunciar a los habitantes del Reino Unido la llegada inminente de un escuadrón de bombarderos alemanes. La gente corría a los refugios subterráneos, si estos se hallaban cerca, o buscaba cobijo donde pudiera hallarlo. Para desmoralizar más a la población e infundirle miedo, los raids aéreos tenían lugar durante la noche o la madrugada.

Desde hace unos años, la Ciudad de México dispone de una tecnología que en cierto modo imita el sonido de las sirenas que despertaban a los británicos y les recordaban que estaban en guerra. Colocadas estratégicamente, una serie de bocinas se activan cada vez que el Servicio Sismológico Nacional detecta un movimiento inusual de las capas tectónicas del país y emite una alarma.

Cual si fuera un mantra, y emitida con el tono de gravedad que la situación amerita, una tarde o una mañana la capital de México puede escapar de su rutina al influjo de sólo dos palabras: “Alerta sísmica”.

Por ANDRÉS TAPIA

En una ocasión, para tratar de definir los vericuetos de su oficio, Federico Fellini aseguró: “Cuento las cosas con imágenes, de modo que por fuerza tengo que atravesar esos corredores llamados subjetividad”.

El diccionario define a la palabra subjetivo como “perteneciente o relativo al sujeto, considerado en oposición al mundo externo”, mientras que una segunda acepción matiza: “perteneciente o relativo al modo de pensar o de sentir del sujeto, y no al objeto en sí mismo”.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: PAVEL GOGULAN-INSTAGRAM

El día que Spiderman escaló un rascacielos de la Ciudad de México, un diario estadounidense reveló tres secretos que ya conocías: los superhéroes no existen, los villanos siempre ganan y los políticos son una especie que debería haberse extinguido hace mucho tiempo.

Son días estos en los que el sol vuelve a asomar detrás de las nubes, luego de semanas en las que el gris del asfalto se confundió y pertrechó con y bajo el gris del cielo. Las tormentas cayeron –un día sí y otro también– como si fuesen maldiciones bíblicas. Y cuando no fue así, una sutil pero infame lluvia londinense se encargó de diluir el azul cerúleo con el que los más optimistas suelen pintar esa cursilería llamada esperanza.

La lluvia, sin embargo, no borró ni lavó el carmesí que todos los días se filtra y escurre en las alcantarillas.

Por ANDRÉS TAPIA

El 15 de agosto de 1942, sólo unos días antes de que iniciara la Batalla de Stalingrado, mientras en Vichy, Francia, 5,000 judíos eran arrestados y tropas alemanas capturaban el histórico pueblo ruso de Georgiyevsk en las faldas del Caucaso, Marcelin y Francine Dumoulin, una pareja de granjeros suizos, salieron del pueblo de Chandolin, situado en el cantón suizo de Valais, con la intención de llevar a su ganado a pastar en las montañas de la región.

Zapatero y profesora por oficios, padres de siete hijos, Marcelin y Francine tomaron rumbo esa mañana hacia el glaciar de Tsanfleuron. A la distancia, el hermano de uno de ellos les atisbó con unos binoculares. Sería la última persona en verles con vida.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: QUINN ROONEY (GETTY IMAGES)

A Ethel, que más que yo ha esperado tanto tiempo por este día

El invierno en el hemisferio sur tiene lugar en el verano del hemisferio norte; es el mes de julio del año 2017. Con temperaturas que descienden más allá de los -50º Celsius, un trozo de hielo de cuatro veces el tamaño de la Ciudad de México se desgaja de la Antártida.

Al dejar de formar parte de la placa continental, muta su nombre al de iceberg, no de isla, pues en rigor no se trata de una zona de masa estable, sino de una porción de hielo susceptible de derretirse y de flotar a la deriva durante un tiempo indeterminado.

Los científicos levantan la mirada al cielo –como si interpelaran a Dios– y se preguntan si este fenómeno tiene que ver con el calentamiento global y los seres humanos somos responsables de ello.

Por ANDRÉS TAPIA

Postrado sobre una piedra, las manos en descanso sobre ésta, la figura de un hombre mantiene su rostro (un rostro plano, inexpresivo, informe y vago) extraviado en algún punto que trasciende los árboles y los edificios que lo rodean. Lo que mira, sin embargo, está más allá de las nubes que cercan estos días el cielo de lo que alguna vez fue llamado la gran Tenochtitlan. Se halla en el infinito, en el universo, en el multiverso o en todo –nunca mejor dicho– eso junto.

No es un hombre en un sentido estricto, sino tan sólo la representación de uno. Una estructura colosal que desde hace 17 años permanece en un sitio conocido como Plaza Necaxa, justo en la intersección de las calles Río Sena y Río Pánuco, en el barrio de la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografías: AP

En su cuenta de Twitter @realDonaldTrump, el actual inquilino de la Casa Blanca (me rehúso a llamarlo presidente) sólo es seguidor de 45 personas o entidades. La mayoría de ellos son familiares, miembros de su gabinete, periodistas de Fox News o las cuentas de algunos de sus hoteles.

De entre todos ellos, destacan el periodista Piers Morgan y el magnate y CEO de la WWE Inc., Vince McMahon; ambos son sus amigos. Con el primero está unido por una extraña e improbable amistad en tanto uno esperaría de Morgan algo más de su flema británica y su muchas veces visceral espíritu crítico; con el segundo, Trump sostiene una relación entrañable, de camaradería íntima e infantil, sólo posible entre aquellos que han sido amigos durante muchos años.

Por ANDRÉS TAPIA

Hace algo menos de 23 años, el 21 de octubre de 1994, a través del canal de televisión Fox, se proyectó el sexto capítulo de la segunda temporada de la serie de ciencia ficción The X-Files. Se tituló “Ascension” y el slogan del mismo se componía apenas de dos palabras: Deny Everything (Niégalo todo).

En tanto la principal línea narrativa de la serie aludía a una conspiración orquestada por el gobierno de los Estados Unidos, el slogan Deny Everything no sólo parecía haber surgido de la imaginación de un extraordinario guionista de Hollywood, sino también de algún manual de contrainsurgencia de la CIA.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FELIPE LUNA

Tenía la mirada triste, siempre la tuvo triste. Y sus gafas no ayudaban: cristales gruesos con muchas dioptrías que precisaba para ver al Mundo tal como era. Paradójicamente empequeñecían sus ojos –per se diminutos– y lo convertían en un forastero, casi un alienígena, un ser procedente de otro planeta cuya misión en la Tierra era la de ayudar a los humanos a comprender las incomprensibles razones que existen detrás de la maldad.

Quizá por ello sonreía poco, o no tanto como lo prometía su extraordinario sentido del humor. Pero eso no estaba mal, acaso tampoco bien: bibliotecario de su propia mente, Sergio González Rodríguez archivaba continuamente en su memoria libros, películas, cómics, ideas inacabadas, pensamientos sublimes, ensayos fallidos del amor, series de televisión, promesas absurdas y mentiras infames, tan sólo para caer en la cuenta de que el caos que con tiento y paciencia había disipado y ordenado, se había trastocado en una nueva pregunta. Y, consecuentemente, en un caos mayor.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: SHUTTERSTOCK

Desde su primer instante en la Tierra, el ser humano siempre quiso ver más allá. Siendo primate, descendió de los árboles para caminar en dos extremidades y erguirse, pero cuando dominó esta práctica subió de nuevo a los árboles para contemplar con mayor amplitud el horizonte. Ambicioso, temeroso y revolucionario, no le bastó la copa de un árbol y un día construyó una torre desde la que podría contemplar la llegada de los invasores y defenderse de sus ataques. Y acaso, en algún momento, las estrellas.

Esas torres primitivas de madera un día devinieron en piedra. Y en cada nuevo siglo se volvieron más fuertes y más altas. Era previsible: su concepción tenía a todas luces una función militar, pero llegado el momento también adquirió un significado religioso.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: EUROPEAN SOUTHERN OBSERVATORY

Habituados a mirar las cosas de la Tierra, la mayoría de los seres humanos hemos visto aniquilada nuestra capacidad de asombro y la curiosidad que en tiempos antiguos permitió y posibilitó la navegación, así como el descubrimiento de la esfericidad de la Tierra, su íntima relación con la Luna, y sus movimientos en torno a sí misma y al Sol que, dicho sea de paso, suponen unidades de tiempo.

Basta con un simple vistazo en una noche clara para contemplar la presencia de Venus en el cielo, la más brillante de las estrellas que se observan en el firmamento, si bien por tratarse de un planeta no emite destello alguno: su luz, el reflejo del sol sobre su superficie, es plana y constante. Lo mismo ocurre con Júpiter, el planeta más grande del sistema solar, y en menor medida con Mercurio, Marte y Saturno.

Por ANDRÉS TAPIA

El año de 1971 David Bowie tuvo un sueño. En él, Haywood Stenton Jones, su padre, quien había fallecido en 1969 y que trabajó la mayor parte de su vida como director de relaciones públicas de Barnardo’s Children Homes –una asociación civil británica dedicada a atender niños y adolescentes en situación de abandono o vulnerabilidad–, le dijo que le restaban cinco años de vida y que no debería volver a viajar en avión.

Bowie desestimó el consejo onírico de su padre. Y no.

Por ANDRÉS TAPIA

El 5 de noviembre del año 2006, la BBC transmitió en el Reino Unido el que fue el capítulo número 6 de Planet Earth, una serie documental narrada por Sir David Attenborough y cuya realización tomó cinco años. Se tituló “Ice Worlds” y su temática versaba en torno a la vida animal en el Ártico y la Antártida.

Una de sus secuencias –acaso una de las más extraordinarias que se hayan filmado jamás debido a las implicaciones técnicas que supuso su grabación y al dramatismo intrínseco de la misma– exhibe a un oso polar macho que, obligado por el deshielo, abandona la placa continental y nada una distancia aproximada a 100 kilómetros con tal de encontrar comida.

Por ANDRÉS TAPIA

Hubo un tiempo en que existieron los buenos viejos tiempos. Un tiempo en el que los tiempos eran premeditados y bienvenidos, apacibles y solaces. Ingenuos, seguramente, pero buenos y simples. Y, si se piensa, quizá por ello felices. Tengo un recuerdo de esos buenos viejos tiempos.

¡Qué divertido, me encanta, me encanta! ¿La estamos pasando bien? ¡U-S-A, U-S-A!

Una mañana de invierno de 1975, mientras cursaba el segundo grado de educación primaria, la profesora Concepción –una mujer hermosa, rubicunda e inocentemente voluptuosa–, anunció a la clase que dentro de algunos meses organizaría un viaje a Disneyland.

Por ANDRÉS TAPIA

Llueve afuera. Es 28 de septiembre y pasan de las 15:00 horas, la hora tardía y acostumbrada del almuerzo en la Ciudad de México. La mesa contigua a la que yo me encuentro es un escenario inusual y feliz. Un hombre de entre 30 y 40 años, que porta un traje gris y una corbata roja de buena calidad, come con sus cuatro hijos: dos hembras y dos varones. Todos los chicos son rubios.

El más pequeño de ellos no debe de tener más de tres años. Su padre está a la izquierda y enfría a soplidos la sopa que, cucharada a cucharada, deposita en la boca del niño. Bajo la mesa hay tres mochilas infantiles, coloridas, y cada una de ellas porta el nombre de su propietario. Los chicos mayores, el varón y las dos hembras, no hacen aspavientos mientras una camarera deposita delante suyo tres cajas de cartón con la silueta de los ojos de un búho impresa en sus costados y un menú infantil compuesto de hamburguesas y papas fritas. Delante del hombre, un plato de paella se enfría.