Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: TWITTER @CH14_

El 5 de mayo de 1862, el ejército de México, al mando de los Generales Ignacio Zaragoza y Porfirio Díaz, logró repeler y derrotar al ejército francés, el cual era comandado por Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez, en lo que se conoce como la Batalla de Puebla, una de las efemérides más celebradas en los libros de historia del país.

Compuesto por tropas que lo mismo eran militares de carrera y formación, así como civiles y facciones paramilitares opuestas que, ante la invasión de Francia, dejaron de combatir entre ellas para defender a la República, algo menos de 5,000 mexicanos enfrentaron a un ejército formado por cerca de 6,000 hombres, y en cuyo palmarés su última derrota había tenido lugar casi medio siglo atrás en un lugar llamado Waterloo.

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Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: EFE: IGNACIO GRIMALDI

A Silvina Maricel: amiga accidental, hermana por nacimiento

Me llamo Andrés, igual que tú, aunque ese nombre, para ti, sólo aparezca en tu certificado de nacimiento y algunas veces en la memoria de algunos cronistas deportivos que, por un defecto de profesión, suelen citar a la historia con todas sus letras. Lionel, o sólo Lio, el primer nombre de tu nombre o su apócope —ambos los salvoconductos con los que habrás de cruzar, un día, las puertas de la historia—, tengo algo que preguntarte… ¿harás, por fin, campeona a la Selección de Argentina?

Antes de que te meses el cabello, bajes la cabeza, mires el suelo y luego, a modo de defensa, exhibas una sonrisa a media asta, vendría bien que supieras que yo no te estoy exigiendo nada: no soy argentino, tampoco un fanático del fútbol y Barcelona y el Barcelona no son mi segunda patria ni mi equipo alterno internacional favorito. Luego entonces, mi pregunta impertinente no es sarcástica ni irrespetuosa: tan sólo aventura la idea de saber qué se siente ser el depositario de una responsabilidad tan grande que alberga, a un mismo tiempo, la alegría o tristeza de un país.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: GTRESONLINE

Un amigo me mostró hace unos días un video que puede hallarse en los archivos de YouTube, en el que el presentador de un programa de variedades de la televisión mexicana —un show en algún sentido muy similar al que condujo Ed Sullivan en Estados Unidos de 1948 a 1971—, ofrece una disculpa a un cantante llamado Zorro, al que tiempo atrás, en un programa en directo, interrumpió por considerar que su personaje era “afectado y demasiado sofisticado”, dicho esto a la manera de un eufemismo, cuando en realidad quería decir que lo hallaba demasiado “femenino”.

El conductor se hacía llamar Raúl Velasco y durante cerca de tres décadas fue una suerte de guardián de la moral en México. Su programa, llamado Siempre en Domingo, fue el escaparate en el que se exhibía a los ídolos musicales de la época, bajo la condición de que ni su imagen ni su música atentasen, en modo alguno, contra las buenas costumbres.

Por ANDRÉS TAPIA

Hubo un tiempo en el que el país en el que vivo fue un buen sitio para vivir: el diario llegaba todas las mañanas y, pese a que era arrojado con la violencia con la que se arroja un cadáver, nadie temía levantarlo porque en sí mismo aquello era un acontecimiento feliz. Era así porque las malas noticias ocurrían en otros países y en otros tiempos, y la tormenta que vendría estaba situada en un futuro muy distante.

En tiempos como ese, las tragedias, por ejemplo, ocurrían en Nueva York. La noche del 10 de agosto de 1977, un periodista de televisión en México llamado Jacobo Zabludovsky, en punto de las 22:00 horas, inició su programa con las siguientes palabras: “Nueva York al fin puede dormir: cayó el Hijo de Sam”. Zabludovsky se refería a David Berkowitz, un asesino serial que había asesinado a seis personas y herido a siete más en un lapso cercano a 13 meses.

Por ANDRÉS TAPIA

“Deme una línea, Andrés, así será más fácil para mí”. Él se hallaba en su residencia en la ciudad de Xalapa, en el estado mexicano de Veracruz, yo en la redacción del periódico Reforma de la Ciudad de México. Las palabras, entonces, pronunciadas a través de la bocina de un teléfono, aún poseían una facultad que pronto se extinguiría: se desplazaban a través de cables que recorrían distancias largas, o cortas, mas en cualquier caso mantenían una conexión física con la Tierra.

Creo recordar que en ese tiempo leí un cómic del superhéroe de fantasía Spiderman, de modo que, de súbito, le respondí: “Las arañas ignoran su destino”. Escuché el modo silente en que una sonrisa se perfiló en su rostro, y luego las palabras precisas y exactas que no sólo embaucaban y definían, sino también acertaban: “Es un endecasílabo”. Después de eso no recuerdo más.

La mayor parte de mi relación con Sergio Pitol ocurrió de ese modo: a través de un teléfono alámbrico que él solía atender en su casa de Xalapa, no importando si el motivo de mi llamada fuese tan sólo una impertinencia.

Por ANDRÉS TAPIA

Es muy posible, sin que existan las fuentes necesarias para confirmarlo, que las palabras “La Tierra es azul” fueran pronunciadas por el cosmonauta soviético Yuri Gagarin durante la misión que emprendió a bordo del Vostok 1el 12 de abril de 1961, y la cual consistió en orbitar el planeta, así como experimentar las actividades más simples de un ser humano en estado de ingravidez.

La narrativa oficial de la entonces URSS no las da por ciertas, tampoco las desmiente, si bien resulta lógico que ante la circunstancia de ser el primer ser humano en el espacio que contempló la Tierra desde el espacio exterior, Gagarin haya descrito con detalles minuciosos lo que vio por iniciativa propia o, bien, por exigencia del Control de Tierra.

Pero las haya pronunciado o no, hoy sabemos que son ciertas y la única referencia que existe en contra de su posible paternidad procede de una de las más simples y extraordinarias líneas poéticas que se hayan escrito jamás: en 1969, en la canción “Space Oditty” estrenada ese año, David Bowie haría decir al Major Tom —el personaje ficticio de la misma—: “Planet Earth is blue, and there’s nothing I can do”.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: AMI VITALE

El Mundo ya no es un lugar seguro. Pudo ser ayer, esta mañana o cualquier otro día del futuro, pero un día es posible que despiertes y caigas en la cuenta de que todo aquello que exhibías con orgullo o, bien, fingida indiferencia, fue utilizado por alguien para penetrar tu psyche y hacerte no vulnerable —en realidad lo fuiste desde el momento en que confiaste en alguien que no conocías— sino manipulable.

Es así porque en algún momento de los últimos 14 años, sin apenas notarlo, cedimos a la tentación de formar parte de un microuniverso que está contenido en un planeta llamado Tierra  en el que habita una especie conocida como humana, si bien taxonómica y paradójicamente designada como Homo sapiens.

Por ANDRÉS TAPIA

Una mañana de 1962, mientras se alistaba para acudir al University College de Oxford en el cual cursaba su último año, Stephen Hawking se calzó los zapatos y, al momento de anudar los cordones, experimentó una dificultad que no se correspondía con la mente de un hombre joven que era capaz de realizar complejas ecuaciones matemáticas y plantearse intrincados teoremas en el campo de la física teórica.

Hawking, quien entonces había cumplido 20 años, aquella mañana tardó más del tiempo promedio que tomaría a cualquier persona anudarse los zapatos, pero no le dio demasiada importancia, al menos no en ese momento.

Faltaban unos cuantos meses para que obtuviese su BA en Ciencias Naturales con una especialización en Física —el cual de aprobar en primera clase y con honores le permitiría acceder a la Universidad de Cambridge—, y Hawking continuó con sus rutinas que pasaban, además de las clases, por ser parte del equipo de remo del University College Boat Club y un repentino y —por lo mismo— sorprendente interés por la música clásica y la ciencia ficción.

Por ANDRÉS TAPIA

En el tercio final de la película The Shawshank Redemption (Frank Darabont, 1994), Andy Dufresne (Tim Robbins) pregunta a su amigo Red (Morgan Freeman) si cree que abandonará alguna vez la prisión de Shawshank en la que ambos están recluidos. Dufresne ha permanecido ahí 19 años por un doble asesinato que no cometió; Red, en cambio, es culpable de homicidio en primer grado y ha cumplido 39 años de una sentencia de cadena perpetua. Red, cuyo nombre completo es Ellis Boyd Redding, le responde que sí: “…un día, cuando tenga una larga barba blanca y dos o tres tornillos sueltos, me dejarán salir”.

Con una mueca que forcejea por convertirse en sonrisa, un visaje que se corresponde tras dos meses de estancia en solitario en “el hoyo”, Dufresne replica: “Te diré a donde iría yo… Zihuatanejo (…) está en México. Un lugar pequeño en el Océano Pacífico. ¿Sabes qué dicen los mexicanos del Pacífico?”.

Por ANDRÉS TAPIA

El año de 1897, desde el 1 de enero hasta el 15 de diciembre, en Le Magazin d’éducation et de récréation, una revista publicada quincenalmente en Francia, se publicó una novela por entregas (que apareció completa en tanto libro el 24 de junio de ese mismo año), titulada Le sphinx des glaces (La esfinge de los hielos). El autor de la misma era un tal Jules Verne.

Verne, que había nacido en la ciudad de Nantes el año de 1828, además de visionario se convertiría, gracias a los oficios traductores de Charles Baudelaire, en un seguidor, discípulo y amante irredento de un ignoto escritor estadounidense —tanto o más maldito que el propio Baudelaire— que, sin embargo, había fascinado con su prosa poética al enfant terrible de la literatura francesa del siglo XIX. Aquel escritor se llamaba Edgar Allan Poe y había muerto casi cinco décadas antes, con precisión el 7 de octubre de 1849.

Por ANDRÉS TAPIA

A mi amigo Tenoch López: el pasado es prólogo

Gravitaba en una silla como un planeta que no había nacido jamás. La última vez que la vi, me pareció que recién había tomado un masaje en un spa de Islandia… así la imaginé. Cubierta del cuello a los pies con un albornoz infame, Alicia tenía los ojos cerrados, pero en realidad estaba despierta. Tan sólo tenía miedo de atisbar el futuro, su futuro, que ya no era mucho.

Semanas antes, en ocasión de Navidad, en una tienda de mascotas le compré un ave anaranjada. Le gustaban los canarios y los jilgueros, y en mi memoria, siendo niño, puedo recordarla todas las mañanas —mientras yo engullía en su cocina tostadas de pan con mermelada de fresa— silbándole a aquellos pájaros que, en un extraño código que nunca descifré pero que se parecía a la música, prodigiosamente le respondían.

Por ANDRÉS TAPIA

Tomé un tren en la estación Zoologischer Garten de Berlín. Era la tarde casi fría del 23 de septiembre del año 2003. Con más de 18 millones de votos, Gerhard Schröder, el abanderado del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), había sido reelegido nuevamente Bundeskanzler de Alemania. Dieciocho millones de votos eran demasiados, pero no habrían sido nada sin la ayuda de un partido incipiente, en apariencia insípido, pero contundentemente disruptor: Die Grünen (Los Verdes).

El Nachtzug (tren nocturno) arribó a la estación y lo abordé con sentimientos encontrados: Yolanda Yebra, entonces mi editora en el periódico Reforma de la Ciudad de México, me había escrito un e-mail horas antes: “Y ahora quiero un texto sobre el día después”. Hasta ese momento, mi cobertura sobre las elecciones federales del año 2002 había rayado en la perfección… hasta ese momento. No tenía un texto, tampoco la previsión de hacerlo: ni por mí, ni por ella, ni por el diario. Tú te habías presentado, la noche anterior, en la Max-Schmeling-Halle de Berlín, y yo había renunciado a verte en la consciencia de que la elección sería muy cerrada y que habría de decidirse a horas muy tempranas de la madrugada del día siguiente.

Por ANDRÉS TAPIA

El 2017 es un número primo. El 306º en la lista de los números que sólo son divisibles entre sí mismos y la unidad. Si a 2017 se le despeja de la siguiente manera: 2017+(2-0-1-7), el resultado es 2011, el anterior número primo en la escala de los números de esa clasificación. Pero si se retira el paréntesis y en contraposición se añaden sólo signos de adición (2017+2+0+1+7), el resultado es 2027: el 307º número primo, es decir, el siguiente en la lista de los números naturales mayores a 1 que sólo tienen dos divisores.

Si a 2017 se le resta el anterior número primo (2011), el resultado es 6. Si se suman los cuatro dígitos de 2017 (2+0+1+7) la suma ofrece 10. La suma de 6+10 es 16, es decir, el cuadrado perfecto de 4 entre los números primos 305 y 307, y la diferencia entre uno y otro. ¿No basta? Sumemos entonces 3+0+5+3+0+6+3+0+7. ¿Resultado?: 27. El 27 no es un número primo, como tampoco lo es 25, que representa la suma por dígito individual de 2+0+1+1+2+0+1+7+2+0+2+7. Sin embargo, si del mismo modo se adiciona 2+7+2+5, de nuevo tenemos 16.

Por ANDRÉS TAPIA

Me llamo… no, mi nombre no importa ahora. Hace tanto tiempo que no lo escucho de voz alguna que quizá ha dejado de importarme. O tal vez no lo recuerdo.

Salí de mi casa una tarde, una noche o una mañana… eso tampoco lo recuerdo. Pero tengo la certeza de que me dirigía a un sitio al que no llegué o del cual jamás volví.

Cogí mi mochila, un portafolio, la vieja y barata maleta deportiva en la que guardé mis herramientas, mis papeles, tres tortillas casi duras y una fotografía de alguien a quien creo recordar amé profundamente.

Por ANDRÉS TAPIA

Al final del capítulo “La sonrisa de Karenin”, de La insoportable levedad del ser, Milan Kundera escribió: “El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir”.

Siendo niño, en una pendiente situada a un costado de Los Pinos, la residencia de los presidentes de México y la cual se localiza en el Bosque de Chapultepec de la capital del país, descubrí un pasatiempo vinculado de manera muy estrecha con el concepto de la felicidad acuñado por Kundera. Sin fuerza suficiente ni músculos para poder escalar la pendiente, solía empujar una bicicleta a pie hasta el sitio en que una puerta metálica resguardada por dos soldados impedía continuar con el ascenso; luego, me montaba en ella para dejarme caer a una velocidad insospechada.

Por ANDRÉS TAPIA

A mi hermano Pablo. A mi primo Tavo. A mis amigos Roberto, José Ramón, Rogelio e Iván…

Alguna vez, Björk definió al fútbol de la siguiente forma: “El fútbol es un festival de la fertilidad: once espermas tratando de alcanzar el óvulo… Siento pena por el portero”. Citar las palabras de la cantante islandesa no es un acto oportunista en coincidencia con la primera ocasión en que la selección de Islandia participará en una Copa del Mundo: de alguna retorcida, estrafalaria y genial manera –tal y cual es ella– definen el oficio, el arte y la posición de un arquero.

Björk, sin embargo, no fue la primera en advertir la soledad a la que está sometido el único jugador que puede hacer uso de sus manos en el campo de juego. En Speak, memory, un libro de memorias publicado en 1951, Vladimir Nabókov definió a la figura del portero de la siguiente manera: “El portero es un águila solitaria, un hombre misterioso, el último defensor. Más que un guardián de la portería, es el guardián de los sueños”. Nabókov aludía a su tiempo como guardameta en el equipo Trinity College de la Universidad de Cambridge a inicios de la década de 1920.

Por ANDRÉS TAPIA

La imagen posee un dejo de poesía en tiempos en los que la poesía es un commodity arcaico que muy poca gente adquiere. Por ello mismo, se eleva tan lenta y torpemente como un albatros, esa ave marina que necesita de una corriente de aire considerable para alzar su primer vuelo, pero que, una vez que despega sus patas de la arena, excepto en temporadas de apareo, es casi imposible volver a contemplarla en tierra firme.

Tres camionetas modelo Suburban de la automotriz General Motors que forman parte del convoy que protege al actual inquilino de la Casa Blanca, adelantan a una mujer en bicicleta que, al caer en la cuenta que protegen a Donald Trump, levanta su brazo izquierdo y, con la mano correspondiente, exhibe en alto su dedo medio: esa señal rotundamente sexual y machista que, a un mismo tiempo, supone un insulto y una afrenta: “¡Que te jodan, Donald!”.

Por ANDRÉS TAPIA

Zoe Marie Barnes nació el 10 de junio de 1986 en la ciudad de Chicago, Illinois, y murió el 5 de noviembre de 2013 en la estación del metro Cathedral Heights de Washington D.C.; en el momento de su muerte tenía 27 años.

Tiempo antes había conseguido un trabajo como reportera en el diario Washington Herald, pero sus asignaciones siempre estaban consignadas después de la página 15 y en las partes más recónditas del impreso. Quizá porque su signo zodiacal era Géminis, Barnes era ambiciosa, inteligente, bella y medianamente naïve. Tal vez –y sólo tal vez–, por ello hizo todo lo posible por ascender en el periódico hasta que, debido a la futilidad que mostraba su editor por su trabajo, decidió renunciar y unirse al portal de noticias en línea Slugline.

Por ANDRÉS TAPIA

La cinematografía, en tanto invento, precede a la televisión y su origen se remonta a los últimos años del siglo XIX. A partir de una máquina llamada cinématographe patentada en 1895, los hermanos Louis y Auguste Lumière fueron capaces de filmar y proyectar imágenes en movimiento. La televisión, sin embargo, si bien en los hechos ofrecía cierta similitud con la cinematografía, difería de aquella en tanto estaba dotada de la capacidad de ofrecer la proyección de imágenes en tiempo real.

Tres décadas separan a la invención del cinematógrafo y el primer televisor comercial, cuya creación fue obra del ingeniero escocés John Logie Baird en 1925. Consecuentemente, el cine dispuso del privilegio de imaginar, crear y establecer una narrativa visual.

Los primeros televisores se comercializaron a finales de la década de 1920, pero representaron tan sólo el privilegio de unos cuántos y lo que proyectaban era prácticamente nada. Y si bien su auge se potenció durante las siguientes dos décadas, su oferta era mínima y circunscrita a ámbitos locales. El cine, en cambio, comenzaba a experimentar.

Por ANDRÉS TAPIA

A Cyn, ella sabe porqué…

El cielo estaba encapotado de nubes grises cuando la voz serena del capitán del vuelo 1029 de Delta Airlines, susurró a través de los altavoces: “Tripulación: 3,000 pies”. Esas palabras son un código y llanamente significan que el aterrizaje es inminente en tanto restan sólo 914 metros para tomar la pista. A esa mínima altura, sin embargo, los alrededores del Aeropuerto Internacional JFK de Nueva York no eran visibles.

Repentinamente, como quien despierta de un sueño, la mancha urbana que rodea el aeropuerto apareció en el horizonte bajo. El capitán sacudió las alas del avión para alinearlo en la pista, pero la humedad, el calor y el viento estaban en su punto más álgido. Cuando dejó de escucharse la aceleración de los motores, la aeronave escoraba a babor. En otras palabras: no sería un aterrizaje simétrico. La parte izquierda del tren de aterrizaje tocó tierra primero y, en consecuencia, cuando la derecha hizo lo mismo, al avión se sacudió. Sin ceder al pánico temí lo peor. Y sólo pude pensar en John Lennon.