Por ANDRÉS TAPIA

Es la madrugada de un domingo de hace, quizá, cuatro años. Un grupo de periodistas, amigos algunos, colegas muchos, departen en un bar del barrio de La Condesa en la Ciudad de México. Cumplido el horario que por ley le ha sido asignado, el lugar cierra sus puertas, entrega la cuenta y pide al ruidoso grupo que abandone el sitio. Así lo hace.

Una vez afuera hay abrazos de despedida, besos, y el deseo de algunos cuantos de continuar la parranda en otro bar, en la casa de alguno, donde sea. Y mientras charlan y se dicen “hasta pronto”, una pelea entre motociclistas que en su mediocridad aspiran a comportarse como miembros de los Hells Angels tiene lugar a unos cuantos metros. Vuela un casco, una cadena se estrella en el torso de alguno de ellos, y proliferan maldiciones en mexicano: nunca egregias, siempre vulgares.

Por ANDRÉS TAPIA

Un hombre llamado Francisco Zea, teléfono móvil en mano, se videograba a sí mismo frente a un espejo. Zea trabaja para una empresa de medios de comunicación llamada Grupo Imagen. Es presentador en un programa de noticias y se dice periodista. Lo suyo es una rutina que realiza todos los días: mientras se prepara para ir al trabajo, graba un video de sí mismo mientras baila y ofrece un resumen con la información más relevante. El día anterior, en un sitio cercano a un pueblo llamado Bavispe perteneciente a un estado del norte de México, tres mujeres y seis niños fueron asesinados e incinerados por miembros de un cártel del narcotráfico que opera en esa zona. Zea no siente pudor alguno: tres mujeres y seis niños asesinados y él baila mientras habla no de una tragedia, sino de un acto brutal que retrata y define al país en el que vive. De fondo se escucha la canción “Sugar” del grupo estadounidense Maroon 5. Zea dice: “Mientras tanto, nosotros seguimos y tenemos que seguir con la actitud para construir un nuevo y mejor México todos los días”.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: GETTY IMAGES

En la geometría euclidiana un teorema reza que “la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta”. A partir de una simple asociación de ideas, la memoria de los seres humanos debería operar bajo este axioma perfilado por Euclides. Los recuerdos, sin embargo, suelen encadenarse de una manera extraña en la que un atajo no significa necesariamente un sendero más corto, sino un largo y accidentado camino que debe recorrerse para llegar a un instante que en apariencia se ha perdido en el tiempo.

Cuando era niño tuve un amigo llamado Fernando. Estudiamos juntos en las escuelas primaria y secundaria y, luego de ello, pese a lo cercano y entrañable de nuestra relación, cada uno siguió su camino luego de haber permanecido en contacto estrecho por espacio de nueve años.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: WARNER BROTHERS

La secuencia más devastadora de Joker, la película de Todd Phillips que ha roto los paradigmas que hasta hoy se tenían de los conceptos del bien y del mal, es aquella en la que Arthur Fleck ingresa al apartamento de Sophie Dumond mientras ella no está, y se sienta en el sillón a esperarle. El espectador, que hasta ese momento ha visto interactuar a Fleck con Dumond en lo que parece un romance inmemorial entre dos seres marginales, recibe de golpe el acuse de recibo de una mentira: la voz en off de Sophie le dice que vive en el extremo opuesto del piso, que se ha equivocado de apartamento, que por favor se marche, mientras que en las imágenes idílicas que él percibe de ambos en su mente, repentina y sorprendentemente aparece solo.

Por ANDRÉS TAPIA

En la obra de teatro Esperando a Godot, de Samuel Beckett, dos vagabundos, Vladimir y Estragon, aguardan a la sombra de un árbol por alguien a quien llaman Godot, con quien presumiblemente tienen una cita, pero esto no queda del todo claro. Mientras lo hacen, dos personajes más aparecen: Pozzo, un hombre cruel que afirma ser el dueño de la tierra en la que están postrados, y Lucky, su criado.

Tras sostener alguna interacción, Pozzo y Lucky se retiran, y Vladimir y Estragon permanecen a la espera de Godot, que jamás llega. En su lugar, aparece un chico que porta un mensaje del ausente. Llanamente les dice que Godot no ha podido presentarse, pero que “mañana seguramente lo hará”. Vladimir y Estragon, que han pasado largo tiempo a la espera de alguien que probablemente no existe, o quizá sí, deciden marcharse… pero al final no lo hacen.

Por ANDRÉS TAPIA

A Lilia Carolina, ella sabe por qué

“¿Qué une a la gente? ¿El oro? ¿Los ejércitos? ¿Las banderas? Las historias. No hay nada más poderoso en el mundo que una historia extraordinaria. Nada puede detenerla y ningún enemigo derrotarla. ¿Y quién tiene una mejor historia que Bran el Roto? El chico que cayó de una torre muy alta y sobrevivió”.

Las palabras las pronuncia un enano con linaje que en algún momento fue degradado a bufón: Tyrion Lannister, acaso el más sensato de los personajes de Game of Thrones, si tal cosa es posible. Y al fin y al cabo lo es. Ese medio-hombre que ha conocido el desprecio y la burla de su propia familia, y que se refugia en el vino y la ironía para hacer su vida soportable, es quien, a pesar de todo y precisamente por ello, es capaz de la poesía. Se le escucha decirlas en el último capítulo de la serie de televisión que fue adaptada de la saga literaria A Song of Ice and Fire, obra del escritor estadounidense George R. R. Martin.

Por ANDRÉS TAPIA

A contracorriente de lo que alguna vez pensó, Stephen Hawking imaginó que aquello que ingresara a un agujero negro –y por aquello debemos entender luz, partículas, gases, materia, en resumen, información– eventualmente podría salir de ahí: bien expulsado hacia el sitio del cual provenía pero en un estado distinto y no muy útil, o si el agujero era lo suficientemente largo, hacia otro universo. Y lo simplificó de la siguiente manera: “Es como quemar una enciclopedia. La información no se pierde si se conservan el humo y las cenizas, pero es difícil de leer”.

Por ANDRÉS TAPIA

Es un tiempo tan antiguo que ya no se recuerda. Pero si los historiadores modernos supieran sumar y restar, caerían en la cuenta que no ocurrió hace mucho tiempo. Son 20 años, apenas dos décadas, pero por la manera en que se han sucedido los eventos parecen haber transcurrido dos siglos, es decir, 200 años.

Entonces, si querías comunicar algo –y ese algo al ser expuesto a la opinión pública tenía el potencial de incidir en la vida de una comunidad, una sociedad, un país o el Mundo–, llamabas a los medios de comunicación, o te imponías sobre ellos, y haciendo uso de las facultades omnímodas y plenipotenciarias de un Estado, emitías un mensaje en televisión interrumpiendo la programación habitual de todas las cadenas.

Por ANDRÉS TAPIA

Ocurrió en los días postreros de la primavera de 2009.

Con los modos de una guerrilla, feliz e improbablemente, el verano había tomado Londres por asalto y yo había perdido mi vuelo a México. Entonces British Airways sufría una aguda crisis financiera y sus siete vuelos directos a la Ciudad de México se habían reducido a tan sólo tres por semana: martes, jueves y sábado. Era el 2 de junio, martes, y en consecuencia mi regreso a casa se había postergado 48 horas. No lo lamenté.

Por ANDRÉS TAPIA

El 29 de septiembre de 2016, Kellyanne Conway, consejera oficial de Donald Trump, se presentó en el programa periodístico The View que transmite la cadena estadounidense ABC. Al ser cuestionada por los continuos ataques que Trump había dirigido en el pasado a la modelo y actriz venezolana Alicia Machado, Conway sugirió que la ex Miss Universo “obviamente tiene un pasado conflictivo”.

Cuando los conductores le preguntaron por su sentir en relación a la forma en que Trump suele referirse a las mujeres, Conway argumentó que ella jamás hablaba del peso y la apariencia de la gente y, por el contrario, aventuró que muchos de los televidentes que en ese momento veían la entrevista seguramente estaban publicando tweets en torno a su inteligencia y apariencia. “Nunca supe qué tan fea y estúpida era yo hasta que, se imaginarán, surgió Twitter”.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: NETFLIX

Los Millennials apenas tienen idea de que alguna vez el Mundo estuvo dividido. Que la mitad de la Tierra era propiedad de la libre empresa y sus beneficios económicos –en teoría disponibles para cualquiera, pero en la práctica no asequibles para todos–, mientras que la otra parte había hipotecado su libertad en aras de un bienestar común que, a la menor provocación, aprisionaba los egos individual y colectivo en las mazmorras de un concepto conocido como GULAG que tuvo su origen en los confines de un país mitológico llamado Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Ese Mundo era una mierda, pero tenía algo de romántico y de trágico, tal y cual hubiese sido concebido por la pluma de Shakespeare: estaba formado por héroes y villanos y los habitantes de la Tierra disponían de la libertad de situarse en uno u otro bando, en la consciencia o inconsciencia de que podían estar jugando en el lado equivocado.

Por ANDRÉS TAPIA

Otoño 2018, barrio de la Colonia Cuauhtémoc, Ciudad de México. Un camión del servicio de limpia cuya altura regular ronda los cuatro metros pero debido a la cantidad de basura que transporta ha crecido en tamaño, acelera y troza un cable de fibra óptica suspendido sobre una calle principal. De ese cable depende el suministro de Internet de al menos diez hogares.

La compañía propietaria de la línea tarda una semana en atender las quejas de los afectados y repararla. Durante ese tiempo, los usuarios del servicio carecen de acceso a Internet y por ende de canales de televisión y plataformas de música por streaming. No se pierden de mucho si se considera que disponen de una biblioteca mediana y una colección, digamos, humilde de CD’s y películas en formato Blu Ray. Pero si no las tienen habrán de vivir una semana por demás aburrida.

Por ANDRÉS TAPIA

El año 1992 Charlie Brooker cursaba la licenciatura en Ciencias de la Información en el Politécnico Central de Londres, que por ese entonces se convertiría en la Universidad de Westminster. Había nacido en 1971, de modo que el final de su niñez, su adolescencia y el principio de su juventud tuvieron lugar durante la década de 1980.

Para graduarse, Brooker presentó una tesis en torno a los videojuegos y la industria que los rodeaba, la cual había crecido de manera notable durante los años 80. Pese a esto, su disertación fue rechazada en virtud a que dicho tema no era un tópico aceptable en una institución de enseñanza superior cuyo origen se remontaba al año 1838, entonces bajo el nombre de Royal Polytechnic Institution. Consecuentemente, Brooker no pudo obtener su título universitario.

Por ANDRÉS TAPIA

Germán Loza era mi amigo. Murió hace casi 17 años. Esto no es del todo cierto. Germán no murió: lo asesinaron.

Nos conocimos por azar, por cercanía, por casualidad. Por todo eso junto.

Mi hermano Pablo y su hermano Alfredo acudían a la misma escuela secundaria. Ahí se conocieron y trabaron amistad. Pronto descubrieron que vivían a una sola calle de distancia. Y que yo y Germán estábamos inscritos en la misma escuela preparatoria.

Por ANDRÉS TAPIA

No es mi historia. Sin embargo, se parece. No al modo de la exactitud, acaso tan sólo de la coincidencia, y en cualquier caso de manera circunstancial. Pero se parece, se parece mucho.

* * *

Cogí mi bicicleta y me dirigí al Centro de la Ciudad de México. Necesitaba una bombilla singular que sólo puede conseguirse en una zona aledaña al Barrio Chino, un lugar eternamente repleto de transeúntes, basura, ruido y delincuencia. Aun así, por alguna extraña razón, ese sitio siempre ha sido fascinante. Lo fue para el niño y adolescente que fui; lo es todavía para el adulto que soy.

Por ANDRÉS TAPIA

“Quitaos la ropa, chavales, aunque el clima sea malo. Y si por desgracia alguno de ustedes tiene que caer, hay peores cosas en la vida que una caída sobre los brezos. La vida en sí misma no es otra cosa más que un juego de fútbol”. 

Sir Walter Scott

César Delgado corrió como un demonio por la banda derecha. Penetró al área grande justo por la esquina y, con un movimiento impredecible, quebró la cintura de dos defensas que, inertes, cayeron fulminados en el césped. Luego alargó la pelota con la punta del pie, casi con la delicadeza de un billarista a tres bandas –tuvo que hacerlo así para dejar sin oportunidad al portero de los Jaguares de Chiapas– y la metió al arco. No sé cómo ni por qué, pero en ese momento volví a un pasaje de mi infancia, un pasaje que, aunque ruinoso, de alguna extraña manera se mantenía en pie.

Por ANDRÉS TAPIA

Dicen que en política no hay coincidencias. Por lo menos los políticos no creen en su existencia. Han escuchado de ellas, sí, pero nunca han visto una. Y si se diese el caso que ocurriese una y la viesen, no la reconocerían. Básicamente porque se rigen bajo el principio de que en política las coincidencias no existen.

Luego entonces, el estreno en Netflix de la primera temporada de la serie de televisión Narcos México, dos semanas antes de la asunción de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México, no es una coincidencia… aunque así lo parezca.

Por ANDRÉS TAPIA

El año 2002, David Bowie, refiriéndose a los cambios que a partir de la tecnología se estaban gestando en la industria musical, aseguró que un día la música llegaría hasta nosotros de la misma manera en que lo hacen el agua o la energía eléctrica. Bowie, que ciertamente tenía mucho de visionario pero también era un hombre culto y actualizado, estaba consciente de la reciente creación del iPod (2001) y de la revolución musical gestada por Napster (2000).

Sin embargo, faltaban todavía algunos años para que el mundo pudiera disponer de la música de una manera tan simple y sorprendente como girar una llave u oprimir un interruptor.

Por ANDRÉS TAPIA

Se llama Juan Carlos, tiene 33 años y, de acuerdo a las declaraciones que hizo a un fiscal del Estado de México (el estado fronterizo que rodea y envuelve a más de la mitad de la Ciudad de México), asesinó a por lo menos 10 mujeres durante un periodo aún no determinado o hecho público. Se sabe, también, que tenía por pareja a Patricia, una mujer cinco años mayor que él y con quien habría engendrado tres o cuatro hijos (las notas periodísticas de los últimos días son confusas, divergentes e imprecisas)

Juan Carlos y Patricia fueron arrestados hace unos días mientras transportaban en un coche para bebés bolsas de basura que contenían restos humanos; su intención era depositarlos en un predio abandonado situado no muy lejos de su casa.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: EFE

A mis hermanos, el de sangre y el de vida: Pablo y Roberto

Durante la segunda mitad de septiembre y los primeros días de octubre del año 1991, un chico que recién había cumplido seis años aprendió de primera mano cómo funcionaba el fuego de artillería. El Ejército Popular de Yugoslavia (JNA, por sus siglas en serbo-croata), apoyado por una facción de serbios-croatas llamada SAO Krajina, se enfrentó a la Guardia Nacional Croata (ZNG por sus siglas en croata), la cual recibió apoyo de la policía local, en el contexto de lo que se denominaría la Guerra Croata de Independencia.

El chico vivía en la ciudad de Zadar, una pequeña villa situada en el Mar Adriático, que en ese momento era un objetivo importante del JNA que buscaba levantar el cerco que habían establecido las informales fuerzas militares de Croacia (formadas mayormente por la policía y un grupo de voluntarios) sobre los cuarteles federales de la República Popular Socialista de Yugoslavia, los cuales albergaban una gran cantidad de equipo militar pesado que los croatas necesitaban con desesperación para pelear por su independencia.