Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: JOEL HAWKINS

Cuando era niño vi una serie de dibujos animados en la que se contaba la historia de Pipo, un perro que perseguía autos. Podían ser grandes o pequeños, de colores sobrios o estridentes, nuevos y flamantes, antiguos y decadentes, de motor o de pedales… Nada de eso, al final, importaba: él los perseguía a todos.

Un día, por un descuido de su dueño, Pipo se extravió en un aeropuerto. Y descubrió los aviones. Eran más grandes que los autos que solía perseguir y mucho más veloces. Sin embargo, lo que hacía únicas a aquellas máquinas era que, en determinado momento, alzaban el vuelo y desaparecían en el horizonte. Pipo encontró aquello fascinante.

Permaneció durante horas, tan quieto como si aguardase por la llegada de su amo, observando el despegue y el aterrizaje de los aviones. Tan reflexivamente como le puede ser dado a un perro, decidió que no había gracia alguna en perseguir a las bestias que tocaban tierra y se detenían; lo que verdaderamente implicaba un reto era hacerlo con aquellas cuyo destino era el cielo.

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