Por ANDRÉS TAPIA

A Salima

Cuando era niño mi madre me enseñó a hablar con Dios. Hacerlo implicaba postrarme de rodillas frente a mi cama, con la cabeza hacia abajo y las manos unidas. Yo entonaba una oración, algo aprendido de memoria, y pedía cosas, igual que mis hermanos, cosas que no entendía.

Dios nunca respondió.