Por VÍCTOR OLIVARES

Cuando Jorge Luis Borges escribió El Aleph, quizá nunca imaginó que aquel espacio místico en el que se condensaban todos los tiempos del universo, y al cual accedía descendiendo al escalón diecinueve del sótano de la casa de la difunta Beatriz Viterbo, lo habría podido encontrar muchos años después, con sólo alzar la mirada, al caminar por algunas calles solitarias en dirección al supermercado, la farmacia o mientras paseaba al perro, en los balcones de las ciudades.

El confinamiento que vivimos nos ha hecho conscientes de un Aleph que habíamos obviado y al que, a diferencia del cuento de Borges, ya no es necesario descender para acceder a él, sino que está al alcance de nuestra mirada en plena vía pública: los balcones de cientos de edificios que se repiten en todas las ciudades del mundo y en los que se proyecta la imagen de un tiempo que será una época: la del coronavirus.