Por ANDRÉS TAPIA

Fernanda sólo se llama Fernanda porque me sonrió mientras yo pasé a su lado y su sonrisa –un alfiler feliz en mi memoria– hizo resonar ese nombre en mi mente. José, en cambio, su marido, el hombre que conduce el Auburn 852 descapotable (1936) y lleva puesta una gorra de beisbolista, se llama así porque no tengo una razón certera y precisa para llamarlo de otro modo.

Es una tarde del casi invierno de 2016, pero aún no hace frío suficiente para declararlo invierno. Es la Ciudad de México –hoy oficialmente la Ciudad de México– y no el topónimo grotesco, abreviado e insustancial que solía denominarse D.F. (Distrito Federal). Si lo entiendo bien, Fernanda y José formaban parte de una caravana de autos clásicos que circuló con los modos de un desfile la tarde del domingo 20 de diciembre de 2015 por el Paseo de la Reforma. Pero ahora se han disgregado y seguramente vuelven a casa.

Por ANDRÉS TAPIA

En una vieja canción que habla de una ciudad “invivible pero insustituible”, Joaquín Sabina asegura: “Los pájaros visitan al psiquiatra, las estrellas se olvidan de salir…” En la imaginación (y también en la realidad) del cantautor español, esa ciudad es Madrid, un lugar sorprendentemente (aunque no azarosamente) parecido a la Ciudad de México.