Los pájaros visitan al psiquiatra (y a Olga)

Por ANDRÉS TAPIA

En una vieja canción que habla de una ciudad “invivible pero insustituible”, Joaquín Sabina asegura: “Los pájaros visitan al psiquiatra, las estrellas se olvidan de salir…” En la imaginación (y también en la realidad) del cantautor español, esa ciudad es Madrid, un lugar sorprendentemente (aunque no azarosamente) parecido a la Ciudad de México.

Conozco Madrid y sé de su locura, de conductores furiosos que insultan a los semáforos, de su indiferencia con los recién llegados, de accidentes terribles en sus horas agónicas de marcha.

He vivido casi toda mi vida en la Ciudad de México y me sorprende aún saberme cuerdo. Por eso coincido con Sabina cuando dice de Madrid que es “invivible pero insustituible”, porque la capital de México no es distinta a la capital de España, y en cambio sí es igual: invivible pero insustituible.

Hace algunos años, cuando viví en una buhardilla situada en el último piso del edificio en el que aún habito, los colibríes solían asomarse por la ventana de cuando en cuando. Supongo que lo hacían porque la estancia de esa buhardilla tenía por techo un domo de cristal amén de los ventanales, de modo que en su muy diminuta y vertiginosa concepción de la realidad, ese domo lucía como un invernadero.

Solía despertar y echar un vistazo por la ventana, y en varias ocasiones me sorprendí descubierto por la curiosidad de un colibrí que, suspendido en el aire como un helicóptero, aleteaba enfrente mío evaluando mi modorra o mi sorpresa, al tiempo que inclinaba su cabeza de un lado a otro en actitud reflexiva. Mirar a los colibríes mirándome me hacía feliz.

Una mañana uno ingresó a casa, revoloteó por ahí y al final se posó en el marco de la ventana, muy lejos de mi alcance. Yo tenía prisa, de modo que me marché y dejé la ventana abierta franqueándole el escape. Cuando volví del trabajo, el colibrí estaba muerto.

No fue el único. Otro día, otra noche, otro colibrí ingresó a casa –esta vez sin darme cuenta–: hallé su cadáver, casi en rigor mortis, suspendido del mismo marco en que había muerto el otro. Enterré a ambos en el Bosque de Chapultepec, en una suerte de ritual secreto al que solamente yo asistí, su involuntario anfitrión. Cerca de esa casi fosa común, una mañana también sepulté a una ardilla moribunda que no sobrevivió los cincuenta minutos que duró mi carrera matinal.

¿Se entiende ahora cuando digo que la Ciudad de México es insustituible?

Es solo que esos instantes mágicos suelen ser eclipsados por la cotidianidad: las horas que se emplean para trasladarse de un lugar a otro, las marchas de protesta y bloqueos viales que protagonizan diversas organizaciones sindicales (profesores en los tiempos más recientes), la indolencia y el egoísmo de los conductores que hallan en impedir del paso de alguien más una suerte de catarsis o rehabilitación de su hombría o femineidad. Sin dejar de lado, claro está, no sólo los ruidos elementales de cualquier ciudad, sino el folklore de cientos de vendedores ambulantes que, armados hoy en día con megáfonos, transitan todos los días y a todas horas, con la consigna de ahogar al silencio.

Como los pájaros de Madrid, los habitantes de la Ciudad de México visitamos al psiquiatra. O al menos yo lo hago. Y es así porque mi cabeza no es el lugar más agradable del mundo. Como tampoco lo es el Distrito Federal.

Mi actual psicoterapeuta se llama Olga y nació en Chile. Y me temo que estos son los únicos datos que puedo aportar de ella. Llegué a ella a través de un querido amigo que hace no mucho realizó una maestría en Psicología Gestalt. “Necesito una terapeuta de escuela jungiana”, le dije a Joseph; él intentó convencerme de probar la Gestalt. Como no lo consiguió, al día siguiente, a través de un mensaje de Whatsapp, recibí el número teléfonico de Olga.

Quien haya asistido a una terapia psicológica, sabe que no es sencillo revelar sus secretos más íntimos ni liberar a sus demonios, incluso a una mujer tan hermosa como lo es Olga. De modo que nuestros primeros encuentros fueron apenas escarceos, escaramuzas, conversaciones sin ritmo, hilo e importancia. Tanto que en algún momento pensé en abandonar la terapia.

Sin embargo, paulatinamente esas conversaciones intrascendentes comenzaron a cambiar. Y todo fue a partir de una pregunta que Olga repetía incesantemente y que yo no podía responder, al menos no del todo: “¿Qué sientes respecto a esto?”. “Nada, o no mucho”, solía responderle.

A su pregunta inoportuna y en ocasiones impertinente, Olga adosó una orden: “Cuéntame las cosas a partir de la primera persona del singular, no de la segunda”; obedecerla no fue sencillo. Sin embargo, una tarde me descubrí corrigiéndome a mí mismo: “Cuando piensas en estas cosas no tienes demasiado tiempo… lo siento… cuando pienso en estas cosas…” En ese momento Olga sonrió.

Pronto la gente más significativa, o no, de mi vida comenzó a congregarse en torno a la hoguera que por espacio de una hora yo encendía delante de Olga. Amigos, familiares, amores, mascotas, recuerdos inconexos e inexplicables se frotaban las manos frente a ese fuego, para desaparecer en ocasiones y en otras no.

Olga sustituyó la pregunta “¿Qué sientes respecto a esto?” por “¿Qué me quieres contar hoy?”, y aunque a veces yo respondiese “nada”, con ese nada era posible encender la hoguera. Y era posible porque Olga me había enseñado que incluso lo insignificante es capaz de producir lo que Enrique Bunbury canta en una canción: “…todo arde si le aplicas la chispa adecuada”.

Una ocasión, no recuerdo el motivo, me presenté con Olga en un grado de sensibilidad extrema. “Hay tanta muerte en este país, Olga, tantas injusticias, tanta incomprensión… no sé, no quiero estar aquí, necesito que alguien me abrace ahora”. Cuando me despedí de ella, dijo: “Yo te puedo abrazar”. Y así lo hizo.

Mi última sesión con Olga ella rompió el protocolo. Me dijo que no se sentía bien, que había pasado por días muy difíciles, que una amiga suya había muerto de cáncer. Dijo esto y sus ojos se humedecieron; luego siguió hablando. La escuché sin interrumpirla, y cuando al fin calló sólo atiné a decir “lo siento”.

“Pero tú, ¿cómo estás estos días?”, preguntó. “Estoy bien”, le respondí. Y entonces le conté que la madre de una amiga había muerto recientemente, y volví a pasajes de la muerte en mi vida: el esposo de mi madre, un amigo, mi abuela, mi padre… Y entonces me detuve: yo me sentía bien, muy bien, y estaba hablando de la muerte. “Olga” –continué con no poco esfuerzo–, te estoy diciendo todo esto no porque verdaderamente quiera hacerlo, en realidad sólo lo hago, y soy muy torpe, para tratar de abrazarte… porque esta vez eres tú quien necesita un abrazo”.

Pienso en Olga y en mi mente revolotean las imágenes de aquellos colibríes que ascendían hasta mi buhardilla para mirarme por las mañanas, y en los pájaros de Madrid que supongo aún visitan al psiquiatra.

Y también que a pesar de ser invivible, esta ciudad sólo es soportable por personas como ella.