Por ANDRÉS TAPIA

Gustavo me contó la historia en un café unos años antes de que llegase el fin de siglo. Acaso era 1997, 1998… no lo recuerdo con precisión. Bajo el influjo de dos rondas de un brebaje –hoy mítico y casi imposible de conseguir– llamado Ice Cream Soda de Fresa, intentábamos descifrar nuestro presente a partir de los eventos del pasado. Sé bien que puesto así luce tan naïve que acaso nadie prestará atención a este relato, pero cuando eres joven el azúcar y la inocencia pueden embriagar y soltarte la lengua mucho más que tres litros de cerveza.

Él estudiaba la escuela secundaria y en el primero o segundo curso conoció a una niña llamada Aída. Gustavo tenía 12, 13 años, una edad febril y fértil para las fantasías, pero improbable para el amor. Empeñado, como cualquier soñador que se precie de serlo, de ir a contracorriente, mi amigo –hijo de un madre soltera que también era madre soltera de su medio hermano– se enamoró.

Por ANDRÉS TAPIA

“Cuento las cosas con imágenes, así que tengo que atravesar por fuerza esos corredores llamados subjetividad”.

Federico Fellini

Conocí a Gustavo Moheno en la redacción del periódico El Sol de México el año de 1990. Yo había abandonado la universidad y buscaba trabajo desesperada y afanosamente. Él, por su parte, quería escribir de cine si bien su deseo era más un artilugio para convertirse en director de cine. Yo tenía 22 años; él, 17.