Por ANDRÉS TAPIA

Pensarán que estoy loco, pero los edificios ya estaban ahí. Desiguales se proyectaban del asfalto a la noche y se escondían de ella o se perdían en su oscuridad. No había nadie esa ocasión. Y en realidad nunca hubo nadie. No tenían que exhibirse para existir. Cerradas las cortinas había que imaginarlos, crearlos a partir del devenir de sus siluetas. Y uno podía equivocarse. Ciertamente.