Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: DANIEL SCHWEN

Triste la mirada de Jennie sobre la ventana; me habría dicho minutos antes: “Se fue, no está más, es inalcanzable para ti”. Pero no subí los catorce escalones que median entre la calle y su apartamento ni llamé a su puerta dos veces ni le estreché la mano ni me arrepentí ni le dije nada. Y es que ya sabía que Sydney la había visitado la noche anterior, la dulce pelirroja Sidney, con sus pecas amables en el rostro y sus tetas extraordinarias, tan linda, y seguro le había contado de su paseo en bote con Jeremiah por la bahía, de lo felices que eran mientras la brisa desnudaba sus cuerpos desnudos y ya requemados por el sol, de las cuatro veces que hicieron el amor y los once orgasmos que tuvieron, pero, sobre todo, de la visión de Jacko apostado en el Golden Gate, extraviados los ojos en la perspectiva de San Francisco…

—¡Jacko! ¡Hijo de puta!

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: JOE CAVARETTA – AP

El 26 de diciembre de 1946, Benjamin “Bugsie” Siegel organizó una fiesta fastuosa en el Hotel Flamingo de Las Vegas, Nevada. Se trataba en realidad de la inauguración del inmueble en el que Siegel, un capo de la mafia que buscaba redimirse, había puesto todas sus esperanzas. Pero nadie llegó… al menos no quienes él esperaba. Tan sólo se presentaron unos cuantos lugareños y algunas celebridades menores que conocían a Siegel e hicieron el viaje en auto desde Los Ángeles, California.