Por ANDRÉS TAPIA

A contracorriente de lo que alguna vez pensó, Stephen Hawking imaginó que aquello que ingresara a un agujero negro –y por aquello debemos entender luz, partículas, gases, materia, en resumen, información– eventualmente podría salir de ahí: bien expulsado hacia el sitio del cual provenía pero en un estado distinto y no muy útil, o si el agujero era lo suficientemente largo, hacia otro universo. Y lo simplificó de la siguiente manera: “Es como quemar una enciclopedia. La información no se pierde si se conservan el humo y las cenizas, pero es difícil de leer”.

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Por ANDRÉS TAPIA

Una mañana de 1962, mientras se alistaba para acudir al University College de Oxford en el cual cursaba su último año, Stephen Hawking se calzó los zapatos y, al momento de anudar los cordones, experimentó una dificultad que no se correspondía con la mente de un hombre joven que era capaz de realizar complejas ecuaciones matemáticas y plantearse intrincados teoremas en el campo de la física teórica.

Hawking, quien entonces había cumplido 20 años, aquella mañana tardó más del tiempo promedio que tomaría a cualquier persona anudarse los zapatos, pero no le dio demasiada importancia, al menos no en ese momento.

Faltaban unos cuantos meses para que obtuviese su BA en Ciencias Naturales con una especialización en Física —el cual de aprobar en primera clase y con honores le permitiría acceder a la Universidad de Cambridge—, y Hawking continuó con sus rutinas que pasaban, además de las clases, por ser parte del equipo de remo del University College Boat Club y un repentino y —por lo mismo— sorprendente interés por la música clásica y la ciencia ficción.