Por ANDRÉS TAPIA
Ésta no es mi historia. No participo en ella ni tampoco la escribí. Pero algo tiene que ver conmigo. Algo.
Una mañana azul de un día de marzo, en un orfanato feliz (si tal cosa puede existir), una niña llamada María conoce a un chico más o menos de su misma edad (o quizá de su misma edad) que padece una disfunción cerebral y motriz en todo el cuerpo. El chico no tiene nombre, aunque esto no es exacto: sí lo tiene, es sólo que no puede decirlo. Y, si pudiese, seguramente no lo recordaría.