La palabra perdida

Por ANDRÉS TAPIA

La tarde de ayer, mientras me levantaba de la mesa en la que había comido con un grupo de amigos y cogía mi teléfono móvil, un hombre anciano, que comía a dos mesas de distancia de donde nos hallábamos, me cerró el paso y preguntó si podía hacerme una pregunta; dije que sí. En el brevísimo instante que transcurrió entre su solicitud y su pregunta, imaginé todo, menos lo que diría a continuación: “¿Cómo se llama el género literario que enuncia una cosa diferente a la que se piensa?”.

Lo miré con el más genuino de los azoros: era calvo, pero su falta de cabello estaba compensada por una gran y pesada barba blanca que como una máscara cubría la mitad de su rostro. Sin proponérmelo, fijé mis ojos en la parte baja de su bigote y noté que las puntas del mismo estaban teñidas por el color ámbar de la nicotina.

La universidad en la que yo estudié, la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, que se localiza en la zona centro de la Ciudad de México, se ha jactado siempre de que todos sus alumnos son expertos en los géneros periodísticos. Luego entonces yo debería conocer la respuesta.

Dejé caer la primera palabra que vino a mi mente y que de un modo muy vago se relacionaba con su pregunta. Pero no estaba seguro, y no lo estaba porque el hombre apelaba a un género literario, no uno periodístico. Respondí vacilante: “¿El ensayo?” (el género que sirve de puente al periodismo con la literatura y en el cual parece habito desde hace algunos años).

“No…”, respondió el anciano con decepción… “me refiero a esa figura que de algún modo dice lo contrario, pero es lo mismo… llevo dos días loco, buscando esa palabra, y no la encuentro. Pensé que usted podría saberlo”.

Inclinó su cabeza, miró al suelo, como suelen hacer aquellos que han perdido algo y sienten que se les ha caído.

“Lo siento”, respondí, “con una descripción tan breve no puedo decirle mucho”.

El hombre levantó entonces la cabeza, volvió a mirarme, y agregó: “Es como un tropo… ¿sabe usted lo que es un tropo?”.

La memoria es un mapa que los seres humanos trazamos día con día. Agregamos cordilleras al mar, dibujamos un río en la mitad de un desierto, perfilamos las calles que conocimos, los edificios en los que habitamos, los parques en que fuimos felices y también aquellos en los que nos abandonaron. Si un hombre pudiese recorrer por completo su vida hacia atrás, en reversa, no sólo se sorprendería por lo que hizo, vio o recorrió diez años antes, sino por lo que pasó ayer.

Cuando escuché a aquel anciano mencionar la palabra tropo, en un pestañeo volví a mi infancia, a un momento insignificante, pero paradójicamente trascendental.

Me veo con pantalones cortos, en el pasillo exterior del apartamento en el que habito con mis padres y mis hermanos. Estoy solo, en el piso, jugando con un grupo de dinosaurios de cartón que he desprendido de un libro. Mi madre está por ahí, detrás mío, y la escucho cantar una canción titulada “Callejero”, obra de un cantautor argentino llamado Alberto Cortez.

Un verso atrapa mi atención: “Era una metáfora de la aventura, que en el diccionario no se puede hallar”.

“Mamá”, pregunto, “¿qué es una metáfora?” Mi madre se calla, me mira, y responde desde sus pocos o nulos conocimientos literarios: “Es algo bello… que no existe”.

La Real Academia Española ofrece tres definiciones a la palabra metáfora: 1) f. Ret. Tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita; 2) f. Aplicación de una palabra o de una expresión a un objeto o a un concepto, al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación (con otro objeto o concepto) y facilitar su comprensión; 3) f. Ret. Alegoría en que unas palabras se toman en sentido recto y otras en sentido figurado.

Regreso al presente, a la tarde del día de ayer, que en realidad es pasado pero aún no se marcha del todo. Respondo al anciano de la cabeza calva y la barba blanca manchada de nicotina: “Metáfora”.

Él aparta su mirada de la mía, la traslada a otro sitio, seguramente a un pasado de su pasado y la pronuncia: “Metáfora… ¡ésa es!”.

El hombre vuelve a su mesa, a su platillo, coincidentemente el mismo que yo había degustado (milanesa con papas fritas) y me marcho de ahí.

Alguna vez, siendo niños, mi hermana Claudia olvidó a mi hermano Pablo por espacio de cinco horas en un parque. “Quédate aquí”, le dijo, “ahora vuelvo”. Cuando volvió a casa y mi madre le preguntó por él, simplemente respondió: “Lo olvidé en el parque”.

Un amigo muy querido, con el que pasé muy buenos y malos tiempos, hace siete años sufrió una embolia. Desde entonces no nos hemos visto, pero en tiempos recientes me ha buscado a través de una red social. Su último mensaje dice a la letra: “Las que se tu hijos voy… Andres Tapia estas voy hola mi lo estoy… estas fui no mi estas fui mi estas hoy…”

Una mujer, a la que amé en el pasado, hace unos días me escribió. “Hoy recordé cuando íbamos a casa de tu madre los domingos”.

Un verso de una canción de Joaquín Sabina es lapidario: “Más vale que no tengas que escoger entre el olvido y la memoria…”

Un anciano de sesenta y tantos años me detiene una tarde casi lluviosa de primavera y me pregunta –como si me conociera, como si supiera que yo sé, como si hubiese venido del futuro, mi futuro, como si él fuese yo dentro de 20 años–: “¿Cómo se llama el género (figura) literario (a) que enuncia una cosa diferente a la que se piensa?”.

La voz de mi madre resuena en mi memoria: “Es algo bello… que no existe”.

“Metáfora”, le digo.

El anciano se guarda la palabra en su memoria.

Yo sonrío.

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