Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: WARNER BROTHERS

La secuencia más devastadora de Joker, la película de Todd Phillips que ha roto los paradigmas que hasta hoy se tenían de los conceptos del bien y del mal, es aquella en la que Arthur Fleck ingresa al apartamento de Sophie Dumond mientras ella no está, y se sienta en el sillón a esperarle. El espectador, que hasta ese momento ha visto interactuar a Fleck con Dumond en lo que parece un romance inmemorial entre dos seres marginales, recibe de golpe el acuse de recibo de una mentira: la voz en off de Sophie le dice que vive en el extremo opuesto del piso, que se ha equivocado de apartamento, que por favor se marche, mientras que en las imágenes idílicas que él percibe de ambos en su mente, repentina y sorprendentemente aparece solo.

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Por ANDRÉS TAPIA

Lo pienso una y otra vez. Regreso en el tiempo, en mi vida, tanto como puedo, y trato de hallar el momento primigenio en que mi imaginación quedó marcada de una forma oscura y fantástica… para bien y para mal.

Siendo muy niño (¿a qué edad se es muy niño?), mi padre, mi madrina, me obsequiaron distintas ediciones del compendio Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, un libro que constituye una puerta de entrada a una de las más egregias manifestaciones de la literatura, así esa puerta sea la del infierno. Escritor y poeta maldito, tan sólo por endilgarle los adjetivos y lugares más comunes, Poe se convirtió en mi Virgilio y me condujo por los círculos de un averno mucho más real que el concebido por Dante. Ahí, en los recovecos de una mente atribulada por circunstancias que no se correspondían con las expectativas de su vida, descubrí emociones que no por insanas resultaban ajenas e insustanciales a la naturaleza humana.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: CHRIS GOLDBERG

 

Miré a una mujer que tenía el rostro

hecho por la pluma de Borges:

finito, geométrico, fantástico… así.

 

Era Broadway y era un bar;

era Nueva York y llovía, llovió.

Ella estaba húmeda de algo… no sé.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: JIM GLAB

Hay dos leyendas acerca de Andy.

Una es la imagen de un vaquero triste y furioso que, luego de hacer el amor con una mujer improbable, se marcha a galope en un caballo negro cuyos cascos levantan el polvo agreste y la tierra miserable de Santa Fe, Nuevo México. Escucho una voz decir: “Adiós Milva, soy Andy… nunca te olvidaré”.

Pero eso está en mi mente, esa es mi idea de la vida. Lo tuyo, Andrés después de Andrés, es otra cosa.

También eres un vaquero triste. Y furioso. En realidad eres el más furioso que he visto, que se ha visto, en el Oeste. Y el más triste.

Por ANDRÉS TAPIA

En la obra de teatro Esperando a Godot, de Samuel Beckett, dos vagabundos, Vladimir y Estragon, aguardan a la sombra de un árbol por alguien a quien llaman Godot, con quien presumiblemente tienen una cita, pero esto no queda del todo claro. Mientras lo hacen, dos personajes más aparecen: Pozzo, un hombre cruel que afirma ser el dueño de la tierra en la que están postrados, y Lucky, su criado.

Tras sostener alguna interacción, Pozzo y Lucky se retiran, y Vladimir y Estragon permanecen a la espera de Godot, que jamás llega. En su lugar, aparece un chico que porta un mensaje del ausente. Llanamente les dice que Godot no ha podido presentarse, pero que “mañana seguramente lo hará”. Vladimir y Estragon, que han pasado largo tiempo a la espera de alguien que probablemente no existe, o quizá sí, deciden marcharse… pero al final no lo hacen.

Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: JOEL HAWKINS

Cuando era niño vi una serie de dibujos animados en la que se contaba la historia de Pipo, un perro que perseguía autos. Podían ser grandes o pequeños, de colores sobrios o estridentes, nuevos y flamantes, antiguos y decadentes, de motor o de pedales… Nada de eso, al final, importaba: él los perseguía a todos.

Un día, por un descuido de su dueño, Pipo se extravió en un aeropuerto. Y descubrió los aviones. Eran más grandes que los autos que solía perseguir y mucho más veloces. Sin embargo, lo que hacía únicas a aquellas máquinas era que, en determinado momento, alzaban el vuelo y desaparecían en el horizonte. Pipo encontró aquello fascinante.

Permaneció durante horas, tan quieto como si aguardase por la llegada de su amo, observando el despegue y el aterrizaje de los aviones. Tan reflexivamente como le puede ser dado a un perro, decidió que no había gracia alguna en perseguir a las bestias que tocaban tierra y se detenían; lo que verdaderamente implicaba un reto era hacerlo con aquellas cuyo destino era el cielo.

Por ANDRÉS TAPIA

No debe ser fácil vivir en un país en el que tus abuelos asesinaron a seis millones de personas. Pero si no fueron tus abuelos, entonces tuvieron que haber sido los hermanos de tus abuelos. Y si tampoco fueron los hermanos de tus abuelos, entonces fueron los amigos de tus abuelos y sus hermanos. En todo caso alguien de tu familia cercana, o cercano a tu familia, fue partícipe de uno de los horrores más terribles que haya conocido el mundo. El único requisito para que eso ocurra es que hayas nacido en Alemania un poco antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial.

A casi 75 años del final del conflicto bélico que más muertes ha causado en la historia de la humanidad, más de uno querría dar vuelta a la página y echarle un vistazo al presente y al futuro, o acaso, simplemente, dejar de mirar el pasado y atender los problemas que enfrenta el mundo el día de hoy y que, llegado el momento, podrían devenir en un conflicto tanto o más mortífero.

Por ANDRÉS TAPIA

La última vez que te recuerdo no fue la última vez que te vi. Han pasado casi dos décadas y aún puedo describirte como una sombra vestida de blanco que apenas mirarme se arrojó hacia mí como si yo fuera la única tabla que flota en el mar después de un naufragio. No era la única, ciertamente, pero así me hiciste sentir.

Aquello ocurrió en el piso que Ana Claudia tenía en la calle de Ejército Nacional, en el barrio de Polanco de la Ciudad de México, durante una reunión exclusiva para mujeres a la que, por alguna razón que no recuerdo, extrañamente fui invitado. Norma, Patricia, Eugenia, Ana, tú… quizá alguien más, quizá alguien menos, y yo ahí, en medio, profanando sin profanar un arrebato feminista.

Pierdo los detalles, o me extravío en ellos. Tu espalda estaba rota, por causa de un accidente automovilístico, y habías pasado meses peleando por mantenerte erguida, disimulando el dolor, fingiéndote más fuerte de lo que eras, de lo que eres, con los cinco sentidos bien puestos y tu hermosa piel pálida enrojecida.

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando era niño era menester que los padres firmasen la boleta de calificaciones de sus hijos cada mes: esa era la forma en que en México los colegios de educación primaria enteraban a los progenitores o tutores de los alumnos de su desempeño escolar. No puedo hablar por el resto del Mundo, pero supongo y estoy casi seguro que dicha práctica es común y, quizá, universal.

Durante su infancia, mi padre vivió una transición que acaso no fue tersa –como no lo suele ser nada de lo que ocurre en México– en cuanto a la enseñanza de la escritura. Nació justo a la mitad de la década de 1940 e ingresó al colegio en los primeros años de la de 1950. Entonces la mayoría de las personas alfabetizadas había sido educada para escribir con letras cursivas, también llamadas de carta o manuscritas.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: GODLESS (NETFLIX)

Milva sólo era amiga de alguien que era conocido de uno más y tal vez hijo de ese o incluso de aquella. Vivía a las afueras de Perdición en una cabaña pequeña que pese a ello tenía un granero y a la que los coyotes sitiaban de cuando en cuando, especialmente en el invierno, cuando los caballos relinchaban ateridos por el frío y se hacían evidentes no sólo a su olfato sino también a sus oídos.

Era viuda de alguien, alguien que en Perdición decían combatió bajo las órdenes del general Ulysses S. Grant  en la batalla de Appomattox Court House. En ese sitio habría muerto de manera absurda e improbable porque aquel combate no sólo concluyó con la rendición de Robert E. Lee ante Grant, sino también con la Guerra Civil de los Estados Unidos.

Por ANDRÉS TAPIA

A Lilia Carolina, ella sabe por qué

“¿Qué une a la gente? ¿El oro? ¿Los ejércitos? ¿Las banderas? Las historias. No hay nada más poderoso en el mundo que una historia extraordinaria. Nada puede detenerla y ningún enemigo derrotarla. ¿Y quién tiene una mejor historia que Bran el Roto? El chico que cayó de una torre muy alta y sobrevivió”.

Las palabras las pronuncia un enano con linaje que en algún momento fue degradado a bufón: Tyrion Lannister, acaso el más sensato de los personajes de Game of Thrones, si tal cosa es posible. Y al fin y al cabo lo es. Ese medio-hombre que ha conocido el desprecio y la burla de su propia familia, y que se refugia en el vino y la ironía para hacer su vida soportable, es quien, a pesar de todo y precisamente por ello, es capaz de la poesía. Se le escucha decirlas en el último capítulo de la serie de televisión que fue adaptada de la saga literaria A Song of Ice and Fire, obra del escritor estadounidense George R. R. Martin.

Por ANDRÉS TAPIA

A contracorriente de lo que alguna vez pensó, Stephen Hawking imaginó que aquello que ingresara a un agujero negro –y por aquello debemos entender luz, partículas, gases, materia, en resumen, información– eventualmente podría salir de ahí: bien expulsado hacia el sitio del cual provenía pero en un estado distinto y no muy útil, o si el agujero era lo suficientemente largo, hacia otro universo. Y lo simplificó de la siguiente manera: “Es como quemar una enciclopedia. La información no se pierde si se conservan el humo y las cenizas, pero es difícil de leer”.

Por ANDRÉS TAPIA

La última entrega del videojuego Assassin’s Creed, desarrollado por la compañía canadiense Ubisoft Quebec, se titula Assassin’s Creed Oddysey. A diferencia de las ediciones anteriores de la saga, que se compone de 21 capítulos, esta historia ofrece a los jugadores la posibilidad de elegir entre dos hermanos que comparten un vínculo de sangre y una herencia histórica en tanto son nietos de Leónidas I, el guerrero espartano que contuvo a las hordas del rey persa Xerxes en el mítico Paso de las Termópilas.

El menor es un varón; la mayor una mujer. Ambos son hijos de Mirryna, la hija de Leónidas, pero fueron engendrados por padres distintos: mientras Alexios desciende de Nikolaus, el hombre que se convertirá en el Lobo de Esparta, Kassandra lo hace de Pitágoras. Sí, ese mismo en el que están pensando.

Por ANDRÉS TAPIA

El Cadillac Coupe DeVille ‘65 se detiene en una esquina del barrio La Condesa de la Ciudad de México. Eso, per se, es extraño. Pero cuando el hombre que lo conduce desciende y entrega las llaves al valet de la cafetería, las miradas mórbidas y lascivas que a un mismo tiempo pulieron y rayaron la pintura del automóvil, cambian de objetivo y alternativamente se posan en el sombrero Fedora que corona un rostro afeitado y helénico, en la gabardina que, una tarde calurosa y ya casi de primavera, extraña y ominosamente cuelga de su antebrazo derecho, y en el anacrónico maletín de piel que sostiene su mano izquierda.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FREDERIC AMADU

No sé cuál es tu nombre, tu verdadero nombre. Pero sé de alguien que te llama Daenerys o para quien eres una princesa llamada Daenerys. Si no tienes inconveniente, te llamaré así. Seguro te preguntarás por el mío, pero no es importante, y no va a decirte nada. No hallarás un rostro aparejado a él o una historia compartida o escuchada. Tú no me conoces. Y yo no te conozco. Aunque bien es cierto que he aprendido a imaginarte a partir de mis rutinas y las rutinas de mi vecino, ese hombre que parecía ser un hombre común y que habita al otro lado de la calle.

Por ANDRÉS TAPIA

En la habitación de su hijo mayor –Héctor, como él–, había dispuesto su biblioteca en un par de libreros enormes hechos de pino blanco. Jamás me di a la tarea de contarlos pero, calculé, ahí existía, diezmada como en una fábula, al menos un tercio de una legión romana: alrededor de 1,500 volúmenes.

Una mañana de mediados de la década de 1990 amanecí ahí. La anterior había sido una noche de borrachera juvenil e Iván, su hijo, el tercero en la línea sucesoria y mi gran amigo de la Universidad, me ofreció posada en su casa.

Por ANDRÉS TAPIA

Es un tiempo tan antiguo que ya no se recuerda. Pero si los historiadores modernos supieran sumar y restar, caerían en la cuenta que no ocurrió hace mucho tiempo. Son 20 años, apenas dos décadas, pero por la manera en que se han sucedido los eventos parecen haber transcurrido dos siglos, es decir, 200 años.

Entonces, si querías comunicar algo –y ese algo al ser expuesto a la opinión pública tenía el potencial de incidir en la vida de una comunidad, una sociedad, un país o el Mundo–, llamabas a los medios de comunicación, o te imponías sobre ellos, y haciendo uso de las facultades omnímodas y plenipotenciarias de un Estado, emitías un mensaje en televisión interrumpiendo la programación habitual de todas las cadenas.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: GETTY IMAGES

La tarde de otoño que me mudé al desvencijado pero tibio edificio de la 37th y la 9th y vi por primera vez a la señora Wilkins, lo único que pude pensar es que detrás de su sonrisa, radiante y al mismo tiempo macabra, ella sólo era lo que parecía: una anciana de setenta y tantos a la que Nueva York olvidó. Barría el pórtico del edificio con esmero y alegría; llevaba puestas unas sandalias otrora rosadas y ya ennegrecidas, un vestido casi largo de flores multicolores apenas disimulado por un abrigo negro lleno de lamparones, y una pañoleta púrpura que cubría su cabeza; hasta donde puedo recordar siempre la vi vestida de esa manera. Adivinó, al mirar la maleta que sostenía, quién era yo y qué deseaba. Y sonrió.

Por ANDRÉS TAPIA

Ocurrió en los días postreros de la primavera de 2009.

Con los modos de una guerrilla, feliz e improbablemente, el verano había tomado Londres por asalto y yo había perdido mi vuelo a México. Entonces British Airways sufría una aguda crisis financiera y sus siete vuelos directos a la Ciudad de México se habían reducido a tan sólo tres por semana: martes, jueves y sábado. Era el 2 de junio, martes, y en consecuencia mi regreso a casa se había postergado 48 horas. No lo lamenté.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: LU ALEKS

Recuerdo que tenía alrededor de 20 años, que debía tomar un autobús para ir a no sé dónde y que ese día vestía de azul. Caminaba con prisa hacia una cita que no puedo recordar cuando, repentinamente, a unos 10 metros de distancia, miré a una niña de 14 o 15 años asida a la mano de su madre. Su cabello –si recuerdo bien–, de color castaño claro, descendía un poco más allá de sus hombros y sus ojos, aun más claros que su cabello, me parecieron dos piedras de ámbar talladas con el afán de la esclavitud. Mientras me aproximaba a ella, a ellas, y ella, ellas, se aproximaban a mí, me escuché decir que su rostro parecía hecho por la pluma de Borges: finito, geométrico, fantástico, así…