Por ANDRÉS TAPIA

Un amigo y colega periodista escribe un post en su página de Facebook. En él celebra la reedición en Holanda –35 años después de su aparición en el Reino Unido– de un disco olvidado e intrascendente: La Verité, del grupo Classix Nouveaux, un accidente feliz y malogrado del pop británico de aquel tiempo, aunque también un Frankenstein creado a partir del New Wave, el New Romantic, el Industrial, el Dark y el Post Punk.

En México no se conoció ese disco, al menos no de manera masiva, pero a través de la entonces naciente cultura del videoclip (arcaico), una canción penetró en mi cabeza y, por lo que veo, también en la de Marco Appel: “Never Again” (https://www.youtube.com/watch?v=ngXPnHaWuMI).

Bastaban 20 segundos para enamorarse. Eso y la imagen andrógino-diabólica-gótica-naïve de Sal Solo, el vocalista.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FELIPE LUNA

Tenía la mirada triste, siempre la tuvo triste. Y sus gafas no ayudaban: cristales gruesos con muchas dioptrías que precisaba para ver al Mundo tal como era. Paradójicamente empequeñecían sus ojos –per se diminutos– y lo convertían en un forastero, casi un alienígena, un ser procedente de otro planeta cuya misión en la Tierra era la de ayudar a los humanos a comprender las incomprensibles razones que existen detrás de la maldad.

Quizá por ello sonreía poco, o no tanto como lo prometía su extraordinario sentido del humor. Pero eso no estaba mal, acaso tampoco bien: bibliotecario de su propia mente, Sergio González Rodríguez archivaba continuamente en su memoria libros, películas, cómics, ideas inacabadas, pensamientos sublimes, ensayos fallidos del amor, series de televisión, promesas absurdas y mentiras infames, tan sólo para caer en la cuenta de que el caos que con tiento y paciencia había disipado y ordenado, se había trastocado en una nueva pregunta. Y, consecuentemente, en un caos mayor.