La balada de Sal Solo (Nunca jamás)

Por ANDRÉS TAPIA

Un amigo y colega periodista escribe un post en su página de Facebook. En él celebra la reedición en Holanda –35 años después de su aparición en el Reino Unido– de un disco olvidado e intrascendente: La Verité, del grupo Classix Nouveaux, un accidente feliz y malogrado del pop británico de aquel tiempo, aunque también un Frankenstein creado a partir del New Wave, el New Romantic, el Industrial, el Dark y el Post Punk.

En México no se conoció ese disco, al menos no de manera masiva, pero a través de la entonces naciente cultura del videoclip (arcaico), una canción penetró en mi cabeza y, por lo que veo, también en la de Marco Appel: “Never Again” (https://www.youtube.com/watch?v=ngXPnHaWuMI).

Bastaban 20 segundos para enamorarse. Eso y la imagen andrógino-diabólica-gótica-naïve de Sal Solo, el vocalista.

A contrapunto de la época (iniciaban los 80), Sal Solo (en realidad Christopher Scott Stevens) no cedió a la moda de llevar un fleco abundante y estilizado, una bandana en la cabeza o un sombrero a lo Indiana Jones. Simple y llanamente decidió raparse y exhibir sus singulares orejas que acaso deformó o bien exhibían una deformidad natural que le hacía parecer un miembro de la raza ficticia de los elfos.

Aunado a ello, se negó a renegar de su pasado punk y abrazó el también naciente y estridentista movimiento Dark Gótico: en su indumentaria regía, con mano de sátrapa, el color negro, así como las extravagancias del Bowie de una década atrás, pero sin su paleta de colores ni lo sutil de su encanto.

Era 1982 el año en que apareció ese video, el mismo en que nació la actriz estadounidense Anne Hathaway; el mismo en que las tropas argentinas se rindieron en Puerto Argentino/Stanley, devolviendo con ello el control de las Malvinas (Falkand Islands) al Reino Unido; el mismo en que Leonid Ilich Brézhnev, Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, murió y fue sustituido por Yuri Andropov.

Yo tenía 14 años. Sal Solo, 21.

No demasiados ninguno de los dos.

Quizá por ello “Never Again” fue sólo un hit de verano para mí –un adolescente impresionable que creyó ver en Sal Solo a una suerte de profeta– y para Sal Solo y Classix Nouveaux una canción en la que habían depositado muchas esperanzas pero que ni siquiera logró colarse al Top 100 de las listas del Reino Unido.

Classix Nouveaux y Sal Solo grabaron un álbum más, Secret (1983), el tercero y último de su historia, y se separarían dos años más tarde por la misma razón por la que en ocasiones suelen separarse algunas bandas: el potencial de su vocalista y front-man no se correspondía con el resto de los miembros del grupo y alguien le ofreció una carrera como solista.

Tras su partida de Classix Nouveaux, Sal Solo alternó con una banda francesa decadente de Space Rock llamada Rockets. Adolescente eterno, continuó flirteando con las ideas delirantes y obsesivas de la juventud, pero en su mente ya había elegido un camino.

Sal Solo decidió abrazar la religión católica con la devoción de los moralistas, al tiempo que sus composiciones y música se volvieron una oda al mártir fundador del cristianismo. De forma coincidente, por esa misma época, yo abominé y renegué de manera radical y definitiva de la religión católica. Y en tanto no supe más de Sal Solo, no tuve la bendita oportunidad de llamarlo “falso profeta”.

Decir que nunca olvidé a Sal Solo es una mentira: en realidad lo olvidé. A él, a Classix Nouveaux y también a esa pieza llamada “Never Again”, una composición simple, con un ostinato de dos compases, apenas seis notas involucradas, una base rítmica frenética y, en contraposición, una letra triste, melancólica, tanto o más como la mirada de Sal Solo, en cuyas cuatro primeras líneas se resumen el pasado, el presente y el futuro:

¿Dónde están los días?

Esos días que el tiempo borró.

La inocencia que teníamos

Algo la reemplazó.

Pero también es cierto –y no es una mentira– que nunca lo olvidé.

Releo el post de Marco Appel:

“Después de 35 años… Edición holandesa del álbum La Verité de los británicos de Classix Nouveaux, 1982, original. Ese año vi por primera vez el videoclip (¿todavía se dice así?) del sencillo “Never Again”. Me impactó (era un niño): mi alma new waver había emergido”.

Lo siguiente es ingresar a YouTube y escribir: “Never Again Classix Nouveaux”.

La silueta desnuda y helénica de Sal Solo sosteniendo inmóvil un violín transgrede impune la moral de la época. El ostinato de dos compases y seis notas seduce como el canto de la hechicera Circe. Detrás de ello, la base rítmica creada por Mik Sweeney, Jak Airport y B.P. Hurding augura el lado superficial y feliz de la vida. Pero entonces un falso profeta comienza a cantar y sus versos te hunden en la mierda.

El recuerdo de Marco Appel es mi recuerdo: una memoria insustancial de la vida que no está aparejada o constreñida a una idea, a una época o una herida. “Never Again” no duele porque no refiere el pasado –aunque se haya originado en el pasado– sino todo lo contrario: habla del futuro.

Never again
Never again
Ah ohh ohohohohoh
Never again
Never again
Ah ohh oh

Escucho “Never Again”, 35 años después, y quiero bailar. No importa que el estribillo sea idiota y simple –lo cual no lo hace menos cierto–, pero al mismo tiempo me siento triste. El futuro que profetizó Sal Solo y yo entreví, igual que Marco Appel, ha llegado en forma de un disco de vinyl reeditado en Holanda.

Quiero llamar a mis amigos. Quiero decirles que, en tanto arqueólogo de la música, he desenterrado una joya que quiero que escuchen.

Pero mis amigos no escuchan, Sal Solo no se los permite.

Never again
Never again
Ah ohh ohohohohoh
Never again
Never again
Ah ohh oh

¡Vete al diablo, Sal!

¿Dónde están los días?

Esos días que el tiempo borró.

La inocencia que teníamos

Algo la reemplazó.

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