Por ANDRÉS TAPIA

Timeo Danaos et dona ferentes

Acteón desde hace algunos años viene haciéndose difícil con cada nueva edificación que le nace. Hoy en día su futuro no parece tan impresionante como cuando los gerontócratas afirmaron sus plantas en ella y decidieron que habría de superar la altura de la Acrópolis de Atenas; eso fue hace mucho tiempo. Entonces, según me contaron los inmigrantes griegos que padecieron la pena del ostrakon, las orillas de la ciudad eran tan inexactas como sus sueños y se extendían discretas mas presurosas, buscando colindar con el cronos mismo. Hasta donde puedo saber lo consiguieron. Se plantaron en la cima del Monte Ararat, a un costado del rastro de restos que dejó el arca perdida, y con ayuda de la soledad que les obnubilaba la razón y hasta los más íntimos pecados, levantaron la ciudad que empezó a vivir y a expandirse sin que diese Dios su bendición para ello.

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Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía ISRAEL P. VEGA

Padezco acrofobia. Quizá por ello me gusta observar a los obreros que construyen edificios. Y si son altos, muy altos, mucho mejor.

Vivo muy cerca de la Torre Mayor, en algún tiempo el edificio más alto de la Ciudad de México. Hoy en día, las recientemente edificadas torres Bancomer y Reforma, aunque sólo sea por unos cuantos metros, triste o felizmente la han superado en altura.

Cuando construían la Torre Mayor –no sé, no recuerdo, hace unos 15 años o algo así–, solía detenerme por las mañanas durante varios minutos para observar cómo izaban las vigas de acero –de cuando menos dos o tres toneladas de peso– que con precisión milimétrica se integraban a la estructura principal para formar así un nuevo piso.

Por ANDRÉS TAPIA

El invierno de 1981 resolví el misterio de un juguete creado detrás de la Cortina de Hierro –específicamente en la ciudad de Budapest, Hungría–, que con los modos del contrabando había logrado evadir las tiránicas reglas del Pacto de Varsovia y se había vuelto popular en Occidente a partir de haber sido nombrado en 1980 “Juguete del año” en las ferias de Estados Unidos, Reino Unido y la República Federal Alemana.

Veintiséis piezas cúbicas unidas a través de un eje central habían sido emplazadas para formar un cubo cuyos seis lados –cada uno compuesto de nueve facetas alineadas en columnas de tres– exhibían cada uno un color distinto. El reto que ofrecía dicho juguete, tras hacer rotar aleatoria y caprichosamente sus 26 piezas, implicaba devolver el cubo a su posición original con todos los colores alineados. Ello significaba una sola respuesta correcta entre 43 trillones de posibilidades.