Acrofilias y acrofobias

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía ISRAEL P. VEGA

Padezco acrofobia. Quizá por ello me gusta observar a los obreros que construyen edificios. Y si son altos, muy altos, mucho mejor.

Vivo muy cerca de la Torre Mayor, en algún tiempo el edificio más alto de la Ciudad de México. Hoy en día, las recientemente edificadas torres Bancomer y Reforma, aunque sólo sea por unos cuantos metros, triste o felizmente la han superado en altura.

Cuando construían la Torre Mayor –no sé, no recuerdo, hace unos 15 años o algo así–, solía detenerme por las mañanas durante varios minutos para observar cómo izaban las vigas de acero –de cuando menos dos o tres toneladas de peso– que con precisión milimétrica se integraban a la estructura principal para formar así un nuevo piso.

Eso era fascinante, pero no tanto como observar a los obreros deslizarse por las vigas con algo parecido a la gracia de Fred Astaire, especialmente cuando debajo suyo había un vacío que, de caer, los conduciría inevitablemente a la muerte.

Hombres jóvenes, la mayoría, de rostro adusto y triste, cuya estatura en promedio –siempre me pareció así– nunca fue más allá de 1.70 metros.

Había como 300 hombres de esos, quizá más, tal vez menos, en el ángulo agudo que forman las calles de Ferrocarril de Cuernavaca y Pedregal, en las Lomas de Chapultepec, acaso el mejor vecindario de la Ciudad de México.

Trabajaban en la reestructuración del Súper Servicio Lomas, un predio que se suponía histórico y que fue objeto de una disputa política entre los habitantes del lugar y el gobierno de la ciudad, pues se pretendió ahí la construcción de un rascacielos (la Torre Bicentenario), el cual fue ideado por el rockstar holandés de la arquitectura Rem Koolhass.

Los vecinos no querían ver afectada su forma de vida: un barrio tranquilo, funcional y bello, repentinamente vuelto un maremágnum por causa del tráfico y los consecuentes e inevitables oficinistas indeseables. Pero faltaba aún tiempo para eso. Tiempo que obligaba a los obreros de la construcción a apresurarse.

¡Dios! Los miraba todos los días, en perfecta y riesgosa sincronía: trepaban como hormigas por vías y andamios para dar forma a una construcción que, mi imaginación determinó, alcanzaría cuando menos la distancia de la Tierra a la Luna.

En ocasiones llevaban arneses atados al cuerpo; otras no. Pero en los riesgos implícito y explícito de su trabajo atisbé la belleza de una sinfonía perpetrada por un combo de músicos populares. Y sí: la armonía de aquel enjambre humano era tal que en algún momento me pareció estar contemplando (y escuchando) un concierto de la Filarmónica de Berlín.

Es sólo que, asomarse al abismo, fortuita o premeditadamente, implica, de manera inevitable, caer en él.

En aquel tiempo ocurrió un accidente: un andamio se derrumbó y cayeron tres obreros; murieron al instante. Las autoridades de lo que se conoce como delegación Miguel Hidalgo –el equivalente a un condado en los Estados Unidos pero situado en la Ciudad de México–, cancelaron ese mismo día la obra en construcción. Y si bien fue evidente –flagrante y también ilegal– que a pesar de ello algunos obreros regresaron los días subsecuentes, aquella sinfonía como tal no volvió a ejecutarse.

Uno admira aquello que hacen otros y uno desea y no puede. En la armonía perpetrada por esos hombres toscos y simples al desempeñar su trabajo, descubrí los destellos sólo propios de la belleza y la valentía.

La acrofobia es un miedo irracional e irreprimible a las alturas. La acrofilia, entonces, tendría que ser una devoción irracional e irreprimible por las mismas.

La belleza en ocasiones requiere del peligro para existir.

Y, tristemente, de la muerte para ser eterna.

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