El algoritmo de Ernő

Por ANDRÉS TAPIA

El invierno de 1981 resolví el misterio de un juguete creado detrás de la Cortina de Hierro –específicamente en la ciudad de Budapest, Hungría–, que con los modos del contrabando había logrado evadir las tiránicas reglas del Pacto de Varsovia y se había vuelto popular en Occidente a partir de haber sido nombrado en 1980 “Juguete del año” en las ferias de Estados Unidos, Reino Unido y la República Federal Alemana.

Veintiséis piezas cúbicas unidas a través de un eje central habían sido emplazadas para formar un cubo cuyos seis lados –cada uno compuesto de nueve facetas alineadas en columnas de tres– exhibían cada uno un color distinto. El reto que ofrecía dicho juguete, tras hacer rotar aleatoria y caprichosamente sus 26 piezas, implicaba devolver el cubo a su posición original con todos los colores alineados. Ello significaba una sola respuesta correcta entre 43 trillones de posibilidades.

El cubo había sido creado en 1974 por el arquitecto y escultor húngaro Ernő Rubik, quien por entonces fungía como profesor en el Colegio de Artes Aplicadas de Budapest. Más que la creación de un rompecabezas, Rubik estaba interesado en una problemática de diseño estructural: ¿cómo conseguir que los bloques se muevan de manera independiente sin que tengan que ser separados?

El primer prototipo del cubo estaba compuesto de 27 piezas (considerando el centro) unidas por bandas elásticas, pero no funcionó. Rubik intuyó que la única manera de posibilitar el movimiento era mantener los bloques unidos por su propia forma. De ese modo los talló a mano, los unió y con cinta adhesiva de colores marcó cada una de las seis facetas. Acto seguido hizo girar las columnas del cubo y éstas se movían: ¡había conseguido su objetivo! Pero entonces algo ocurrió.

“Fue maravilloso ver cómo, después de unas pocas vueltas, los colores se mezclaban. Y fue tremendamente satisfactorio observar este desfile de colores. Casi del mismo modo en que luego de una caminata placentera en la que se han contemplado escenarios adorables se decide volver a casa, un poco después yo decidí que era tiempo de volver a casa para poner los cubos en orden. Y fue en ese momento en que caí en la cuenta del gran desafío que tenía enfrente: ¿cuál es el camino de vuelta a casa?”.

En realidad no había camino de vuelta a casa. Al igual que Colón, Rubik pretendió ir a Las Indias y terminó descubriendo América. Era la primavera de 1974, pronto cumpliría 30 años y Rubik empezó a pensar que el resto de su vida no le alcanzaría para devolver su modelo a la posición original. Sin embargo, teorizó diversas soluciones y descubrió que la clave estaba en los cubos de las esquinas. Un mes más tarde, el arquitecto descifró su propia invención.

Rubik aplicó para una patente el año 1975, pero la burocracia propia de un país socialista retrasó por años su aprobación y producción. Sin embargo, a finales de la década de 1970 el llamado Cubo de Rubik ya se comercializaba en Hungría y pronto lo hizo en todo el mundo: a finales de 1980 se contabilizaban 100 millones de unidades vendidas y 50 millones de copias no autorizadas.

Ignoro si el cubo que yo resolví era un original o una copia, pero haya sido uno u otra, la satisfacción de descifrar un enigma que aludía a una teoría algebraica grupal, era similar a ganar la Copa del Mundo. Por supuesto, existía un método para ello (en realidad existen muchos métodos), pero en modo alguno es sencillo aprenderlo. No puedo recordar cuánto tiempo me tomó, quizá una o dos semanas, pero tras conocer el camino pude descifrar el cubo en alrededor de tres minutos.

“Hacemos girar el cubo y el cubo nos retuerce”, sentenció Rubik alguna vez. A principios de la década de 1980 el Mundo se había vuelto loco (y retorcido) debido a la invención de Rubik.

Treinta y cinco años más tarde, en la tienda de souvenirs del Hotel Corinthia de Budapest, mientras observo un Cubo de Rubik y regreso al final de mi infancia, vuelvo a experimentar la misma fascinación que sentí cuando cuando mis manos asieron ese artefacto en cuya resolución parecía hallarse el misterio mismo del Universo. Parecerá exagerado, quizá lo sea, pero poco después de la aparición del Cubo de Rubik fue acuñada la expresión “el algoritmo de Dios”, una frase casi poética para aludir al proceso que emplearía menos movimientos para resolver el rompecabezas.

Pero mi fascinación no sólo se decanta y vierte por un recuerdo infantil, sino por la belleza misma de Budapest, una de las ciudades más hermosas de la Tierra que, al igual que el Cubo de Rubik, posee un misterio que también parece insondable.

No es necesario visitar Budapest para enamorarse, basta una fotografía del Castillo de Buda, de su barrio adjunto o de la avenida Andrássy, todo esto patrimonio cultural de la humanidad, para experimentar el más primigenio de los gozos, el más simple: la primera sonrisa de un ser humano, el primer beso, el primer amor.

Ese sentimiento, empero, es mucho mayor si se pisan las calles de la ciudad, de las dos ciudades, a las que cruza, divide y une el río Danubio.

De todas las bellas artes, la que en un sentido pragmático ofrece algo más que la expresión del alma humana y la exaltación de los sentidos, es la arquitectura. Budapest –la capital de una nación en la que a lo largo de la historia concurrieron diversas culturas que lo mismo la embellecieron, destruyeron o modificaron– es uno de los ejemplos más acabados de esto.

Hijo de una poetisa y de un ingeniero en aeronáutica especializado en planeadores, en el ADN de Ernő Rubik se hallaban a un mismo tiempo genes predispuestos a las matemáticas y las letras: una combinación exquisita y poco común.

¿Qué podía crear Rubik, aun en el lejano 1974, que pudiese superar lo que sus predecesores ya habían edificado? Quizá nada. Acaso algo. Y de ser así tal vez muy poco. Obsesionado por los modelos tridimensionales, imaginó que estos podrían ser susceptibles al movimiento y descomponerse sin perder su belleza. En la más improbable de las figuras geométricas, la más tiránica y cuadrada –tanto o más como el régimen comunista en la que se desenvolvió la mayor parte de su vida–, descubrió el movimiento. Y en el centro de un cubo, el arte.

Pagué 4,495 florines húngaros por un enigma que descifré cuando tenía 13 años. Un enigma para mí soluble desde hace 35. Mientras contemplo la magnificencia del Castillo de Buda y sostengo entre mis manos el Cubo de Rubik, no puedo dejar de sonreír ante la revelación del misterio que alude poéticamente al algoritmo de Dios. O, en palabras del propio Rubik:

“El cubo es una imitación de la vida misma, acaso incluso sea la versión más acabada de ella”.

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