Por ANDRÉS TAPIA // Photo-Art: JEYLINA

Mi primer encuentro con la muerte fue algo accidental y extraño. Ocurrió cuando era niño, una mañana hace cerca de 40 años, y si bien representó un evento impactante en mi vida, no lo fue por las razones que podrían parecer obvias.

Un grupo de amigos y yo corríamos alrededor del Parque María del Carmen, el cual se localiza en un barrio al norte de la Ciudad de México, acaso increpados por la promesa de la adolescencia que en aquel tiempo todavía se encontraba lejana. A cada vuelta que dábamos, la puerta abierta de un automóvil lujoso nos impedía el paso por la acera, pero en un principio nadie pudo notar nada. Fue a la tercera o la cuarta ocasión en que alguno de nosotros descubrió que en el asiento de conductor un hombre yacía muerto.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: 123RF

Tenía quizá 12 años y corría junto a un grupo de amigos alrededor de un parque. Por alguna razón ociosa e inútil que no recuerdo, habíamos decidido hacer ejercicio todas las mañanas. Esa mañana fue singular.

El parque María del Carmen, situado en la zona norte de la Ciudad de México, es un espacio cuadrangular. Mientras me ejercitaba con mis amigos, en el costado oeste del mismo, esa mañana esquivamos –una o dos vueltas– la puerta abierta de un automóvil lujoso que hacía de obstáculo en nuestra carrera.

A la tercera, cuarta, quinta vez, alguien se preguntó por qué esa puerta estaba abierta y obstaculizaba el camino. Al hacerlo y mirar dentro del auto, descubrimos la razón.