El rostro apacible de la muerte violenta

Por ANDRÉS TAPIA // Photo-Art: JEYLINA

Mi primer encuentro con la muerte fue algo accidental y extraño. Ocurrió cuando era niño, una mañana hace cerca de 40 años, y si bien representó un evento impactante en mi vida, no lo fue por las razones que podrían parecer obvias.

Un grupo de amigos y yo corríamos alrededor del Parque María del Carmen, el cual se localiza en un barrio al norte de la Ciudad de México, acaso increpados por la promesa de la adolescencia que en aquel tiempo todavía se encontraba lejana. A cada vuelta que dábamos, la puerta abierta de un automóvil lujoso nos impedía el paso por la acera, pero en un principio nadie pudo notar nada. Fue a la tercera o la cuarta ocasión en que alguno de nosotros descubrió que en el asiento de conductor un hombre yacía muerto.

Abiertos los ojos, ligeramente reclinado hacia su costado derecho, vestido con ropas finas y con un visaje en el rostro a medio camino entre el horror y la incomprensión, aquel cadáver detuvo nuestra sesión matutina de ejercicio.

Superado el asombro inicial, los detalles se nos fueron revelando del mismo modo en que a un detective experimentado. Había una pistola en el asiento del copiloto, la ventanilla del mismo lado estaba abierta, y un hilillo de sangre ya coagulada descendía de la frente del hombre, manchaba su nariz y al final había formado una macabra estalactita en la punta de la misma.

Parecía un suicidio, eso nos dijimos, pero algo no encajaba: la pistola no estaba en su mano y la inclinación del cuerpo respecto a ésta contradecía lo que en un principio parecía aparente. Y además estaba el detalle de sus ojos, tan desplegados y abiertos como la puerta de su auto: un suicida que se da un tiro en la cabeza, por un reflejo meramente instintivo, cierra de manera inevitable los ojos.

Cuando la policía llegó no tuvimos oportunidad de explicarles nuestras teorías, aunque no creo que les hubiesen importado mucho. Permanecimos ahí durante algún tiempo, observando cómo procedían los agentes de policía y contemplando el inexplicable llanto de una mujer que no tenía relación alguna con el hombre.

Al final nos fuimos de ahí, contamos todo aquello a nuestros padres, y seguramente más de una ocasión, al terminar un partido de fútbol, volvimos a repasar los detalles de aquel –para entonces ya estábamos seguros– homicidio.

Muchos años después, por razones que sólo asisten a la literatura y a los que nos dedicamos a escribir, la imagen de aquel hombre se me revelaría como la posibilidad de hallar cierta estética en la muerte. Estética que sólo sería tal siempre y cuando confluyesen una serie de circunstancias para ello.

Aquella muerte las reunía: un automóvil con la puerta abierta, un parque, un hombre que aparentemente se había suicidado, el hilillo de sangre colgando de su nariz, el descubrimiento de todo aquello una mañana fría por un grupo de niños que nunca habían visto a alguien muerto.

Violenta al fin y al cabo, aquella imagen, empero, no nos marcaría ni haría acudir a nuestros sueños, en los días postreros de la niñez ni en los que vendrían muchos después, los fantasmas del horror y la decadencia.

Hace unos días he vuelto a ver al hombre muerto del Parque María del Carmen. Yo corría, pero esta vez estaba solo. Doblé en una esquina y, en la lejanía, distinguí la puerta abierta de un automóvil que me impedía el paso. Cuando llegué hasta ahí, incapacitado por el miedo a mirar lo que ya sabía iba a descubrir, quise volver sobre mis pasos y al dar media vuelta me encontré de frente con él.

Ensangrentada la mitad de su rostro, aún con el hilillo de sangre colgándole de la nariz, se inclinó hacia mí sonriendo. Y dijo: “No soy yo el que ves, son los otros. Ellos no van a sonreír”.

Desperté, por supuesto, pero el sueño se quedo fijo en mi mente como aquella primigenia imagen de la muerte. Pasé más de un día preguntándome por el significado de aquellas palabras, las palabras de alguien muerto hace cerca de 40 años al que yo había devuelto a la vida en un sueño.

Hallo a los “otros” todos los días, en las primeras planas de los tabloides que, haciendo uso de una dialéctica perversa, exhiben cadáveres destrozados y descompuestos, junto a modelos desnudas que exhudan vida y belleza: Eros y Tánatos en paradójica armonía, tal y cual es la la cotidianidad en México desde hace algunos años. Están ahí, y también en el enjambre de las nuevas narrativas, que a partir de la irrupción de YouTube y los teléfonos inteligentes se convirtieron en la democrática posibilidad de acceder a la muerte de una forma tan íntima y perversa, que cualquiera puede almacenar hoy en su smartphone, tantas ejecuciones como los gigas del mismo lo permitan.

Esos otros, inocentes o culpables, víctimas del infortunio, de una maldad evidente que sin embargo ya no se confronta, exhiben una violencia sólo propia de la imaginería de Hollywood, con la salvedad de que las suyas no son historias ficticias o exageradas.

Ninguno de esos “otros”, ninguno —sean los que murieron ayer, los que están muriendo hoy, o los que morirán mañana—, tiene hoy el rostro apacible de la muerte violenta… esa que descubrí una mañana de hace mucho tiempo mientras aún era niño y el horror en México todavía era algo tan accidental y extraño como la belleza.

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