Por ANDRÉS TAPIA

El año 2002, David Bowie, refiriéndose a los cambios que a partir de la tecnología se estaban gestando en la industria musical, aseguró que un día la música llegaría hasta nosotros de la misma manera en que lo hacen el agua o la energía eléctrica. Bowie, que ciertamente tenía mucho de visionario pero también era un hombre culto y actualizado, estaba consciente de la reciente creación del iPod (2001) y de la revolución musical gestada por Napster (2000).

Sin embargo, faltaban todavía algunos años para que el mundo pudiera disponer de la música de una manera tan simple y sorprendente como girar una llave u oprimir un interruptor.

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Por ANDRÉS TAPIA

Su nombre, dos palabras, no arroja nada en el motor de búsqueda de Google. Es necesario agregar dos o tres más para que el algoritmo se repliegue sobre sí mismo y encuentre seis referencias directas y dos indirectas. Y no habrá más. Y no tendría porqué. Ocurrió hace 30 años y fue una suerte de pequeño milagro que sólo unos cuantos pudimos escuchar.

Llegó a mí en forma de una cinta de audio llamada casete, un formato de grabación de sonido creado en la década de 1960 y cuya extinción tuvo lugar en los primeros años del siglo actual. Fue el regalo de un amiga, Rosario Valeriano, quien el año de 1988 trabajaba en el departamento de prensa de la discográfica EMI Capitol México.

Por ANDRÉS TAPIA

Se llama Juan Carlos, tiene 33 años y, de acuerdo a las declaraciones que hizo a un fiscal del Estado de México (el estado fronterizo que rodea y envuelve a más de la mitad de la Ciudad de México), asesinó a por lo menos 10 mujeres durante un periodo aún no determinado o hecho público. Se sabe, también, que tenía por pareja a Patricia, una mujer cinco años mayor que él y con quien habría engendrado tres o cuatro hijos (las notas periodísticas de los últimos días son confusas, divergentes e imprecisas)

Juan Carlos y Patricia fueron arrestados hace unos días mientras transportaban en un coche para bebés bolsas de basura que contenían restos humanos; su intención era depositarlos en un predio abandonado situado no muy lejos de su casa.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: TWITTER @CH14_

El 5 de mayo de 1862, el ejército de México, al mando de los Generales Ignacio Zaragoza y Porfirio Díaz, logró repeler y derrotar al ejército francés, el cual era comandado por Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez, en lo que se conoce como la Batalla de Puebla, una de las efemérides más celebradas en los libros de historia del país.

Compuesto por tropas que lo mismo eran militares de carrera y formación, así como civiles y facciones paramilitares opuestas que, ante la invasión de Francia, dejaron de combatir entre ellas para defender a la República, algo menos de 5,000 mexicanos enfrentaron a un ejército formado por cerca de 6,000 hombres, y en cuyo palmarés su última derrota había tenido lugar casi medio siglo atrás en un lugar llamado Waterloo.

Por ANDRÉS TAPIA // Photo-Art: JEYLINA

Mi primer encuentro con la muerte fue algo accidental y extraño. Ocurrió cuando era niño, una mañana hace cerca de 40 años, y si bien representó un evento impactante en mi vida, no lo fue por las razones que podrían parecer obvias.

Un grupo de amigos y yo corríamos alrededor del Parque María del Carmen, el cual se localiza en un barrio al norte de la Ciudad de México, acaso increpados por la promesa de la adolescencia que en aquel tiempo todavía se encontraba lejana. A cada vuelta que dábamos, la puerta abierta de un automóvil lujoso nos impedía el paso por la acera, pero en un principio nadie pudo notar nada. Fue a la tercera o la cuarta ocasión en que alguno de nosotros descubrió que en el asiento de conductor un hombre yacía muerto.