Por ANDRÉS TAPIA

Es un tiempo tan antiguo que ya no se recuerda. Pero si los historiadores modernos supieran sumar y restar, caerían en la cuenta que no ocurrió hace mucho tiempo. Son 20 años, apenas dos décadas, pero por la manera en que se han sucedido los eventos parecen haber transcurrido dos siglos, es decir, 200 años.

Entonces, si querías comunicar algo –y ese algo al ser expuesto a la opinión pública tenía el potencial de incidir en la vida de una comunidad, una sociedad, un país o el Mundo–, llamabas a los medios de comunicación, o te imponías sobre ellos, y haciendo uso de las facultades omnímodas y plenipotenciarias de un Estado, emitías un mensaje en televisión interrumpiendo la programación habitual de todas las cadenas.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: GETTY IMAGES

La tarde de otoño que me mudé al desvencijado pero tibio edificio de la 37th y la 9th y vi por primera vez a la señora Wilkins, lo único que pude pensar es que detrás de su sonrisa, radiante y al mismo tiempo macabra, ella sólo era lo que parecía: una anciana de setenta y tantos a la que Nueva York olvidó. Barría el pórtico del edificio con esmero y alegría; llevaba puestas unas sandalias otrora rosadas y ya ennegrecidas, un vestido casi largo de flores multicolores apenas disimulado por un abrigo negro lleno de lamparones, y una pañoleta púrpura que cubría su cabeza; hasta donde puedo recordar siempre la vi vestida de esa manera. Adivinó, al mirar la maleta que sostenía, quién era yo y qué deseaba. Y sonrió.

Por ANDRÉS TAPIA

Ocurrió en los días postreros de la primavera de 2009.

Con los modos de una guerrilla, feliz e improbablemente, el verano había tomado Londres por asalto y yo había perdido mi vuelo a México. Entonces British Airways sufría una aguda crisis financiera y sus siete vuelos directos a la Ciudad de México se habían reducido a tan sólo tres por semana: martes, jueves y sábado. Era el 2 de junio, martes, y en consecuencia mi regreso a casa se había postergado 48 horas. No lo lamenté.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: LU ALEKS

Recuerdo que tenía alrededor de 20 años, que debía tomar un autobús para ir a no sé dónde y que ese día vestía de azul. Caminaba con prisa hacia una cita que no puedo recordar cuando, repentinamente, a unos 10 metros de distancia, miré a una niña de 14 o 15 años asida a la mano de su madre. Su cabello –si recuerdo bien–, de color castaño claro, descendía un poco más allá de sus hombros y sus ojos, aun más claros que su cabello, me parecieron dos piedras de ámbar talladas con el afán de la esclavitud. Mientras me aproximaba a ella, a ellas, y ella, ellas, se aproximaban a mí, me escuché decir que su rostro parecía hecho por la pluma de Borges: finito, geométrico, fantástico, así…