El cuento de FAO Schwarz

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: GETTY IMAGES

La tarde de otoño que me mudé al desvencijado pero tibio edificio de la 37th y la 9th y vi por primera vez a la señora Wilkins, lo único que pude pensar es que detrás de su sonrisa, radiante y al mismo tiempo macabra, ella sólo era lo que parecía: una anciana de setenta y tantos a la que Nueva York olvidó. Barría el pórtico del edificio con esmero y alegría; llevaba puestas unas sandalias otrora rosadas y ya ennegrecidas, un vestido casi largo de flores multicolores apenas disimulado por un abrigo negro lleno de lamparones, y una pañoleta púrpura que cubría su cabeza; hasta donde puedo recordar siempre la vi vestida de esa manera. Adivinó, al mirar la maleta que sostenía, quién era yo y qué deseaba. Y sonrió.

—Usted debe ser el nuevo —apoyó ambas manos en la escoba para mirar mi rostro con detenimiento.

—Gustavo Sánchez.

—Un latino, qué alegría —exclamó; al dilatarse sus labios descubrí los huecos de los dientes que ya no estaban—. He oído decir que los latinos son muy cálidos; bienvenido, aquí los inviernos son muy fríos. Y ¿dónde nació?

—México, en la Ciudad de México.

—Ahí pasé mi luna de miel, con mi segundo esposo, en Acapulco… hace tantos años —al decir esto su rostro exhibió un visaje emparentado con la melancolía, pero no llegó a ser flagrante—. Venga, le mostraré su habitación; Joe no está, me pidió lo recibiera.

Me tomó del brazo con vehemencia, como si nos conociéramos años ha y ella sintiera algún afecto por mí; en realidad la señora Wilkins sentía cariño por todo el mundo.

Ocupé una habitación contigua a la suya, en el tercer piso de ese edificio de diez, que olía a salitre y cuyo suelo de madera crujía de modo tal que cualquiera hubiera podido pensar que se resquebrajaría en cualquier momento. Era un cuarto amplio, repleto de muebles viejos y una estufa antigua en plenitud de funciones; el baño era muy pequeño, pero al fin y al cabo era un baño. En ese lugar que lucía como una mazmorra, habría yo de vivir el tiempo que durase el curso de cinematografía que me llevó a Nueva York.

No recuerdo haber hablado otra vez con la señora Wilkins si bien es cierto que cada tarde, al volver del colegio, la encontraba ahí, barriendo el pórtico del edificio y salpicando con su sonrisa a todo aquel que pasara. Era una mujer extraña; muchos vecinos la rehuían, pero no sabían explicar por qué.

Una noche de invierno, la víspera de Navidad, llamaron a la puerta. Al abrirla sólo encontré en el umbral una pequeña canasta con galletas cubierta por celofán. Dentro, una nota garabateada torpemente decía:

I hope you enjoy this little present. I made it by myself, it’s an old wives’ tale. Merry Christmas, Mr. Sanchez.

                        Ms. Wilkins

Llamé a la puerta de la señora Wilkins, nunca antes lo había hecho, y no respondió. En ese momento, Joe Henderson, un hombre de color, cejijunto, fornido pero bonachón, conserje del edificio, subía las escalinatas.

—Buscas a la vieja ¿eh? Acaba de salir, me topé con ella… gran persona, ¿eh?, la señora Wilkins.

—Es casi medianoche —dije, y no me di cuenta que pensaba en voz alta.

—Ah, ella es así… es Navidad, no lo sabes… ella sale siempre en Navidad —Joe Henderson, quien aún no había llegado a los cincuenta pero poco le faltaba, era un tipo amable, fumador empedernido, que al sonreír exhibía un par de hileras de dientes perfectos pero amarillentos… tanta nicotina—. ¿Dónde pasarás Navidad, muchacho?

—Ah, no lo sé —exclamé sin pesar—, me gustaría ir a Rockefeller Center, ver el árbol. ¿Y tú?

—Pensaba estar en casa, compré un gran pavo cocinado, y la vieja me dio galletas… gran persona, ¿eh?, la señora Wilkins… siempre sale en Navidad.

—Quería darle las gracias, también me dio galletas.

Algo de lo que dije, es decir, la forma en que lo dije delató mi desconsuelo. Joe Henderson lo advirtió.

—¿No lo sabes, ¿eh?, no lo sabes…

—¿Saber qué?

—Ven, te mostraré.

Extrajo de su bolsillo un aro repleto de llaves y se entretuvo algunos segundos buscando una. Cuando al fin la encontró se plantó frente a la puerta de la señora Wilkins y la introdujo en la cerradura. Antes de abrirla, advirtió:

—Entenderás que esto no es correcto; no lo es. Si lo hago es porque tú le tienes consideración a la vieja; todos la creen loca, yo también, pero la entiendo, la entiendo muy bien… la señora Wilkins, gran persona.

Y entonces abrió la puerta. Sobre la cama de edredones blancos y mullidos, encima del único sofá que había en la habitación, en las vetustas sillas de estilo californiano que rodeaban una mesa bonita con un florero lleno de margaritas, dentro una vitrina que hacía juego con el comedor, en las repisas que colgaban de cada una de las paredes, bajo las ventanas, en el piso, se hallaban cientos de muñecas Barbie. Ninguna era igual a otra; dispuestas singularmente, como si estuviesen vivas y fuesen parte de la familia de la señora Wilkins. No había en ellas un gramo de polvo: los vestiditos estaban limpios igual que sus rostros y los zapatitos lucían radiantes como el azul de los ojos de cada una.

—Ya lo has visto ¿eh? ya lo sabes. El secreto de la señora Wilkins… las muñecas. Ahora vamos a Rockefeller Center, ¡qué rayos! Compraremos una botella de whiskey y te enseñaré dónde está ahora la vieja.

Cerró la puerta y bajó a ponerse un abrigo. Lo alcancé en el rellano del pórtico, fumaba con fruición, y el humo de su cigarrillo se confundía con el eterno vapor de las alcantarillas y el aliento de los transeúntes. Subimos por la bulliciosa Broadway y en una tienda pequeña en la 47thcompramos una botella de Jack Daniel’s. La destapó y, luego de beber un trago largo, me la ofreció. Vacilé en un principio.

—Es Navidad, no van a detenernos por esto. Dale un buen trago, anda, uno bueno.

Doblamos en la 49thy a lo lejos avistamos la verbena popular. Al llegar a la plaza pasaba ya de la medianoche; nos sentamos en una banca.

—La vieja —comenzó diciendo mientras encendía otro cigarrillo; realmente fumaba mucho: tres paquetes al día—… ya era viuda cuando llegó al edificio… hará cosa de unos 15 años. Según sé su marido era empleado en una tienda de víveres; cuando murió no le dejó gran cosa, apenas una pensión pequeña; el departamento es parte de la pensión, por supuesto. Cuando llegó no tenía las muñecas, las ha venido comprando a lo largo de este tiempo. Gasta casi todo el dinero de la pensión en ello; créeme, no compra ropa ni nada, sólo muñecas. Diariamente pasa por su almuerzo a McDonald’s, se va caminando por Broadway y al llegar a Central Park busca una banca para comer, pero las patatas se las ofrece a las palomas… gran persona, ¿eh?, la señora Wilkins. Eso sí, como pudiste darte cuenta, todo está limpio: su ropa, la de las muñecas, el pórtico del edificio… al menos sí compra detergente —se echó a reír como si hubiese dicho un chiste; si así fue no lo entendí.

Dimos cada uno un par de tragos más a la botella antes de emprender nuevamente la marcha; el frío apretaba y era necesario llevar la boca abierta para que los labios no se pegasen uno con el otro. Seguimos por la 49th hasta llegar a la 5th y ahí doblamos hacia Central Park. No imaginaba a dónde íbamos; a cada paso decenas de Santaclauses de pacotilla saludaban nuestro andar tañendo sus campanas y Joe, quien tenía un sentido del drama muy agudizado, no hacía más que decirme “ya falta poco”.

Alcanzamos la 58th y Joe Henderson, mientras abría nuevamente la botella de whiskey, señaló la juguetería FAO Schwarz. Frente a nosotros, majestuoso, Central Park se iba lejano a nuestra perspectiva y el Plaza nos miraba de reojo.

—Está ahí dentro.

Dudé.

—Toma un trago y vamos adentro —enfatizó al tiempo que me ofreció la botella—, puedes estar seguro que no estoy borracho.

Al fin entramos. FAO Schwarz es el paraíso de cualquier niño, un lugar que sólo puede existir en una ciudad como ésta, tan decadente, tan difícil. Es como el laberinto de Creta pero sin Minotauro y lleno de juguetes: todos los juguetes del mundo. Subimos al segundo piso y luego de recorrer algunos de los apartados llegamos a un sitio en el que, resguardadas en una vitrina, cinco hermosas muñecas Barbie, las más hermosas que he visto jamás, mantenían hipnotizada a una anciana que vestía sandalias rosadas y sucias, un vestido de flores multicolores, abrigo negro y una pañoleta púrpura en la cabeza. Era la señora Wilkins.

Llamé la atención de Joe, le dije que podría vernos. Encendió un cigarrillo —no se permite fumar, pero él lo hizo— y me miró con un dejo de ternura.

—Sabe que estamos aquí, y aunque no lo supiera no va a voltear a vernos. Esas muñecas, ¿eh?, son de colección; los vestiditos están hechos de hilos de plata y oro. Y creo que alguna, en algún lugar, tiene un diamante genuino…

No acerté a decir nada, pero mi rostro lo interrogaba.

—La más barata cuesta diez mil dólares, la más cara dieciocho mil… ya lo sabes.

Pensé lo obvio: que ella nunca tendría el dinero suficiente para comprar una de esas muñecas. Y, cual si hubiera sabido lo que pensaba, Joe me desengañó:

—No lo veas así, no es tan tierno como tú crees. Nos envió las galletas porque creyó que, en un arrebato sentimental, nosotros podríamos comprarle una. Pero yo jamás he visto diez mil dólares juntos… ¿y tú?

Me quedé mirando la figura encorvada e inmóvil de la señora Wilkins, el bullicio de los niños disminuía y las luces de la tienda comenzaron a apagarse.

—Yo tampoco, Joe. Jamás.

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