Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: AÍDA HERNÁNDEZ
La vida es extraña. A Alfredo Hernández la naturaleza lo dotó de una barba abundante, estética y envidiable. A cambio, lo hizo padecer de una alopecia temprana y juvenil que acabó pronto con su cabello. Vanidoso y guapo, se hizo de un tupé que combinaba a la perfección con su barba natural color negro azabache. Y esa imagen suya, a la mitad artificial y a la mitad verdadera, lo hizo parecer el arquetipo de los hombres árabes que pueblan los relatos de Las mil y una noches.
En la época de su juventud, la década de 1970, el conflicto palestino-israelí alcanzó uno de sus momentos más álgidos y las imágenes de los combatientes árabes se volvieron un lugar común. Tanto, que algún conocido notó que Alfredo se parecía mucho a aquellos hombres que peleaban en las guerras del Medio Oriente. Les llamaban fedayines (combatientes, milicianos, soldados…), pero en México, el sitio en el que Alfredo había nacido, la palabra terminó derivando en Fedallas.
Ese fue su apodo, el que sus cuñados y concuños le asignaron. Y llamándose oprobiosamente así, con ese sobrenombre cargaría por el resto de su vida.
Su pasión era la música: tocaba la batería y algunos otros instrumentos, y en algún momento formó un grupo, Bossa 5, del que se convirtió en director musical y con el que amenizaba fiestas por un pago ínfimo. Pero su talento le fue granjeando acceso a círculos sociales elevados, al punto que lo que había comenzado siendo placer se convirtió en un modo de vida.
Un día Alfredo, “el Fedallas”, conoció a Angélica, una mujer pequeña, de ojos grandes, muy hermosa, y comenzó a salir con ella. Su relación no fue muy bien vista por la familia: argumentaban que el oficio de él, músico, no auguraba nada bueno pues, además de la bohemia que ciertamente estaba implícita, tanto en la profesión como en su personalidad, no era una actividad rentable económicamente hablando.
Es sólo que, ya se sabe, desde Romeo y Julieta la fórmula más exitosa para unir eternamente a una pareja es que sus familias traten de separarlos.
El recelo familiar no estaba del todo errado: Alfredo, ciertamente, era un bohemio casi empedernido que gustaba de prolongar las noches al extremo de desafiar al alba, siempre acompañado de amigos, tequila, ron y familia.
El 1 de enero de 1994 no sólo quedará marcado en la historia porque la madrugada de ese día tuvo lugar el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en el sur de México, sino también por una anécdota que involucra a Alfredo.
La noche anterior tuvo lugar la fiesta de año nuevo en casa de su cuñada, Rebeca Bustos, y su concuño, Héctor Rivera. Esas fiestas solían ser formidables y casi interminables. Casi, porque en algún momento terminaban. Y la de aquella ocasión terminó para los más jóvenes, yo y mi amigo Iván, su sobrino, entre ellos. Iván trabajaba entonces en una estación de radio y esa mañana le habían asignado la guardia, de modo que se marchó a eso de las cinco de la mañana. Su expertise eran los deportes, pero la irrupción de un grupo paramilitar rebelde que tomó varias ciudades del estado de Chiapas lo obligó a cubrir la noticia. Iván volvería a eso del mediodía, hora en que yo abrí los ojos y me contó lo ocurrido.
La fiesta había terminado, pero no. Había dos sobrevivientes que seguían bebiendo, filosofando y tratando de arreglar al mundo y acaso el universo. Uno de ellos era Alfredo Hernández y el otro su compadre, Sergio Pérez, dos atletas de la noche… y del día.
Hubo muchas ocasiones como esa. Y Alfredo siempre era el último hombre en pie, siempre sonriente, siempre gracioso, siempre feliz.
Los años pasaron y la revolución tecnológica que propició la llegada de Internet acabó con el modus vivendi de Alfredo: la gente dejó de contratar a los grandes grupos de música en directo y optó por agrupaciones de dos miembros que con tan sólo una computadora, un par de bocinas y dos micrófonos podían emular a una orquesta entera.
Malvivió y sobrevivió algunos años antes de entender que la música para él había terminado. Ante ello, decidió mudarse de ciudad, compró una camioneta y comenzó a transportar turistas en la ciudad de Playa del Carmen. Con el tiempo, la aparente derrota de su vida se convirtió en un triunfo: de un vehículo pasó a tener una flotilla y a convertirse en un exitoso empresario de la industria turística.
Esa mudanza, empero, lo alejó de su amante eterna, la bohemia, y también del grueso de su familia y amigos. De tal modo, cada vez que se reencontraba con ellos, aquellas noches interminables en las que desafiaba al alba y él era el último hombre en pie, se repetían.
La vida, ya lo he dicho, es extraña. Acaso 18 meses atrás, Angélica, la mujer de Alfredo, y quien llevase un tren de vida mucho más sano que él, murió. Alfredo se quedó solo, en una ciudad extraña, sin música, sin amigos. Por fortuna, sus hijos, Angélica, Adrián y Aída, las tres “As” de su vida, entendieron la magnitud de dicha tragedia y decidieron hacerle un regalo especial: el otoño pasado viajaron con él a Europa.
Vista esa parte del mundo, Alfredo decidió que era todo. A su regreso recibió la noticia de que tenía cáncer, y no del tipo que podía combatirse.
Unos meses antes de su viaje familiar me llamó para invitarme a Playa del Carmen: quería que Iván y yo fuésemos con él a pasar unos días y ver juntos la Serie Mundial de béisbol. No pude yo, no pudo Iván y esa fue la última vez que lo escuché.
Hasta siempre, querido amigo, siempre serás para mí el último hombre en pie.