Por ANDRÉS TAPIA

En la mitología griega, Sísifo —el astuto rey de Corinto, ladrón consumado y embaucador por excelencia—somete a Tánatos (dios de la muerte) cuando éste se presenta ante él para hacerle pagar una afrenta perpetrada en contra de Zeus, y lo encadena. En consecuencia, durante algún tiempo nada ni nadie puede morir.

Hades, guardián del inframundo y hermano de Zeus, impreca a éste y le exige libere a Tánatos. Zeus envía entonces a Ares, dios de la guerra, a cumplir con este cometido; tras conseguirlo, Sísifo es enviado al inframundo. Pero el rey de Corinto, anticipando una situación así, tiempo antes había solicitado a Mérope, su esposa y una de las siete Pléyades, que cuando muriese dejase insepulto su cuerpo y no le ofreciese ningún ritual funerario.

Sísifo se queja ante Hades por las omisiones de Mérope y solicita su venia para volver a la vida y castigarla por ello. Pero Sísifo no tiene intenciones de regresar al inframundo. Y no lo hace hasta que, después de muchos años, muere por segunda y definitiva ocasión.

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Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: YONHAP / EFE

Son Heung-Min ha anotado tres goles en dos copas del Mundo: la de Brasil 2014, en la que marcó un tanto en la derrota de Corea del Sur frente a Argelia por 4-2, y en la actual, que se celebra en Rusia, y en la que perforó en los minutos finales las porterías de las selecciones de México y Alemania.

Son, que juega profesionalmente en el Tottenham Hotspur de la Premier League, es también integrante de un seleccionado que no figura en los anales de la élite del fútbol global y cuyo mejor resultado fue un tramposo y condescendiente cuarto lugar en el Mundial que se celebró alternativamente en Japón y Corea del Sur el año 2002.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: TWITTER @CH14_

El 5 de mayo de 1862, el ejército de México, al mando de los Generales Ignacio Zaragoza y Porfirio Díaz, logró repeler y derrotar al ejército francés, el cual era comandado por Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez, en lo que se conoce como la Batalla de Puebla, una de las efemérides más celebradas en los libros de historia del país.

Compuesto por tropas que lo mismo eran militares de carrera y formación, así como civiles y facciones paramilitares opuestas que, ante la invasión de Francia, dejaron de combatir entre ellas para defender a la República, algo menos de 5,000 mexicanos enfrentaron a un ejército formado por cerca de 6,000 hombres, y en cuyo palmarés su última derrota había tenido lugar casi medio siglo atrás en un lugar llamado Waterloo.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: GTRESONLINE

Un amigo me mostró hace unos días un video que puede hallarse en los archivos de YouTube, en el que el presentador de un programa de variedades de la televisión mexicana —un show en algún sentido muy similar al que condujo Ed Sullivan en Estados Unidos de 1948 a 1971—, ofrece una disculpa a un cantante llamado Zorro, al que tiempo atrás, en un programa en directo, interrumpió por considerar que su personaje era “afectado y demasiado sofisticado”, dicho esto a la manera de un eufemismo, cuando en realidad quería decir que lo hallaba demasiado “femenino”.

El conductor se hacía llamar Raúl Velasco y durante cerca de tres décadas fue una suerte de guardián de la moral en México. Su programa, llamado Siempre en Domingo, fue el escaparate en el que se exhibía a los ídolos musicales de la época, bajo la condición de que ni su imagen ni su música atentasen, en modo alguno, contra las buenas costumbres.

Por ANDRÉS TAPIA

Hubo un tiempo en el que el país en el que vivo fue un buen sitio para vivir: el diario llegaba todas las mañanas y, pese a que era arrojado con la violencia con la que se arroja un cadáver, nadie temía levantarlo porque en sí mismo aquello era un acontecimiento feliz. Era así porque las malas noticias ocurrían en otros países y en otros tiempos, y la tormenta que vendría estaba situada en un futuro muy distante.

En tiempos como ese, las tragedias, por ejemplo, ocurrían en Nueva York. La noche del 10 de agosto de 1977, un periodista de televisión en México llamado Jacobo Zabludovsky, en punto de las 22:00 horas, inició su programa con las siguientes palabras: “Nueva York al fin puede dormir: cayó el Hijo de Sam”. Zabludovsky se refería a David Berkowitz, un asesino serial que había asesinado a seis personas y herido a siete más en un lapso cercano a 13 meses.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: AMI VITALE

El Mundo ya no es un lugar seguro. Pudo ser ayer, esta mañana o cualquier otro día del futuro, pero un día es posible que despiertes y caigas en la cuenta de que todo aquello que exhibías con orgullo o, bien, fingida indiferencia, fue utilizado por alguien para penetrar tu psyche y hacerte no vulnerable —en realidad lo fuiste desde el momento en que confiaste en alguien que no conocías— sino manipulable.

Es así porque en algún momento de los últimos 14 años, sin apenas notarlo, cedimos a la tentación de formar parte de un microuniverso que está contenido en un planeta llamado Tierra  en el que habita una especie conocida como humana, si bien taxonómica y paradójicamente designada como Homo sapiens.

Por ANDRÉS TAPIA

En el tercio final de la película The Shawshank Redemption (Frank Darabont, 1994), Andy Dufresne (Tim Robbins) pregunta a su amigo Red (Morgan Freeman) si cree que abandonará alguna vez la prisión de Shawshank en la que ambos están recluidos. Dufresne ha permanecido ahí 19 años por un doble asesinato que no cometió; Red, en cambio, es culpable de homicidio en primer grado y ha cumplido 39 años de una sentencia de cadena perpetua. Red, cuyo nombre completo es Ellis Boyd Redding, le responde que sí: “…un día, cuando tenga una larga barba blanca y dos o tres tornillos sueltos, me dejarán salir”.

Con una mueca que forcejea por convertirse en sonrisa, un visaje que se corresponde tras dos meses de estancia en solitario en “el hoyo”, Dufresne replica: “Te diré a donde iría yo… Zihuatanejo (…) está en México. Un lugar pequeño en el Océano Pacífico. ¿Sabes qué dicen los mexicanos del Pacífico?”.

Por ANDRÉS TAPIA

Edgar niño: ésta es tu oportunidad. No vas a tener otra si vos deseás llegar a tiempo, justo a tiempo. El hombre de las orejeras ya se ha girado, el carro guía se aleja, los demás se van. ¡Corré, corré y tené cuidado! Lentamente. Dejá que dé la vuelta y se detenga. Ahora, sube los pies, ahora que está quieto. Eso es, muy bien. No, no mirés, nadie está mirando ¿quién podría mirar?, ¿quién va a imaginarte a vos, Edgar niño, aquí, hoy? Trepá la plataforma, muy alta para tu cuerpo, muy pequeña para tu deseo, una plataforma apenas y en ella todo el tiempo reunido: ojos azules casi húmedos, cabello rubio asimétrico y alborotado, brazos delgados y tensos, labios de hielo, la jauría de todos los recuerdos encerrados en tu mochila, once años, el adiós que no dirás, con tus manos de niño, Edgar, que no dirás…

Entrada la noche, cuando el barullo disminuya hasta ser casi inaudible y escuche a papá decirle a mamá: “Será mejor que vayamos a la cama”, comenzaré a orar. Para entonces, los grillos, la lechuza antigua del jardín y los murciélagos rondarán mis ojos y querrán encerrarme en sus ojos y destino y quizá hasta convertirme en Luna. Pero hace noches que soy Luna, tan pálido, no tanto como vos.

Por ANDRÉS TAPIA

Al final del capítulo “La sonrisa de Karenin”, de La insoportable levedad del ser, Milan Kundera escribió: “El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir”.

Siendo niño, en una pendiente situada a un costado de Los Pinos, la residencia de los presidentes de México y la cual se localiza en el Bosque de Chapultepec de la capital del país, descubrí un pasatiempo vinculado de manera muy estrecha con el concepto de la felicidad acuñado por Kundera. Sin fuerza suficiente ni músculos para poder escalar la pendiente, solía empujar una bicicleta a pie hasta el sitio en que una puerta metálica resguardada por dos soldados impedía continuar con el ascenso; luego, me montaba en ella para dejarme caer a una velocidad insospechada.

Por ANDRÉS TAPIA

A Cyn, ella sabe porqué…

El cielo estaba encapotado de nubes grises cuando la voz serena del capitán del vuelo 1029 de Delta Airlines, susurró a través de los altavoces: “Tripulación: 3,000 pies”. Esas palabras son un código y llanamente significan que el aterrizaje es inminente en tanto restan sólo 914 metros para tomar la pista. A esa mínima altura, sin embargo, los alrededores del Aeropuerto Internacional JFK de Nueva York no eran visibles.

Repentinamente, como quien despierta de un sueño, la mancha urbana que rodea el aeropuerto apareció en el horizonte bajo. El capitán sacudió las alas del avión para alinearlo en la pista, pero la humedad, el calor y el viento estaban en su punto más álgido. Cuando dejó de escucharse la aceleración de los motores, la aeronave escoraba a babor. En otras palabras: no sería un aterrizaje simétrico. La parte izquierda del tren de aterrizaje tocó tierra primero y, en consecuencia, cuando la derecha hizo lo mismo, al avión se sacudió. Sin ceder al pánico temí lo peor. Y sólo pude pensar en John Lennon.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: TWITTER: JAPANEMB_MEXICO

En los corredores de la muerte de Estados Unidos, cuando un sentenciado abandona su celda por última vez para dirigirse a la cámara de ejecución, el guardia que le franquea el paso anuncia su salida y trayecto con la siguiente frase: Dead man walking!, que literalmente significa “hombre muerto camina o caminando”.

Conocí dicha expresión y de su uso a partir de la película del mismo nombre protagonizada por Sean Penn y Susan Sarandon (Dead Man Walking, Tim Robbins; 1995), la cual es una adaptación del relato homónimo de no ficción, escrito por Helen Prejean, una monja que pertenece a la hermandad de Saint Joseph of Medaille, una de cuyas congregaciones está situada en New Orleans.

Por ANDRÉS TAPIA

Durante la Segunda Guerra Mundial, el sonido de sirenas solía anunciar a los habitantes del Reino Unido la llegada inminente de un escuadrón de bombarderos alemanes. La gente corría a los refugios subterráneos, si estos se hallaban cerca, o buscaba cobijo donde pudiera hallarlo. Para desmoralizar más a la población e infundirle miedo, los raids aéreos tenían lugar durante la noche o la madrugada.

Desde hace unos años, la Ciudad de México dispone de una tecnología que en cierto modo imita el sonido de las sirenas que despertaban a los británicos y les recordaban que estaban en guerra. Colocadas estratégicamente, una serie de bocinas se activan cada vez que el Servicio Sismológico Nacional detecta un movimiento inusual de las capas tectónicas del país y emite una alarma.

Cual si fuera un mantra, y emitida con el tono de gravedad que la situación amerita, una tarde o una mañana la capital de México puede escapar de su rutina al influjo de sólo dos palabras: “Alerta sísmica”.

Por ANDRÉS TAPIA

En un país en el que se han cometido 293,607 homicidios desde el año 2000 hasta el mes de julio de 2017, besar a los muertos no es el punto climático de la secuencia de un drama hollywoodense, sino un acto insólito que amenaza devenir en costumbre.

Una fotografía que fue la portada de un tabloide mexicano el pasado miércoles 30 de agosto, muestra a una chica de hinojos, postrada sobre el cadáver de un joven de 16 años, que besa los labios de un rostro inerte y ensangrentado.

El titular del diario fue “¡Último beso!”, y en su narrativa definió al chico como un “halcón”. En el argot del México de los últimos tiempos: un vigilante al servicio de una organización criminal.

Por ANDRÉS TAPIA

Una frase que se atribuye a Salvador Dalí, asegura: “La diferencia entre los recuerdos falsos y los verdaderos es la misma que con las joyas: siempre es el falso el que parece el más real, el más brillante”.

La sentencia se ajusta a los destellos de la mente de alguien que trastocó la realidad al punto de convertirla en un mundo alterno, no precisamente ideal pero sí fantástico, en el que los relojes se derriten, los elefantes tienen patas de jirafa y un cuerpo mutilado, desnudo y recompuesto ofrece belleza a quien lo mira por razones inexplicables e incomprensibles.

La memoria, sin embargo, posee sus propios códigos, y entre más intrincados y complejos, más certeza ofrecen en torno a la veracidad de un recuerdo.

Por ANDRÉS TAPIA

El 15 de agosto de 1942, sólo unos días antes de que iniciara la Batalla de Stalingrado, mientras en Vichy, Francia, 5,000 judíos eran arrestados y tropas alemanas capturaban el histórico pueblo ruso de Georgiyevsk en las faldas del Caucaso, Marcelin y Francine Dumoulin, una pareja de granjeros suizos, salieron del pueblo de Chandolin, situado en el cantón suizo de Valais, con la intención de llevar a su ganado a pastar en las montañas de la región.

Zapatero y profesora por oficios, padres de siete hijos, Marcelin y Francine tomaron rumbo esa mañana hacia el glaciar de Tsanfleuron. A la distancia, el hermano de uno de ellos les atisbó con unos binoculares. Sería la última persona en verles con vida.

Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: BIRNA BRJÁNSDÓTTIR-FACEBOOK

El pasado mes de enero, Islandia casi cumplió con su cuota anual de homicidios (1.8). La madrugada del día 14, Birna Brjánsdóttir, una chica de 20 años que trabajaba como vendedora en la tienda departamental Hagkaup, fue vista por última vez mientras caminaba dando traspiés por Laugavegur, la avenida principal del centro de Reykjavík. Una cámara de CCTV registró esto.

Birna no llegó a casa ni fue a trabajar al día siguiente, eso fue suficiente para declararla como desaparecida. Alrededor de 775 personas se ofrecieron como voluntarios para buscarla. Peinaron cada centímetro de la capital de Islandia y sus alrededores. Al mismo tiempo, la noticia de su desaparición dominó los espacios en los medios de comunicación, en las redes sociales y en las charlas de café.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FELIPE LUNA

Tenía la mirada triste, siempre la tuvo triste. Y sus gafas no ayudaban: cristales gruesos con muchas dioptrías que precisaba para ver al Mundo tal como era. Paradójicamente empequeñecían sus ojos –per se diminutos– y lo convertían en un forastero, casi un alienígena, un ser procedente de otro planeta cuya misión en la Tierra era la de ayudar a los humanos a comprender las incomprensibles razones que existen detrás de la maldad.

Quizá por ello sonreía poco, o no tanto como lo prometía su extraordinario sentido del humor. Pero eso no estaba mal, acaso tampoco bien: bibliotecario de su propia mente, Sergio González Rodríguez archivaba continuamente en su memoria libros, películas, cómics, ideas inacabadas, pensamientos sublimes, ensayos fallidos del amor, series de televisión, promesas absurdas y mentiras infames, tan sólo para caer en la cuenta de que el caos que con tiento y paciencia había disipado y ordenado, se había trastocado en una nueva pregunta. Y, consecuentemente, en un caos mayor.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: SHUTTERSTOCK

Desde su primer instante en la Tierra, el ser humano siempre quiso ver más allá. Siendo primate, descendió de los árboles para caminar en dos extremidades y erguirse, pero cuando dominó esta práctica subió de nuevo a los árboles para contemplar con mayor amplitud el horizonte. Ambicioso, temeroso y revolucionario, no le bastó la copa de un árbol y un día construyó una torre desde la que podría contemplar la llegada de los invasores y defenderse de sus ataques. Y acaso, en algún momento, las estrellas.

Esas torres primitivas de madera un día devinieron en piedra. Y en cada nuevo siglo se volvieron más fuertes y más altas. Era previsible: su concepción tenía a todas luces una función militar, pero llegado el momento también adquirió un significado religioso.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: EUROPEAN SOUTHERN OBSERVATORY

Habituados a mirar las cosas de la Tierra, la mayoría de los seres humanos hemos visto aniquilada nuestra capacidad de asombro y la curiosidad que en tiempos antiguos permitió y posibilitó la navegación, así como el descubrimiento de la esfericidad de la Tierra, su íntima relación con la Luna, y sus movimientos en torno a sí misma y al Sol que, dicho sea de paso, suponen unidades de tiempo.

Basta con un simple vistazo en una noche clara para contemplar la presencia de Venus en el cielo, la más brillante de las estrellas que se observan en el firmamento, si bien por tratarse de un planeta no emite destello alguno: su luz, el reflejo del sol sobre su superficie, es plana y constante. Lo mismo ocurre con Júpiter, el planeta más grande del sistema solar, y en menor medida con Mercurio, Marte y Saturno.

Por ANDRÉS TAPIA

Los muertos están vivos.

Esa es la leyenda, el súper (en términos cinematográficos) que aparece al inicio de la película Spectre (Sam Mendes, 2015) protagonizada por el actor británico Daniel Craig.

La secuencia inicial, de poco más 12 minutos de duración, fue filmada en el Centro Histórico de la Ciudad de México y exhibe un desfile multicolor –que hasta el momento en que se filmó la cinta era inexistente– basado en las tradiciones mexicanas en torno al Día de los Muertos.

La narrativa visual, su coreografía, el diseño de arte y el vestuario, la incorporación de una persecución y una pelea en un helicóptero que despega y sobrevuela la Plaza de la Constitución, son espectaculares. El plano secuencia –hollywoodense, sin duda, pero no por ello intrascendental– se implanta en la memoria como si fuese la visión cercana de un cometa. En el inconsciente –o consciente– colectivo de México, supone un hierro al rojo vivo que marca la piel de un condenado a muerte.