Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FELIPE LUNA

Tenía la mirada triste, siempre la tuvo triste. Y sus gafas no ayudaban: cristales gruesos con muchas dioptrías que precisaba para ver al Mundo tal como era. Paradójicamente empequeñecían sus ojos –per se diminutos– y lo convertían en un forastero, casi un alienígena, un ser procedente de otro planeta cuya misión en la Tierra era la de ayudar a los humanos a comprender las incomprensibles razones que existen detrás de la maldad.

Quizá por ello sonreía poco, o no tanto como lo prometía su extraordinario sentido del humor. Pero eso no estaba mal, acaso tampoco bien: bibliotecario de su propia mente, Sergio González Rodríguez archivaba continuamente en su memoria libros, películas, cómics, ideas inacabadas, pensamientos sublimes, ensayos fallidos del amor, series de televisión, promesas absurdas y mentiras infames, tan sólo para caer en la cuenta de que el caos que con tiento y paciencia había disipado y ordenado, se había trastocado en una nueva pregunta. Y, consecuentemente, en un caos mayor.

Por ANDRÉS TAPIA

Recorro la línea de tiempo de mi página de Facebook. Es domingo y pasa del mediodía. Busco reacciones a la escandalosa derrota sufrida por la Selección Mexicana de Fútbol frente a su similar de Chile. Pero no hay mucho, en realidad nada. El acento de ese día está en una celebración que yo he olvidado hace tiempo. Es el tercer domingo de junio y en una gran mayoría de los países del Mundo se celebra el Día del Padre.

El mío se marchó de casa un día de 1981. Volvería a encontrarme con él 14 años más tarde, en la ciudad de Guadalajara, un poco antes de que mis amigos Iván Rivera y Rocío Díaz contrajeran matrimonio; eso ocurrió en el verano de 1995. Transcurrirían siete años más para volver a verlo. Y cuando lo vi estaba muerto.

Por ANDRÉS TAPIA

Hacia finales de la década de 1980 el mundo era una broma.

Y era una broma simple, boba, carente de profundidad. Pero en cambio estaba repleta de una emotividad sorprendente. Vuelvo a esos años y me descubro mirando en televisión dos series que algunos años más tarde la mayoría de la gente habrá olvidado o siemplemente nunca las conoció: Alf y Los años maravillosos.