Tenemos el Mundo que nos merecemos

Por ANDRÉS TAPIA

Hacia finales de la década de 1980 el mundo era una broma.

Y era una broma simple, boba, carente de profundidad. Pero en cambio estaba repleta de una emotividad sorprendente. Vuelvo a esos años y me descubro mirando en televisión dos series que algunos años más tarde la mayoría de la gente habrá olvidado o siemplemente nunca las conoció: Alf y Los años maravillosos.

Alf, una comedia de situación que retoma y simbiotiza los mitos de Moisés y Supermán: un alienigena (en el relato bíblico un bebé que es depositado en las aguas del Nilo para evitar su asesinato; en el cómic también un bebé cuyos padres colocan en una nave espacial para salvarlo de los horrores de una guerra), estrella su nave espacial en la Tierra luego de huir de la destrucción de su planeta. El extraterrestre es adoptado por una familia y se queda a vivir con ellos.

En el caso de Los Años Maravillosos, la historia versa acerca de las memorias de un escritor, Kevin Arnold, quien con una desenfadada emotividad desprovista de sensiblería, recuerda los años de su infancia y adolescencia, y las vicisitudes del tránsito de una hacia otra.

Ambas poseen la virtud –si bien cada capítulo posee su propio principio y fin– de funcionar como episodios de una historia aún mayor. Los personajes, pues, evolucionan y avanzan en sus vidas, al tiempo que adquieren madurez, experiencia y memoria.

Quien las haya visto y pueda ubicarse en ese tiempo, estará de acuerdo en que la televisión cambió a partir de entonces y que ambas series, si no son precisamente el parteaguas de dicho cambio, sí suponen el embrión que dio origen a ello.

La revolución tendría lugar como tal con la aparición de la serie X-Files, una saga en la que dos agentes del FBI, Fox Mulder y Dana Scully, dedican sus afanes a desentrañar los misterios detrás de la ciencia ficción, los fenómenos paranormales y las teorías de la conspiración.

En la historia de Alf hay un componente de ciencia ficción cuya sola concepción resulta altamente seductora: la existencia de vida en otros planetas y la posibilidad de entrar en contacto con ella. En Los Años Maravillosos, en cambio, lo que trasciende es la realidad, pura y simple, de un habitante de ella. Así pues, los X-Files detallan la vida y la obra de dos seres humanos empeñados desde una posición opuesta –el excepticismo y el dogmatismo– en develar una verdad, un accidente, una anomalía, una trama de conspiración.

Más allá de su éxito en términos de rating, el valor de dichas series radica en ser los primeros pasos de una cadena evolutiva hacia el hiperrealismo en tanto concepto artístico: la reproducción de la realidad con mayor fidelidad de lo que puede hacer la fotografía, con el extra de referirse no a un momento único sino a una secuencia completa de la propia realidad.

Hace unos días se estrenó en el canal HBO la segunda temporada de True Detective, una serie que en su primera temporada rompió estándares de rating y de crítica. Más allá de la propia historia que concibe, la alusión a los asesinatos rituales de mujeres jóvenes en Ciudad Juárez –una metrópolis ubicada en el norte de México, en el estado de Chihuahua, y que justo a partir del año que inició transmisiones la serie de los X-Files es un objetivo en el radar del mundo–, True Detective representa (al menos la primera temporada que hemos conocido) la ficción más lograda de la realidad –a partir de hechos reales e incontrovertibles– que hemos visto representada en la televisión.

Asesinatos rituales, pederastia, tráfico de órganos, desafío al gobierno y a las instituciones, en lo que parecería el más denodado afán de un escritor desacralizado, enfermizo y hambriento de fama, son las directrices de una trama que nos gustaría imaginar de ciencia ficción, pero que en los hechos sólo reflejan la realidad que desde el principio de la era de Internet ha redefinido el hiperrealismo, pero ya no en tanto concepto de una tendencia pictórica, sino como anomalía, tendencia y hábito de la humanidad.

Debo decir ahora que no vi ayer, o antes de ayer, o hace dos semanas algún capítulo de Alf, Los Años Maravillosos o los X-Files; que no es la nostalgia, propiamente, aunque sí un recuerdo de la inocencia del mundo –cuando no existían Google, YouTube, la WikiPedia, Facebook, Twitter, Instagram, Pinterest, FourSquare o el etcétera que viene a continuación–, lo que me motivó a escribir estas líneas.

Lo que me impulsó fueron la contemplación del último video que el Estado Islámico exhibió en sus canales de propaganda en Internet; y el slogan con el que se promociona la segunda temporada de True Detective.

En el primer caso observé a una serie hombres que, vestidos con un mono rojo o anaranjado, declaran frente a una cámara –sin miedo, como si fueran sólo sujetos de una entrevista– lo que piensan respecto al conflicto que tiene lugar en el Oriente Medio, y lo hacen frente a una iluminación tan precisa, tan artificiosamente perfecta, tan natural, incluso, y con una naturalidad tan pasmosa, que parecen ser actores contratados ex profeso, o extras de una película hollywoodense destinada a conseguir miles de millones de dólares el día de su estreno.

Lo que vi después, fue la antítesis de la broma que era el mundo a final de la década de 1980: cuatro hombres encerrados en un auto que poco después es dinamitado con una bomba incendiaria, despedida a partir del RPG de un tirador solitario, enfocado por al menos tres cámaras; cinco hombres encerrados en una jaula metálica, siendo sumergidos a partir del mecanismo de una grúa en una piscina, ahogarse y hacer pasar sus cabezas, en la desesperación por sobrevivir, en un espacio que no admitía el paso de las mismas; y al final seis, siete, ocho hombres ser anudados y encadenados por un cordón explosivo que mutila y fragmenta sus cuerpos y cabezas.

Todo ello con la supervisión de un avezado aprendiz de cineasta, un productor y un director que desean que cualquier película de Arnold Schwarzenegger parezca la filmación de un niño que juega con el iPhone de su padre.

Dylan Roof, un hombre joven de 22 años, asesina a tiros en una iglesia de Carolina del Sur a nueve personas de la raza negra.

Una adolescente llamada Anastasia Lechtchenko, de ascendencia rusa pero avecindada en México, confiesa haber asesinado y descuartizado a su madre y a su hermana; pasan unos días de ello y se contradice declarándose inocente.

En el estado mexicano de Yucatán, los dueños de un circo abandonan a su suerte a un grupo de animales (muchos de ellos considerados en peligro de extinción) luego de la puesta en vigor de una ley impulsada por el Partido Verde –un partido comparsa del Partido Revolucionario Institucional (PRI) – que prohibe la utilización de animales en un circo.

“Tenemos el mundo que merecemos”, son las palabras de Frank Semyon (Vince Vaughn), a la vez que el slogan de la segunda temporada de True Detective.

Puesta la realidad en perspectiva, con cámaras sumergibles como las que utilizó el Estado Islámico para dar fe del abominable ahogamiento de cinco hombres, no hay nada más qué decir.

Por eso, ahora mismo, voy a buscar en YouTube un capítulo de Alf o de Los Años Maravillosos.

Un capítulo de cuando el mundo era una broma boba, algo simple, absurdo y carente de profundidad.

Y no lo que hoy, triste, absurda, pero previsiblemente nos merecemos.

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