La vida eterna de Héctor Rivera

Por ANDRÉS TAPIA

Recorro la línea de tiempo de mi página de Facebook. Es domingo y pasa del mediodía. Busco reacciones a la escandalosa derrota sufrida por la Selección Mexicana de Fútbol frente a su similar de Chile. Pero no hay mucho, en realidad nada. El acento de ese día está en una celebración que yo he olvidado hace tiempo. Es el tercer domingo de junio y en una gran mayoría de los países del Mundo se celebra el Día del Padre.

El mío se marchó de casa un día de 1981. Volvería a encontrarme con él 14 años más tarde, en la ciudad de Guadalajara, un poco antes de que mis amigos Iván Rivera y Rocío Díaz contrajeran matrimonio; eso ocurrió en el verano de 1995. Transcurrirían siete años más para volver a verlo. Y cuando lo vi estaba muerto.

Cuando mis padres se separaron el divorcio era un evento casi mitológico, algo improbable e imposible. Un estigma apareció entonces en mi vida, algo que me marcaría para siempre.

Mi madre volvió a casarse y lo hizo con un buen hombre. Tanto que Carlos Barajas no intentó usurpar jamás el lugar de mi padre y tampoco pretendió hacer las veces de un padrastro. Fue un amigo, un gran amigo, con el que compartí lecturas y conversaciones, horas interminables frente a un tablero de ajedrez y sesiones de carcajadas las noches de los lunes cuando daban el show de Alf. Carlos –mi amigo, el esposo de mi madre– moriría el año de 1999.

La zona de mi memoria que contiene el recuerdo de mi padre es un área casi insensible, un órgano atrofiado por la falta de uso que, sin embargo, una noche fría de invierno puede experimentar dolor. Y también una mañana de verano.

Leo sin leer los posts de mis amigos que aparecen en Facebook. Todos hablan de sus padres, de sus hijos, pero yo soy incapaz de experimentar nada. Repentinamente, aparece una fotografía en la que mi amigo Iván y sus hermanos –Iliana, Héctor, Mauricio– aparecen junto a sus padres: Héctor Rivera y Rebeca Bustos.

Casi tres décadas han pasado desde que conocí a Iván, en la universidad, la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. No teníamos una razón para hacernos amigos. Su vida y la mía discurrían por senderos opuestos, distantes, antípodas. Pero quizá justamente por eso, y porque Iván tenía algo de lo que yo carecía, fue que ocurrió.

La familia de Iván siempre fue generosa con los recién llegados, con los amigos. Siempre había sopa, vino e incluso una cama para todo aquel que lo necesitara. Yo necesité de todo eso el año de 1993 y la familia de Iván me acogió, aceptó y adoptó como un hijo más. Su madre se convirtió en mi segunda madre, sus hermanos en mis hermanos, sus tíos en mis tíos y sus primos en mis primos. Su papá, empero, que estoy seguro me apreciaba, no estaba del todo convencido de oficializar la adopción.

Bohemio, prestidigitador, conversador excelso como si hubiese nacido en Dublín, hablaba, encantaba, hacía trampas al póker y en ocasiones reprendía. Una noche, en su casa de verano, me increpó acremente por haber criticado a un familiar indirecto. “Andrés”, me dijo con una voz tan severa que incluso su borrachera se disipó, “no te permito que hables mal de mi familia aunque en el fondo puedas tener razón”.

Nunca antes lo había hecho. Nunca me sentí tan mal. Esa noche comprendí todo lo que me importaba ese hombre y todo lo que significaba para mí.

Una semana antes de que Iván y Rocío contrajeran matrimonio, Héctor Rivera, entre vasos llenos de ron y coca cola, nos contó una historia fascinante. Un día de borrachera con un compadre suyo que vivía en la ciudad de Aguascalientes, entraron a un restaurante-bar que disponía de un patio interior. El dueño del lugar tenía ahí una jaula llena de aves exóticas. Los tragos se sucedieron unos a otros hasta que la embriaguez alcanzó dimensiones épicas. Repentinamente, Héctor Rivera se dirigió a su interlocutor y le dijo: “¡Compadre, esto no es justo! ¡Vamos a liberar a estos cabrones!”.

Uno de ellos se dirigió a la jaula y la abrió. El otro, mientras tanto, contuvo al dueño que, furioso, intentaba detener aquella tropelía. Las aves salieron volando. Igual que Héctor Rivera y su compadre.

El tiempo pasó y por un tiempo yo dejé de necesitar a la familia de Iván. Pasé de un empleo a otro, de una responsabilidad a otra, y mi presencia en la casa de los padres de Iván se volvió tan esporádica como los veranos. Sin embargo, no dejé de acudir jamás a los cumpleaños de sus padres, a la fiesta de año nuevo, a los eventos simples e intrascendentales que me hacían formar parte de algo, que me hacían pertenecer.

Previsiblemente –de qué otra manera si no– Héctor Rivera comenzó a envejecer. El bohemio que siempre encontraba las palabras de manera súbita comenzó a perderlas. El fascinante espectáculo de su conversación y sabiduría se tornó en un gag predecible, seguro y repetido hasta el cansancio. Un acto cansino que dejó de entusiasmar a la grada y a la luneta.

Su figura se encorvó, sus manos se volvieron torpes. Su narrativa se volvió un círculo vicioso del que excepto fastidiado era imposible escapar. Sin embargo, la magia que lo habitaba, que lo habita, permaneció encendida así fuese a costa de una ráfaga de viento furioso e indecible.

“¿Cómo estás, Andrés?”, me decía, cada vez que lo que visitaba. “Supe que fuiste a Londres, a China, que te va bien en el trabajo, que ahora diriges una revista. Me siento orgulloso de ti, mi Batman”.

Hace dos años, en ocasión del Mundial de Fútbol de Brasil, me aparecí en su casa. Estaba sentado en su sillón de siempre, mirando la televisión, pero lucía tan cansado y triste que temí lo peor. Le dije a Iván: “Tu papá está mal, hay que llevarlo al doctor”.

Héctor Rivera se moría. Años de excesos le estaban cobrando factura. Imaginé en ese momento el día de su muerte. Y supuse que no faltaba mucho.

Han pasado dos años y el padre de mi amigo sigue vivo a pesar de sí mismo. Continúa fumando, bebiendo vino tinto, ron, tequila y desvelándose de vez en cuando. Es un necio de mierda, un loco improbable, un bohemio empedernido que ya perdió todo lo que tuvo alguna vez… excepto la magia.

Nunca, a diferencia de su mujer –Rebeca, mi segunda madre–, me ha dicho hijo, pero cada vez que lo veo y lo abrazo –cada vez más pequeño y flaco– en sus palmadas en mi espalda percibo la aprobación y el orgullo del que carecí la mayor parte de mi vida. “Vas muy bien, mi Batman. Sigue así”.

Diez, veinte, cien veces he imaginado el día en que Héctor Rivera se marche de este Mundo. Y todas esas ocasiones he concluido, a contrapeso de la tristeza, que el día que lo haga será un día feliz.

Como el Fausto de Goethe, Héctor Rivera Espinosa de los Monteros vendió su alma al diablo. Y en ese pacto clandestino el diablo le concedió vivir a pesar de sus excesos. Es sólo que ese contrato tiene una fecha de caducidad y cada vez se halla más próxima.

Héctor Rivera, el padre de mis amigos Iván, Iliana, Héctor, Mauricio y Becky, a sus 78 años sonríe desde una foto posteada en Facebook como si la vida fuese eterna.

No lo es, por supuesto. Pero, gracias a él, lo parece.

 

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