Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: EUROPEAN SOUTHERN OBSERVATORY

Habituados a mirar las cosas de la Tierra, la mayoría de los seres humanos hemos visto aniquilada nuestra capacidad de asombro y la curiosidad que en tiempos antiguos permitió y posibilitó la navegación, así como el descubrimiento de la esfericidad de la Tierra, su íntima relación con la Luna, y sus movimientos en torno a sí misma y al Sol que, dicho sea de paso, suponen unidades de tiempo.

Basta con un simple vistazo en una noche clara para contemplar la presencia de Venus en el cielo, la más brillante de las estrellas que se observan en el firmamento, si bien por tratarse de un planeta no emite destello alguno: su luz, el reflejo del sol sobre su superficie, es plana y constante. Lo mismo ocurre con Júpiter, el planeta más grande del sistema solar, y en menor medida con Mercurio, Marte y Saturno.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: ANTONIO TUROK

El año nuevo de 1994 lo pasé en casa de mi amigo Iván Rivera. Él se marchó de la fiesta al alba pues tenía la guardia matutina en la radiodifusora en la que trabajaba; yo me quedé departiendo con su familia. Cuando regresó, alrededor del mediodía, vagamente me contó que algo había ocurrido en el estado mexicano de Chiapas. “Un grupo de personas organizó una trifulca en San Cristóbal de las Casas, al parecer no fue la gran cosa”.