Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: GETTY IMAGES

En la geometría euclidiana un teorema reza que “la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta”. A partir de una simple asociación de ideas, la memoria de los seres humanos debería operar bajo este axioma perfilado por Euclides. Los recuerdos, sin embargo, suelen encadenarse de una manera extraña en la que un atajo no significa necesariamente un sendero más corto, sino un largo y accidentado camino que debe recorrerse para llegar a un instante que en apariencia se ha perdido en el tiempo.

Cuando era niño tuve un amigo llamado Fernando. Estudiamos juntos en las escuelas primaria y secundaria y, luego de ello, pese a lo cercano y entrañable de nuestra relación, cada uno siguió su camino luego de haber permanecido en contacto estrecho por espacio de nueve años.

Por ANDRÉS TAPIA

A mi amigo Tenoch López: el pasado es prólogo

Gravitaba en una silla como un planeta que no había nacido jamás. La última vez que la vi, me pareció que recién había tomado un masaje en un spa de Islandia… así la imaginé. Cubierta del cuello a los pies con un albornoz infame, Alicia tenía los ojos cerrados, pero en realidad estaba despierta. Tan sólo tenía miedo de atisbar el futuro, su futuro, que ya no era mucho.

Semanas antes, en ocasión de Navidad, en una tienda de mascotas le compré un ave anaranjada. Le gustaban los canarios y los jilgueros, y en mi memoria, siendo niño, puedo recordarla todas las mañanas —mientras yo engullía en su cocina tostadas de pan con mermelada de fresa— silbándole a aquellos pájaros que, en un extraño código que nunca descifré pero que se parecía a la música, prodigiosamente le respondían.