Elogio de Tom Brady (el día que murió mi abuela)

Por ANDRÉS TAPIA

A mi amigo Tenoch López: el pasado es prólogo

Gravitaba en una silla como un planeta que no había nacido jamás. La última vez que la vi, me pareció que recién había tomado un masaje en un spa de Islandia… así la imaginé. Cubierta del cuello a los pies con un albornoz infame, Alicia tenía los ojos cerrados, pero en realidad estaba despierta. Tan sólo tenía miedo de atisbar el futuro, su futuro, que ya no era mucho.

Semanas antes, en ocasión de Navidad, en una tienda de mascotas le compré un ave anaranjada. Le gustaban los canarios y los jilgueros, y en mi memoria, siendo niño, puedo recordarla todas las mañanas —mientras yo engullía en su cocina tostadas de pan con mermelada de fresa— silbándole a aquellos pájaros que, en un extraño código que nunca descifré pero que se parecía a la música, prodigiosamente le respondían.

Envenenada su sangre con hierro que su organismo ya no podía desechar naturalmente, el oxígeno que aquella transportaba a su cerebro era mínimo y apenas suficiente. Más allá de las medicinas pertinentes, los médicos limitaron su consumo de agua a sólo tres vasos al día, en orden de impedir la acumulación de líquidos en un cuerpo que, agotado y senil, ya no podía deshacerse de las toxinas.

No perdió la memoria, pero su mente comenzó a tergiversar las cosas. Y en su mente decidió que aquel canario que le obsequié la Navidad del año 2001 había pasado con ella muchos años y no solamente unas cuantas semanas.

Una tarde, mucho antes de que su memoria comenzara a hacerle jugarretas, me quedé solo con ella en su habitación. Liberada de la vigilancia tiránica de sus hijos —mi madre, mi tía Graciela y mi tío Alfonso—, pudo recordar la complicidad establecida con su primer nieto, el más rebelde y absurdo de todos.

Llevaba conmigo una lata de Coca-Cola y, al darse cuenta del cambio de guardia, la miré incorporarse con una vitalidad que ya no le correspondía. “Me están matando de sed, hijo”, susurró pueril, “¡dame Coca-Cola!”.

No lo dudé un instante: cerré la puerta y contemplé cómo aquella mujer de poco más de 80 años vació de un solo trago, con los modos de una Valkiria victoriosa y moribunda, una lata roja y absurda —mucho más absurda que su nieto— de Coca-Cola.

***

La mañana del sábado 19 de enero de 2002, mi hermano Pablo me llamó para decirme: “La abuela ha muerto”. Cobarde, como siempre he sido ante tales eventos, me rehusé a entender lo que ocurría. “¿Y qué hago?”, le dije. O tal vez: “¿Qué quieres que haga?”. No sé qué respondió o qué me dijo.

La noche de ese día, en Foxboro, Massachusetts, tuvo lugar el juego divisional entre los equipos Raiders de Oakland y Patriotas de Nueva Inglaterra, los cuales pertenecen a la National Football League (NFL) de los Estados Unidos, una organización cuyo deporte es una idea distorsionada, compleja y apasionante de dos disciplinas deportivas ideadas en otro tiempo en lo que hoy es el Reino Unido: el football y el rubgy.

Yo era entonces, y lo soy todavía, un aficionado a los Raiders.

Con nueve años de edad miré ganar a los Raiders, el 9 de enero de 1977, el Superbowl XI; con 12, el 25 de enero de 1981, el Superbowl XV; y, finalmente, cuando contaba con 15 años, el 22 de enero de 1984, el Superbowl XVIII.

Mi afición por el American Football me había sido legada por mi padre, que en algún momento de su vida decidió que su primogénito debía jugar ese deporte.

Con cinco, seis años, me llevó a jugar a una liga cercana al vecindario. Y compró todos los artilugios que se necesitan para ello: casco, hombreras, fundas, zapatillas. El jersey, la camiseta, lo entregó aquella liga infantil… y era de color rojo. Sin haberme consultado, mi padre decidió que yo jugaría para un equipo que tenía correspondencia, al menos en su imagen, con un equipo de la NFL: los Cardenales.

Los entrenamientos tenían lugar los sábados y eran infames: tres horas de ejercicio físico para chicos de seis años que, los días domingo, tenían que salir a golpearse y demostrar que eran los mejores. Como si no fuera bastante, mi padre decidió que, después de los entrenamientos, yo debía quedarme a practicar un poco más con él.

Jugaba de Centro (el jugador que entrega el balón al Mariscal de Campo y posicionalmente es el primer defensor de éste), pero a mi padre no le gustaba: él quería que fuese receptor y las horas extras en campo infantil de los Cardenales las dedicó a entrenarme para ello. Para ello ideó un método: yo le centraría el balón y saldría a recibir un pase. Cuando esto ocurriese en diez ocasiones consecutivas y sin errores, entonces podríamos volver a casa.

Entre la última vez que vi ganar a los Raiders de Oakland un campeonato y la ocasión en que potencialmente pudieron ganar un campeonato, pasaron 18 años.

El 19 de enero de 2002, los Raiders de Oakland enfrentaron a los Patriotas de Nueva Inglaterra en un juego divisional que daría lugar al campeonato de la Conferencia Americana. Mi abuela había muerto las primeras horas de ese día, pero yo no quise enterarme de eso.

La noche de ese día cogí mi coche e, ignorando lo sucedido, me fui a casa de mi amigo Héctor Rivera a ver el partido.

Go, Raiders!

***

De todos los deportes que existen en el mundo, el más justo, desde hace muchos años, es el American Football. Para contravenir la subjetividad propia de los árbitros en tanto seres humanos, la NFL incorporó hace ya varias décadas la aplicación de la tecnología: delante de una jugada dudosa, un referee podría acudir, por decisión propia o del equipo afectado, a contemplar los videos grabados por las cadenas de televisión. En consecuencia, una decisión tomada al calor y dinámica del juego, podría ser revertida si las escenas grabadas en video exhibían “evidencia incontrovertible” de lo contrario.

Una jugada polémica, la más polémica en la historia del American Football, revirtió una decisión que habría conducido a los Raiders de Oakland al Campeonato de la Conferencia Americana y, no tengo dudas, a la consecución de su cuarto Superbowl.

Esa jugada involucró entonces a un joven mariscal de campo, un tipo que asumió el puesto en virtud a una lesión sufrida por el jugador titular. Ese joven se convirtió ese año en un rockstar que condujo a los Patriotas de Nueva Inglaterra a ganar el primer Superbowl de su historia. Y, 15 años más tarde, devino en absoluta leyenda.

La noche del 19 de enero de 2002, al finalizar el juego entre los Raiders de Oakland y los Patriotas de Nueva Inglaterra, abracé a mi amigo Alberto Cajas por la cintura y comencé a llorar. “Es una injusticia”, le dije. Él me respondió: “Es sólo un juego”.

No lo supe en ese momento, pero estaba llorando por mi abuela, no por la derrota de los Raiders.

Y mientras lloraba, Tom Brady, vencedor, levantaba los brazos en señal de triunfo.

 ***

En los 16 años que han pasado a partir de entonces, Tom Brady pasó de ser un suertudo advenedizo, al probablemente mejor mariscal de campo de toda la historia de la NFL. Enfrentado a situaciones de límite, siempre supo sobreponerse y conducir a su equipo a la victoria. Ello pese a que su entrenador, Bill Bellichick, un simple y vulgar granjero de Memphis, Tennesse, venido a más, ha hecho hasta lo indecible, con los modos de un narcotraficante, por sustentar una historia de éxito a partir de triquiñuelas y trapacerías bien documentadas.

Hace 16 años murió Alicia Rodríguez, mi abuela. Incapaz de enfrentar su muerte, decidí mirar un partido de American Football en el que jugaba el equipo de mi infancia. Absurda, errónea, inciertamente, relaciono su partida con el mito de un héroe maldito.

Pero es así.

En la última jugada del Superbowl LII, con nueve segundos en el reloj, Tom Brady se escapó, como siempre lo hace, como siempre lo ha hecho, de una captura para enviar un pase desesperado a la zona de anotación. Un pase que esta vez no tuvo éxito.

Quería verlo perder, lo vi perder, y me regocijé. Pero debo decir que me maravilló su coraje, su deseo de seguir adelante, como si siguiese siendo el mismo suertudo advenedizo que inmerecidamente ganó a los Raiders el año 2002.

Mi abuela conocía el idioma de las aves. Y lo cantaba. Y aquel canario anaranjado que le regalé antes de su muerte se entendía con ella.

Nadie le puso nombre, ni siquiera ella… pero bien podría haberse llamado Tom.

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