Los sonidos y silencios de David

Por ANDRÉS TAPIA

La definición más simple y cierta que tengo de la música, la recibí de un hombre regordete, pequeño y talentoso que al día de hoy debe estar muerto. Se llamaba David. David D’León.

Tenía yo entonces 12 años, una guitarra que me había regalado mi padre y faltaban tres meses para que Mark David Chapman asesinara a John Lennon.

Era septiembre de 1980 y el profesor De León –docente de la asignatura de música en la Escuela Secundaria República de Colombia– sin mediar una palabra se apostó frente al piano y comenzó a tocar. ¿Qué fue lo que tocó? No puedo recordarlo. En cambio vienen a mi mente sonidos rápidos, violentos, carentes de pausa y descanso.

Repentinamente, como si hubiesen muerto, sus manos se colapsaron sobre el teclado y lo que suponíamos era música, cesó. Un silencio que pareció incómodo –y no lo era– se apoderó del salón: por un momento nadie dejó escapar ni siquiera el siseo de un suspiro.

A la ausencia de sonido la sucedió la voz del profesor: “¿Qué es la música –preguntó–: lo que escucharon al principio o el silencio que vino después?” La mayoría respondimos que lo primero, si bien hubo algún incipiente iconoclasta que se atrevió a sugerir lo segundo. “Ni lo uno ni lo otro”,  –aseguró el profesor De León con ensayada soberbia. Luego simple, llanamente, sentenció: “Es las dos cosas: un conjunto de sonidos y silencios”.

Entender aquellas palabras no fue sencillo. Si bien en el aspecto teórico el profesor D’León se refería a la presencia de símbolos representados en un pentagrama (la mayoría de los cuales representaban un sonido si bien uno de ellos –la letra zeta– indicaba silencio), en otro orden de ideas, uno inentendible entonces para nosotros, nos estaba sugiriendo la comunión y complementariedad de los contrarios. Es decir, aquel concepto que para la filosofía del taoísmo supone la dualidad de todo lo que existe en el universo y que recibe el nombre de yin y yang. Literalmente, luz y sombra.

Enfrentados al cuaderno pautado, en los tres años que duró la escuela secundaria, los alumnos del profesor D’León comprendimos lo que en aquella primera clase quiso decirnos… al menos en lo estrictamente relativo a la música: “Haz que suenen todas las putas notas, las más luminosas, las más estridentes, las más brillantes… Pero cuando enfrentes ese símbolo que ciertamente parece horrendo y, sin embargo, no lo es, detente, haz una pausa, inhala, piensa en el momento más feliz de tu vida –o en el más triste, si lo prefieres– y cierra los ojos, ¡cierra los ojos! Sea lo que sea que dure (un instante, un momento, la eternidad completa), no los abras hasta que sepas que es tiempo de emitir otro sonido y tus sentidos, todos ellos, te parezcan sutilmente predispuestos. Y sí, entonces –y sólo entonces–, acomete de nuevo al teclado, a las cuerdas, a la boquilla, a los tambores… Y así, premeditadamente pero sin darte cuenta, casi como si hubieses estado soñando despierto, sabrás que has creado música”.

Terminé la escuela secundaria y nunca más supe del profesor David D’Léon. No recuerdo si le agradecí por haberme enseñado a tocar la guitarra, pero casi estoy seguro que no.

A contracorriente del tiempo inicié la fase de madura de mi adolescencia. Conocí a U2, a The Clash, a Madonna, a Queen… Todo sonaba perfecto y esa década –la de 1980– lucía tan demacradamente ideal que por momentos creí que no terminaría jamás. Es sólo que, y en ese momento no pude darme cuenta, fue tan artificiosa y ruidosa que poco tiempo, o nada, hubo para la reflexión y el silencio.

Y así, sin darme cuenta, conocí a otro David.

Espigado y estético, en las antípodas del profesor D’Léon, el nuevo David que apareció en mi vida me enamoró. Ruidoso y pretencioso, como si no tuviese idea de lo que quería y lo que buscaba, cambiaba continuamente de rostro, de peinado, de colores y sonidos. A veces se materializaba en amarillo; otras, en sinfonía multicolor. Algunas más le daba por sintetizarse en blanco y negro. Las menos, pero no menores, lucía por completo negro… o quizá tan sólo demasiado gris.

Cuando llegó la última década del siglo, seguí a David hasta el fin del mundo: asesinatos que pugnaban por ser arte, sonidos electrónicos que presagiaban el Apocalipsis, reflexiones nostálgicas por la juventud perdida. Al final puro y duro rock and roll.

Llegado el siglo XXI David seguía siendo el mismo. Escribió, produjo, lanzó dos discos al mercado. Y acaso un poco viejo, empezó a flirtear con el jazz. Luego le dio un paro cardiaco. Luego desapareció.

Cualquier ser mortal tiene derecho a sentirse eterno. Cualquier ser eterno debe reconocerse mortal. David Bowie lo hizo y, a finales del año 2004, cuando de tanto latir su corazón se colapsó, decidió que era momento de guardar silencio.

Con algunas apariciones esporádicas –tan breves y simples que no sugerían ni auguraban nada–, David Bowie se ausentó tantos años que cuando tuvimos arrestos para contarlos sumaban casi una década.

Hasta el día de hoy.

Los silencios de la música suelen durar un instante, un momento, dos segundos, tres, a veces cinco. Pero nunca, o pocas veces, cerca de diez años.

El de David Bowie, el segundo David de mi vida, duró eso.

Y dolió, por supuesto (los silencios, por más necesarios que sean, siempre duelen).

Pero el silencio de David Bowie, aunque doloroso y largo, sólo vino a confirmar lo que hace muchos años aprendí de un profesor regordete, pequeño y talentoso –hoy seguramente muerto–, llamado también David:

“¿Qué es la música: lo que escucharon al principio o el silencio que vino después? Ni lo uno ni lo otro. Es las dos cosas: un conjunto de sonidos y silencios”.

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