Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: NETFLIX

Los Millennials apenas tienen idea de que alguna vez el Mundo estuvo dividido. Que la mitad de la Tierra era propiedad de la libre empresa y sus beneficios económicos –en teoría disponibles para cualquiera, pero en la práctica no asequibles para todos–, mientras que la otra parte había hipotecado su libertad en aras de un bienestar común que, a la menor provocación, aprisionaba los egos individual y colectivo en las mazmorras de un concepto conocido como GULAG que tuvo su origen en los confines de un país mitológico llamado Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Ese Mundo era una mierda, pero tenía algo de romántico y de trágico, tal y cual hubiese sido concebido por la pluma de Shakespeare: estaba formado por héroes y villanos y los habitantes de la Tierra disponían de la libertad de situarse en uno u otro bando, en la consciencia o inconsciencia de que podían estar jugando en el lado equivocado.

Por ANDRÉS TAPIA

Hubo un tiempo en el que el país en el que vivo fue un buen sitio para vivir: el diario llegaba todas las mañanas y, pese a que era arrojado con la violencia con la que se arroja un cadáver, nadie temía levantarlo porque en sí mismo aquello era un acontecimiento feliz. Era así porque las malas noticias ocurrían en otros países y en otros tiempos, y la tormenta que vendría estaba situada en un futuro muy distante.

En tiempos como ese, las tragedias, por ejemplo, ocurrían en Nueva York. La noche del 10 de agosto de 1977, un periodista de televisión en México llamado Jacobo Zabludovsky, en punto de las 22:00 horas, inició su programa con las siguientes palabras: “Nueva York al fin puede dormir: cayó el Hijo de Sam”. Zabludovsky se refería a David Berkowitz, un asesino serial que había asesinado a seis personas y herido a siete más en un lapso cercano a 13 meses.

Por ANDRÉS TAPIA

Daría cualquier cosa porque las palabras que dan título a esta columna fuesen mías. No lo son. Pertenecen a Joaquín Sabina y se complementan con el siguiente verso: “…y a los niños les da por perseguir el mar dentro de un vaso de ginebra…”

Sabina las escribió en 1980, el año en que John Lennon fue asesinado, tiempo en el cual el movimiento contracultural denominado “la Movida Madrileña” surgió para apuntalar la transición de la España postfranquista, y de paso inoculó del germen del idealismo a la propia España y, un poco más tarde, a Hispanoamérica.

De otro modo –acaso el modo del narrador, de ese al que no le es dado entrometerse sino apenas observar–, Sabina también formó parte de dicho movimiento. Muerto el dictador, el padre autoritario e intransigente que hizo de España un accidente en la geografía de Europa, había que organizar una fiesta. Y así ocurrió.

Por ANDRÉS TAPIA

A Cyn, ella sabe porqué…

El cielo estaba encapotado de nubes grises cuando la voz serena del capitán del vuelo 1029 de Delta Airlines, susurró a través de los altavoces: “Tripulación: 3,000 pies”. Esas palabras son un código y llanamente significan que el aterrizaje es inminente en tanto restan sólo 914 metros para tomar la pista. A esa mínima altura, sin embargo, los alrededores del Aeropuerto Internacional JFK de Nueva York no eran visibles.

Repentinamente, como quien despierta de un sueño, la mancha urbana que rodea el aeropuerto apareció en el horizonte bajo. El capitán sacudió las alas del avión para alinearlo en la pista, pero la humedad, el calor y el viento estaban en su punto más álgido. Cuando dejó de escucharse la aceleración de los motores, la aeronave escoraba a babor. En otras palabras: no sería un aterrizaje simétrico. La parte izquierda del tren de aterrizaje tocó tierra primero y, en consecuencia, cuando la derecha hizo lo mismo, al avión se sacudió. Sin ceder al pánico temí lo peor. Y sólo pude pensar en John Lennon.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FELIPE LUNA

Tenía la mirada triste, siempre la tuvo triste. Y sus gafas no ayudaban: cristales gruesos con muchas dioptrías que precisaba para ver al Mundo tal como era. Paradójicamente empequeñecían sus ojos –per se diminutos– y lo convertían en un forastero, casi un alienígena, un ser procedente de otro planeta cuya misión en la Tierra era la de ayudar a los humanos a comprender las incomprensibles razones que existen detrás de la maldad.

Quizá por ello sonreía poco, o no tanto como lo prometía su extraordinario sentido del humor. Pero eso no estaba mal, acaso tampoco bien: bibliotecario de su propia mente, Sergio González Rodríguez archivaba continuamente en su memoria libros, películas, cómics, ideas inacabadas, pensamientos sublimes, ensayos fallidos del amor, series de televisión, promesas absurdas y mentiras infames, tan sólo para caer en la cuenta de que el caos que con tiento y paciencia había disipado y ordenado, se había trastocado en una nueva pregunta. Y, consecuentemente, en un caos mayor.

Por ANDRÉS TAPIA

El día 25 de julio de 1980, en el contexto de los Juegos Olímpicos de Moscú –uno de los últimos estertores de la Guerra Fría–, el atleta mexicano Daniel Bautista, ganador de la medalla de oro en Montreal 1976, fue descalificado en la competencia de marcha de 20 kilómetros, a poco menos de 2,000 metros de llegar a la meta.

Han pasado casi 36 años de esa historia y mi madre me escribe desde Moscú. En un mensaje de Whatsapp que ingresa a mi celular a las 22:34 horas del 25 de mayo de 2016, me cuenta que ella y sus compañeros de viaje están hospedados cerca del estadio olímpico. Supongo que se refiere al Estadio Luzhnikí, en otro tiempo –el tiempo de la U.R.S.S.– conocido como Estadio Central Lenin, el sitio al que justa o injustamente no llegaría Daniel Bautista.

Por ANDRÉS TAPIA // Ilustración: 2dforever

Cuando John Winston Shackleford contempló los 17 peldaños de la escalerilla con tal de medir de alguna manera lo que faltaba para el fin, no evitó pensar en Yuri Gagarin y Rabelais…

Uno…

…frente a él estaban los colores primarios y muchos más; sin embargo, su mente se había extraviado en el azul de cielo y mar que parecían uno solo pero en realidad no. ¿Aún será azul la Tierra? Baissez le rideau, la farce est jouée. La paráfrasis de las palabras del cosmonauta la pronunció mordiendo en silencio cada letra; la frase atribuida al escritor francés apenas resonó en su mente.

…dos…

Ambas le gustaban, ninguna le bastaba.

Por ANDRÉS TAPIA

Barry Allen es Flash y vive en el pasado, en el presente y en el futuro. En el pasado es un niño que observa cómo un criminal que procede del futuro y pretende matarlo a él, asesina una noche a su madre. En el presente es un adulto joven que sufre un accidente en el que se mezclan la física y la química, y que a la postre lo convierte en un ser improbable capaz de correr a velocidades imposibles. En el futuro es un hombre maduro que ha comprendido que hay cosas que no pueden cambiarse… por muy dolorosas que sean.

Por ANDRÉS TAPIA

Iniciaban los años 80 y las cosas no parecían ir bien. El 8 de diciembre del primer año de esa década, un eróstrata llamado Mark David Chapman asesinó a John Lennon en las afueras del Edificio Dakota, en el Upper West Side de la ciudad de Nueva York.

Yo tenía casi 13 años y mis padres estaban divorciándose. La muerte de John Lennon, consecuentemente, marcó el final de mi infancia y definió el inicio de mi adolescencia. Mi mundo –y el mundo– parecía irse al carajo.

Abatido por sus errores y por la separación de mi madre, mi padre se mudó de ciudad quizá para empezar de nuevo. Es por demás curioso –al menos para mí– que la canción que permeó los afanes del mundo ese invierno se llamase “(Just Like) Starting Over” (Como si empezáramos otra vez).

Por ANDRÉS TAPIA

A Jacobo Salleh, el único amigo con el que sería feliz en una juguetería

Hace algunos años me robé un libro de la Biblioteca Benjamín Franklin de la Ciudad de México, un libro que nunca devolví. Se trata de una edición de 1980 de El arpa de hierba, de Truman Capote, publicada por la editorial Arcos Vergara y que aún hoy –con las pastas casi desprendidas, las hojas amarillentas como la hepatitis más cruel y todavía el sello, el chip metálico y la ficha bibliográfica– me acompaña.

Por ANDRÉS TAPIA

Tengo un amigo que aún anda por ahí, mayor que yo, al que no he visto hace muchos años. Trabaja en la Embajada de los Estados Unidos, aunque no sé bien qué es lo que hace. La última vez que hablé con él por teléfono, me dijo que me daría los detalles en persona; infortunadamente, no pudimos concretar el encuentro.

Por ANDRÉS TAPIA

La definición más simple y cierta que tengo de la música, la recibí de un hombre regordete, pequeño y talentoso que al día de hoy debe estar muerto. Se llamaba David. David D’León.

Tenía yo entonces 12 años, una guitarra que me había regalado mi padre y faltaban tres meses para que Mark David Chapman asesinara a John Lennon.