Por ANDRÉS TAPIA / Fotografía: HENRIQUE FERREIRA
El 29 de enero de 1979 Brenda Ann Spencer despertó con la idea de hacer de ese lunes un día distinto. Tomó entonces el rifle semiautomático calibre 22 que su padre le obsequió por Navidad y se dirigió a la ventana. Eran las 8:30 horas y, desde su casa en la Avenida Lake Atlin en la ciudad de San Diego, California, pudo observar cómo el patio de la escuela primaria Cleveland empezaba a poblarse de niños y niñas. Fue entonces que la “diversión” comenzó.
Brenda disparó cerca de 40 veces, asesinó a dos profesores e hirió a un policía y a ocho niños. Luego, se dedicó a cumplir con la trama de un guión escenificado decenas de veces en los Estados Unidos: desafió durante casi siete horas el cerco que montó la Policía hasta que, finalmente, se entregó.
Spencer consiguió llamar la atención al grado que el grupo irlandés de punk-rock The Boomtown Rats describió el acontecimiento en la canción “I don’t like Mondays”, tema que se convirtió en la piedra angular de su popularidad y que, a la vez, cifraba el motivo que la chica esgrimió para realizar su crimen.
“¿Por qué lo hiciste?”, la cuestionó un reportero que consiguió llamarla por teléfono mientras permanecía pertrechada en su casa. “No me gustan los lunes. Esto anima el día”, respondió con el desenfado propio de sus entonces 16 años.
El lunes 20 de abril de 2026 Julio César Jasso Ramirez ascendió a la Pirámide de la Luna en el complejo arqueológico y ceremonial de Teotihuacán, el cual está situado a 42 kilómetros al noreste de la Ciudad de México. Alrededor de las 11:20 horas extrajo de su mochila un revólver Smith & Wesson calibre .38 y comenzó a disparar al aire, al tiempo que amenazó de muerte a las decenas de turistas que se encontraban ahí.
Mexicano, con 27 años de edad y originario del pueblo de Tlapa en el estado de Guerrero, Jasso se dirigió a sus potenciales víctimas con acento español: “Y vosotros que habéis venido desde la puta Europa no vais a regresar. ¡Si os movéis, os sacrifico! Esto se construyó para sacrificar, cabrones, no para que vengáis a hacer la puta fotito de mierda”.
La inédita incursión de Jasso al segundo templo más importante de la llamada ciudad de los dioses concluyó con la muerte de una mujer canadiense, heridas a 13 extranjeros más y el suicidio del propio atacante al verse acorralado por la Guardia Nacional.
El 20 de abril es una fecha que está estigmatizada en la historia. No es casualidad que ese día de 1999, el mismo en el que Adolf Hitler cumpliría 110 años de haber nacido, Dylan Klebold y Eric Harris ingresaron a la escuela preparatoria Columbine, en Colorado. Llevaban oculto bajo sus gabardinas el arsenal de un guerrillero y apenas traspasado el umbral de la entrada su venganza comenzó. Consiguieron alcanzar la biblioteca y, una vez ahí, se parapetaron en un rincón hasta que no hubo nadie más en pie o vivo a quien dispararle. Luego, se quitaron la vida.
El número de personas que Klebold y Harris asesinaron esa mañana parecía sugerir una cábala bizarra y macabra, 13, aunque al suicidarse y elevar la cifra total de muertos a 15 acaso conjuraron un maleficio.
El día elegido por Jasso para recrear la Masacre de Columbine tampoco fue casual, así como el tiempo elegido: Klebold y Harris ingresaron en punto de las 11:10 al colegio y Jasso estaba ascendiendo a la pirámide a la misma hora. El detalle de su recreación tenía los modos de lo inaudito: llevaba literatura relativa a Columbine y una camiseta con una leyenda asociada a grupos que glorifican a los asesinos en masa. Por fortuna algo ocurrió y el número de víctimas del atacante quedó cifrado en sólo un deceso. Curioso es, sin embargo, que el número de heridos fuese 13 y dos las víctimas mortales, incluido el asesino, cuya suma es la cifra exacta del número de muertos en Columbine.
A la evidente teatralidad de su recreación por el escenario elegido y su manera de expresarse, el psicópata añadió un elemento típico de los eróstratas (aquellas personas que en su afán de conseguir notoriedad cometen actos delictivos, ello en alusión al pastor griego Eróstrato, a quien se le atribuye la destrucción del Templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo, con el único propósito de conseguir fama): en las notas que se encontraron en su mochila aseguraba estar influido por algo o alguien proveniente más allá de la Tierra.
Brenda Spencer padecía epilepsia y depresión y su perfil encajaba con el de una sociópata. Klebold y Harris manifestaban comportamientos depresivos, suicidas, narcisistas, esquizoides y trastornos limítrofes de la personalidad. De Jasso no se sabe mucho, pero su presumible suicidio, su comportamiento narcisista frente a un grupo de extranjeros y su fascinación por los asesinos de Columbine lo sitúa en una categoría cercana, si no la misma.
A ello hay que añadir la retrotopía de su discurso, un concepto acuñado por el sociólogo y filósofo polaco de origen judío Zygmunt Bauman, antónimo filosófico de la utopía, que refiere la fascinación por “mundos ideales ubicados en un pasado perdido, robado, abandonado, que aún así se ha resistido a morir, y no en ese futuro todavía por nacer (y, por lo tanto, inexistente) al que estaba ligada la utopía”.
Azarosa, coincidental, casualmente, el discurso de odio de Julio César Jasso Ramirez coincide con los exabruptos de Andrés Manuel López Obrador, expresidente de México, en cuanto a la relación histórica entre México y España, y algunas de las posturas de Claudia Sheinbaum, la actual mandataria del país, en el mismo sentido.
En tanto continúa viva Brenda Ann Spencer es una psicópata. En tanto muertos hace 27 años Dylan Klebold y Eric Harris fueron dos psicópatas. En tanto su cadáver aún no se enfría del todo Julio César Jasso Ramirez era un psicópata.
Los asesinos-suicidas de Columbine dejaron claro que su motivación era la venganza. El asesino-suicida de Teotihuacán manifestó claramente una xenofobia acaso natural, acaso aprendida, acaso teatral. En la sinrazón de la muerte, en los recovecos oscuros de una mente afectada, en la justificación de que en la adolescencia se cometen errores crasos e imbéciles, Brenda Ann Spencer apuntaló de la manera más idiota y más acertada que no tenía una razón para hacer lo que hizo.
“I don’t like Mondays”, dijo.
P.D.: Por si no son suficientes coincidencias, Brenda y Julio César asesinaron en lunes